Migración forzada y la necropolítica del Covid-19

En medio de la pandemia del Covid-19 las imágenes de los cuerpos tirados en las calles de Guayaquil, Ecuador, han sido impactantes y dolorosas. No tienen este halo de nostalgia clasemediera de las fotos de Barcelona, Venecia y Nueva York vacías. El contraste de las calles desocupadas en Europa y Estados Unidos y los muertos en las zanjas de la segunda ciudad más importante de Ecuador es una de las expresiones más crudas de la colonialidad que constituye los movimientos migratorios hoy en día. El filósofo peruano Aníbal Quijano explicó hace unos años que la colonialidad “es uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder, y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia cotidiana y a escala social” (p. 2).

Precisamente este patrón mundial que explica Quijano lo estamos viendo en el ámbito migratorio y el Covid-19: las clases privilegiadas de los países pobres en modo turista, así como los/as trabajadoras migrantes en países ricos, están llevando el virus a países pobres con diásporas laborales numerosas, como Ecuador, que además es el punto de inicio de una migración aún más precarizada y amplia: la migración forzada global (latinoamericana, asiática y africana).  Según el mapa de Google sobre los casos de Covid-19 en el mundo, se han registrado 2 134 465,1 de los cuales han muerto 142 148. Ecuador, con una población de 17.3 millones de habitantes, al 16 de abril tenía un total 8 225 infectados, es decir, un poco más de 471 casos por cada millón de habitantes. El número de muertes es de 403. La única comparación que tiene sentido en este momento para dar idea de la magnitud del problema en Ecuador es la de Colombia, pues se entendería que el caso cero habría ocurrido en un tiempo similar. Colombia tiene una población de 49.6 millones de personas, y al 16 de abril tenía 3 105 casos, alrededor de 63 casos por cada millón de habitantes. Los decesos son 131. Ecuador tiene más del doble de casos. De esa magnitud es el problema en ese país, donde el sistema de salud y el ministerial colapsaron hace tiempo.

En un artículo desgarrador en el que describe y analiza la situación de la pandemia en Guayaquil, la académica ecuatoriana radicada en Barcelona María Fernanda Moscoso rastrea el Caso Cero y hace el vínculo entre la migración ecuatoriana a España —de mediana data pero un caso paradigmático en su tiempo— y la colonialidad que existe en relaciones de migración circular como la de Ecuador-España pero también México-Estados Unidos, entre otras. Ella concluye que, si bien el Caso Cero puede rastrearse en esta migración circular, la tragedia de Guayaquil tiene que ver con la oligarquía y las canonjías de clase de quienes siguieron adelante con una fiesta y llevaron la infección a las clases populares. El colonial-virus dice la autora.

Sin embargo, la colonialidad del Covid-19 va mucho más allá de la migración del virus mismo; tiene que ver también con cómo se administra la muerte producida por el virus, es decir, con la necropolítica sanitaria en torno a la pandemia en lo que denominé en otro espacio como el dispositivo necropolítico de producción y administración de la migración forzada. Como también comenté en otro artículo, la necropolítica es la mirada poscolonial de la biopolítica de Michel Foucault, y se observa en países económicamente subordinados. Se refiere a que la administración de las poblaciones para la reproducción del Estado neoliberal no regula el crecimiento poblacional sino que gestiona la muerte de aquellos que no logran insertarse a la “globalización” o que lo hacen en sus márgenes. En este escenario la intervención poblacional es para hacer morir a los grupos sociales marginales y dejar vivir a los favorecidos por el neoliberalismo —hombres blancos, ricos, de occidente. Es la administración colonial de la muerte.

Ilustración: Estelí Meza

La necropolítica de la migración forzada

Lo que ocurre en Ecuador en  términos del Covid-19 es fundamental para la migración forzada porque Ecuador —seguido por Colombia— es la entrada regional y trasatlántica de la migración forzada global, es decir, de quienes vienen de Venezuela, República Dominicana, Haití y Cuba, pero también de África y Asia. En Honduras estos migrantes forzados globales se unen a los migrantes centroamericanos en la ruta hacia Estados Unidos, porque Europa ha cerrado progresivamente sus fronteras continentales, obligando a los migrantes a optar por rutas y destinos que no están determinados por la proximidad o los lazos coloniales, sino por la disponibilidad.

Las rutas trasatlánticas están disponibles debido a una red transnacional de corrupción y canales clandestinos de distribución de productos ilegales como la cocaína, y una red global de coyotes y grupos del crimen organizado. A medida que América del Norte se convirtió en el único destino del primer mundo que queda, América Central se ha convertido en un "camino global" hacia Estados Unidos. Los migrantes de todo el mundo, África, Asia y América del Sur, se ven obligados a viajar a través de América Central, que es un cuello de botella plagado de crímenes y peligros naturales, donde miles mueren y solo unos pocos logran alcanzar el sueño americano; tan sólo en 2017 unos 37 000 atravesaron a pie el tapón del Darién. El asunto es cómo llegan desde el Caribe, África y Asia a Ecuador.

Ecuador tiene la política de visado más abierta del mundo. Cuando la migración Ecuador-España se intensificaba con el creciente racismo y cierre de puertas en Europa, en 2008 Ecuador hizo una reforma constitucional que establecía su política de puertas abiertas para todo el mundo, con un visado automático de turista por 90 días a todo el que entrara. En la medida en que se empezó a registrar tráfico de personas de Asia y África a Ecuador, seis meses después se impusieron visas a diversas nacionalidades asiáticas (China, Afganistán, Bangladesh, Pakistán, Eritrea, Etiopía, Kenia, Nepal, Nigeria y Somalia). No obstante éste sigue siendo un puerto de entrada desde Asia, África, Cuba y Venezuela debido también a la amplia red de corrupción y de coyotes independientes y vinculados a la delincuencia organizada que existen en el país y la falsificación de pasaportes que permiten a los migrantes moverse libremente por Centroamérica y el Cono Sur. Hacia el Cono Sur el tráfico de personas se vuelve también trata sexual en países como Colombia con el caso de mujeres y niñas. Con un pasaporte ecuatoriano, los migrantes pueden tener salvoconducto por todo el continente.

En este tráfico transcontinental también se encuentra Brasil. Dados los vínculos mafiosos de antaño entre países como Senegal, Nigeria, Níger y Guinea Bisáu con Brasil que han utilizado migrantes indocumentados como mulas, se mueven grandes cantidades de personas por medio de tráfico y trata, tanto laboral como sexual. Como entrada al continente, no es de extrañarse que los contagios de Covid-19 en Brasil sean catastróficos también: 30 000 casos (al 16 de abril), lo que aun así representa un porcentaje menor en relación con Ecuador: 144 casos por millón de personas en Brasil y 471 en Ecuador.

Ahora además de atravesar el Darién en Panamá y Calombia y enfrentarse a los traficantes como el Clan del Golfo tienen que verse con el Covid-19 y los nuevos retos y escenarios: permanecer en albergues sin ningún tipo de protocolo de prevención del contagio; seguir el camino buscando coyotajes encarecidos por el incremento de peligrosidad de la ruta y la cuarentena; o quedar varados en ciudades fronterizas de precariedad extrema —que he llamado bolsones de desechabilidad en otros espacios—, y que son una de las expresiones más claras de la necropolítica del Covid-19. No obstante, dada la paradoja espacio-temporal de la necesidad de movilidad —regresar a casa o seguir el viaje— y la inmovilidad impuesta por la pandemia —la cuarentena— la administración de la muerte en la migración forzada produce emociones diversas que autorregulan a los migrantes para conducirse o ser conducidos a sí mismos a la muerte.

La necropolítica de la migración forzada y el Covid-19

Desde que los primeros brotes del contagio se presentaran en Sudamérica en marzo pasado, los migrantes forzados en su camino a Estados Unidos se han enfrentado a situaciones insalubres en albergues que han terminado en incendios y motines, como en Tenosique, México; y también ha habido un gran número de migrantes venezolanos que buscan regresar a sus hogares ante la gravedad de la situación en Colombia y Ecuador. Igual que los que se han querido regresar de Italia, España y Estados Unidos. Sin embargo, la necropolítica del Covid-19 tiene su expresión más fuerte en la frontera de México con Estados Unidos con el impasse en el que el presidente Donald Trump ha puesto a las solicitudes de protección con el agravamiento de la pandemia en Estados Unidos, y con el que los bolsones de desechabilidad se vuelven cada vez más mortíferos.

Según un informe de Refugees International, Desde que Trump emitiera en 2018 los Protocolos de Protección a la Migración, también conocidos como las políticas de “Permanecer en México”, Trump había dejado varados en territorio mexicano a unos 60 000 solicitantes de asilo que esperaban audiencias o resoluciones de su solicitud de asilo, y otros 15 000 están a la espera de poder meter su solicitud. Desde marzo, con 468 703 de casos (1 422 por cada millón de habitantes, al 8 de abril) y 16 679 muertes, Trump ordenó el cierre de sus fronteras, incluso para menores de edad. Estados Unidos está deportando a todos los migrantes sin papeles, incluyendo solicitantes de asilo y menores de edad, sin checar si se está violando el principio de no devolución o si hay las medidas para evitar que en su repatriación a México, Honduras, Guatemala y Ecuador esparzan el virus si están contagiados. Los deportados suman ya más de 10,000. México está aceptando a sus nacionales y centroamericanos, pero no hay control ni pruebas rápidas para determinar si los deportados son portadores.

Con el cierre de fronteras y con base en acuerdos de tercer país seguro, la frontera colonial de Estados Unidos se ha bajado hasta Centroamérica y se está deteniendo a quienes quieran salir de sus países en búsqueda de refugio en el norte. Los que logran salvar las fronteras de la región centroamericana son detenidos en la frontera sur de México, donde el procesamiento de casos de asilo se ha postergado hasta el 20 de abril. Cientos de solicitantes de asilo han sido detenidos en sus estaciones migratorias donde se les pone en cuarentena en situaciones insalubres y desesperantes, como en un albergue en Tenosique, Tabasco, donde el miedo al contagio provocó un amotinamiento que resultó en un incendio en el que resultó muerto un migrante. Asimismo, México está abandonando a cientos de deportados de Estados Unidos en el sur del país, sin ningún control del virus. Simultáneamente, en lugares que he descrito ya como bolsones de desechabilidad, como Tijuana, la situación se agrava día con día y pone en riesgo a cientos de migrantes de todo el mundo.

En resumen, la situación de vulnerabilidad de los migrantes forzados en el corredor del tráfico ilegal de personas se acrecienta con el Covid-19. Los arreglos migratorios entre Estados Unidos y México y Centroamérica están estableciendo una frontera extraterritorial en la que las personas en tránsito quedan expuestas a la infección, sin protocolos de atención ni medidas sanitarias más allá de que se queden en cuarentena en centros de detención en los que tampoco hay medidas específicas ni acceso a atención médica inmediata. Es importante quedar atentos a que el contagio del SARS-CoV-2 no se convierta en una tecnología del necropoder migratorio mundial —necropolítica migratoria global— con la que  la Covid-19 sea instrumentalizada para producir muerte entre los migrantes que atraviesan el camino global hacia Estados Unidos.

 

Ariadna Estévez


1 Este artículo se escribió primero con cifras del 10 de abril que marcaban 1 324 907 casos. La cifra se actualizó en la edición el 16 de abril y el número de casos fue éste. La cifra de muertes era de 73 703. De continuar la tendencia, para el 23 de abril se espera entonces que la cifra alcance los cuatro millones de contagios y casi 300 000 muertes.


Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.