La movilidad de los pueblos indígenas de México sucedía desde antes de la Conquista, la enfermedad, el hambre y el conflicto también. El contacto dejó expuesta la vulnerabilidad inmunológica de la población que entre pestilencias y maltratos fue diezmada; los sobrevivientes optaron por emprender el éxodo a otras tierras, con lo cual se ubica la relación entre el binomio salud/enfermedad y las dinámicas de movilidad interna. En el devenir de los años de colonización y ante la reducción de sus dominios, la población indígena se adaptó a nuevas territorialidades, a través de la “recomposición de los espacios de sobrevivencia nativa” en los cuáles las formas de organización social se transformaron y “sus espacios de sobrevivencia” también. A pesar de las nuevas delimitaciones territoriales dispuestas por el colonizador, desde lógicas espaciales, temporales y culturales distintas, la población indígena encontró la manera de mantener “el control de sus territorios a partir del uso de la movilidad y del conocimiento del espacio hasta [ser finalmente] desplazados de los espacios controlados por fuerzas exógenas” (Sheridan, 2002, pp. 26-29).
Han pasado más de 500 años de aquel encuentro, las posibilidades y ritmos de desplazamiento se han reconfigurado. El mundo global y sus regímenes de movilidad permiten el contacto simultáneo y des-controlado de un gran número de población. La condición migrante exacerbada e impulsada por el desplazamiento forzado de las sociedades contemporáneas, deja expuestas movilidades que se dan por diferentes causas, con diferentes condiciones, posibilidades e impactos.

Ilustración: Raquel Moreno
En este escenario, el impacto de la pandemia actual por COVID-19 en las poblaciones indígenas de Latinoamérica es por demás inminente. Al reducirse los enclaves naturales que les resguardaban a causa del ecocidio y despojo de tierras, de lógicas de intercambio cultural y económico capitalistas, así como por los flujos cotidianos de ida y vuelta hacia las urbanizaciones cercanas, estas poblaciones se han expuesto también a dinámicas de contacto y contagio latente, uno de los casos más representativos por ahora es el de los pueblos indígenas del Amazonas, por ejemplo. Pese a la posibilidad de que el impacto de la pandemia en cada grupo étnico pudiera ser diferente, lo cierto es que nadie es inmune pues nunca antes habíamos pasado por este tipo de virus.
Al explorar la migración interna de pueblos indígenas en México, nos encontramos con regímenes de movilidad diversos que perviven en el territorio nacional, desde los más inmediatos del campo a la ciudad, de ida y vuelta, pasando por los intermunicipales, hasta los interestatales, igualmente de ida y vuelta por periodos determinados o bien para no volver jamás, es decir, escenarios de movilidad voluntaria e involuntaria, en los cuales la voluntad es relativa pues hay situaciones donde las personas desplazadas tienen poca o ninguna capacidad de elección (Medina, 2000).
En el contexto mexicano el común denominador de la movilidad es la violencia, los procesos de “desterritorialización nativa” (Sheridan, 2002) no son la excepción. El desplazamiento interno forzado ocurre por diversidad de factores, no se presenta de la misma manera para todas las poblaciones y los escenarios de violencia varían según la localización geográfica, tiene diferentes implicaciones si se migra en solitario, con la familia o si se desplaza una comunidad entera, es decir, implica un abordaje interseccional.
Según datos de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, A.C. (CMDPDH), de 2006 a 2018 se han registrado 338 405 desplazados internos, tan solo en 2018 se contabilizaban 11 491 concentrándose la mayoría de los casos en Chiapas y Guerrero. De este total de desplazados 5 167 corresponden a población indígena, aproximadamente el 45 % del total, tan solo en 2018. El estado más afectado fue Chiapas con 5 035 personas indígenas desplazadas, principalmente tsotsiles.
Históricamente Chiapas se ha caracterizado por ser un estado de flujos migratorios, sus ciclos van de migraciones internas, intermuniciapales, a migraciones interestatales para finalmente unirse a las filas del flujo migratorio trasnacional. Son diversos los motivos de estos desplazamientos de población: por situaciones de riesgo o vulnerabilidad ante desastres naturales, dinámicas agrarias, transformación del entorno, por conflictos religiosos, político, territoriales, etcétera. Entre los 40 y 70 se configuró un escenario migratorio interno inherente a dinámicas de transformación estatal. Inicia con el desarrollo de grandes obras de infraestructura que culmina con el Plan Integral del Río Grijalva y la construcción de cuatro presas hidroeléctricas en 1985, periodo en el cual un gran número de población indígena se movilizó a la zona para emplearse como mano de obra barata. En los 70 ocurrieron diversos sucesos que promovieron el desplazamiento interno, la colonización de la selva, la expansión de creencias religiosas vinculadas al protestantismo que detonaron una serie de expulsiones de grupos evangélicos previo al levantamiento armado del 94, el cual a su vez representó un hito en la movilidad interna de población indígena que resuena como un eco hasta nuestros días. Esta dinámica de desplazamientos internos ha reconfigurado las periferias y lógicas de crecimiento de las ciudades más grandes de estado, Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de Las Casas y Tapachula, al promover la conformación de nuevos asentamientos periféricos en todos los sentidos (Flecha, 2018).
Las intersecciones entre personas, territorio y poder permite pensar a las regiones como palimpsestos donde presente, pasado, futuro, salud y enfermedad se articulan. La espacialidad de las movilidades que lo habita distingue entre los de aquí (que se quedan), los que están allá (que regresan) y los que no son ni de aquí ni de allá (levitando en el limbo del “no lugar” de la frontera). Estas formas de movilidad han permitido el contacto (y el contagio) de las comunidades indígenas chiapanecas con ese mundo global a través de los miembros de la comunidad que vuelven. Ante el escenario de paralización laboral en el país, el mundo del aquí, el que no se mueve más allá de su terruño, recibe el contacto del exterior a través de los miembros de la comunidad que se han movido, que van y vienen, que regresan a casa.
Los migrantes indígenas y rurales que se encontraban en regiones turísticas, de alta producción agrícola o industriales del país han traído a su regreso el vestigio de su contacto con el mundo, un microscópico e invisible souvenir de tierras lejanas para sus familias arraigadas al terruño. Producto de la convivencia con la globalización a través de las actividades económicas en las que se desempeñan: turismo, maquila, construcción, trabajo doméstico y de cuidados, comercio informal, jornaleros agrícolas migrantes, entre otros.
Las comunidades indígenas del país han tomado por su cuenta el cuidado de sus fronteras para evitar el paso de personas ajenas a ellas, o bien a su población migrante que retorna y sobre quienes recae la sospecha de posible contagio. Los pueblos indígenas hacen lo que pueden para evitar repetir los pasajes atroces de la historia, gestionan sus fronteras para evitar dar paso al enemigo invisible. No obstante, lo más probable es que la población indígena no salga indemne de esta pandemia pues el retorno de la población indígena migrante al estado inició a finales de marzo, con el establecimiento de la cuarentena y la sana distancia. Regresaban de ciudades como Cancún, Tijuana, Ciudad de México, Monterrey, entre otras, donde ya había noticias de la presencia del COVID-19, para cuando esto ocurrió las alarmas aún no sonaban en las comunidades más recónditas, donde los niños de preescolar y primaria en filita aprendían la técnica del lavado de manos, en lugares donde el agua es escasa. Por su parte, las poblaciones indígenas expulsadas, a quienes no se les permiten el retorno, viven el confinamiento hacinadas o bien a la intemperie, expuestos y vulnerables a contraer otras infecciones; son tan invisibles como el virus, su desolación aún no se revela.
En el estado los casos van en aumento y si bien empieza a registrarse la vulnerabilidad de la población, en las cifras oficiales presentadas en los informes diarios no se establecen distinciones (ver imágenes 1 y 2). El impacto de la pandemia en la población indígena se registrado y comunica a través de infogramas publicados en las redes sociales del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (ver imagen 3) y recientemente a través de un documento denominado “COVID-19 MÉXICO. Panorama en población que se reconoce como indígena”, publicado el martes 19 de mayo de 2020 y editado por la Secretaría de Salud.
Si bien ahora la epidemia no ha llegado con la misma forma de contacto violento, de la lucha cuerpo a cuerpo como en la invasión y conquista, este contagio es invasivo y violento de otra manera. La infección provocada por la movilidad de unos para el esparcimiento y la aventura, frente a la movilidad de otros por su necesidad. Este encuentro de mundos ha provocado el escenario actual de la pandemia local, en las comunidades y población indígena vinculada con un grado de vulnerabilidad más elevado.
Dadas las características de su diáspora, la población indígena está invisibilizada ante la disipación de su rastro en el territorio nacional, tan sólo aquellos que pueden retornar a casa, los migrantes intermitentes, cíclicos, son de los cuales se puede inferir que llevan consigo al huésped que podría alterar la salud de las poblaciones que se han mantenido más estables en la ocupación de sus territorios originarios. Si la población indígena es de por sí olvidada, la población indígena en condición de desplazamiento, es invisible.
Finalmente, queda decir que el COVID-19 nos encontró luchando —o huyendo— de otra epidemia que lleva años, décadas, asolando al país, la epidemia de la violencia, que ya de por sí había mermado a la población, provocado crisis social, desabasto de seguridad y confianza en las autoridades. Además de la aparente tregua que ofrece, ¿la cuarentena nos permitirá repensar la ola que nos venía arrastrando y preocuparnos más por la vida, por los motivos de nuestros desplazamientos, por actuar de otras formas posibles, aquí o allá? ¿asimilar nuestra historia oscura y dolorosa de extermino por pandemia y aprender a prevenir?
Imagen 1

Recuperada del sitio del Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiologica.
Imagen 2

Recuperada del sitio del Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiologica.
Imagen 3

Recuperada de la cuenta de Twitter del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas.
Xitlally Guadalupe Flecha Macías
Dra. en Estudios Regionales (UNACH), miembro del Cuerpo Académico del Instituto de Estudios de Posgrado, órgano descentralizado de la Secretaría de Educación del Estado de Chiapas y profesora-colaboradora del Máster en Psicopedagogía de la Universitat Oberta de Catalunya.
Referencias
Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, A.C. (CMDPDH) (2018). “Entrada Desplazamiento Interno Forzado”.
Díaz Pérez, M. y Romo Viramontes, R. (2019). La violencia como causa de desplazamiento forzado. Aproximaciones a su análisis en México. Consejo Nacional de Población, Secretaría de Gobernación, Fondo de Población de las Naciones Unidas. Ciudad de México.
Flecha Macías, X. G. (2018). La región de la experiencia: Corpocartografía de la comunidad tsotsil migrante de Nuevo Zinacantán, la dimensión corporal del hacer lugar (Tesis doctoral inédita). Universidad Autónoma de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Mandujano Sánchez, A., Camarillo Solache, L. y Mandujano, M. A. (2003). “Historia de las epidemias en el México Antiguo. Algunos aspectos biológicos y sociales”. Revista Casa del Tiempo, abril 2003 (pp. 9-21).
Medina, I. (2000). “Migración forzosa”. Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo, Karlos Pérez de Armiño (Dir.).
Secretaría de Salud (2020). “COVID 19 MÉXICO. Panorama en población que se reconoce como indígena”. Publicado el martes 19 de mayo de 2020./p>
Sheridan Prieto, C. (2002). “Diversidad nativa, territorios y fronteras en el noroeste novohispano”. Desacatos. Revista de Ciencias Sociales, (10),13-29. [fecha de Consulta 14 de mayo de 2020]. ISSN: 1607-050X.
Notas consultadas
Latinoamérica
Crespo, J. M. (6 de abril, 2020). “COVID-19 ¿Por qué es tan importante proteger los territorios indígenas?”. Open Democracy.
Josefsen Hermann, L. (2020). “The coronavirus in the Amazon threatens indigenous peoples at their core”. LIFEGATE. Publicada el 13 de mayo de 2020.
Salgado, S. y Wanick Salgado L. (2020). Iniciativa de firmas “Lélia e Sebastião Salgado: ajude a proteger os povos e indígenas da Amazônia do Covid”.
Universidade Federal do Río Grande do Sul, da Universidade Federal do Amazonas e da Universidade Estadual do Amazonas (2020). WebSIG DSEI Tierras indígenas. Monitoramento de casos de Covid-19 nos povos indígenas do Brasil. Publicado: 1 de mayo de 2020. Actualizado: 19 de mayo de 2020.
México y Chiapas
Gómez Durán, T. (2020). “Indígenas en México: ¿cómo enfrentar una epidemia, la discriminación y el abandono histórico del Estado?”. MONGABAY LATAM, publicada el 28 abril 2020.
Méndez Gómez, D. (2020). “Protegernos la vida: acciones frente al COVID-19 en los pueblos indígenas del sur de México”. Chiapas paralelo. publicado el l7 abril, 2020.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.