De migrantes y de transmisores de virus. La movilidad humana como metáfora de la invasión pandémica

“Todos los animales son iguales,
pero algunos son más iguales que otros”.
—George Orwell, Rebelión en la granja

La violencia del lenguaje se esconde en su representación, decía Jacques Derrida. Y como tal, la experiencia migrante no hace sino confirmarlo.

El año 2019 fue el año del racismo y la xenofobia en la frontera norte de México. Las caravanas de migrantes lograron despertar la sociedad alterofóbica que se unió para denunciar la nueva invasión de truhanes que, esta vez, venían desde Centroamérica. “Son delincuentes y violadores”, decían en una de las marchas en Tijuana donde la sociedad de buenas personas estaba dispuesta a defender la inmunidad de la comunidad. “Ellos traen enfermedades, son sucios y malagradecidos”, decían en no pocas ocasiones, todo tipo de personas que se sentían profundamente agredidas por la presencia de extranjeros.

En una mezcla de sentimientos que parecen ser cada vez más comunes en nuestro mundo global e interconectado, la figura del migrante aparecía así definida por medio del odio racial, el odio de clase y el odio basado en el lugar de origen. Justamente el poder productivo del lenguaje se dio cita en esta exacerbación de sentimientos.

De pronto, palabras como “invasión”, “migración descontrolada”, “criminal aliens”, “seguridad de las fronteras”, “lucha contra el narco” o “lucha antiterrorista”, se fueron transformando en un amplio repertorio utilizado por todo tipo de gobernantes para defender la sociedad. Estas nociones no sólo nos dieron la oportunidad de contar con palabras clave para acomodar una narrativa xenófoba y excluyente sino que nos proveyeron de un lenguaje totalmente nuevo. Legitimo y enormemente precarizador.

Ilustración: Víctor Solís

Es lo que Agamben ha definido como el engaño lingüístico en el que vivimos. Como en la sombra de Orwell, se trata de una sociedad distópica que jamás imaginamos más que en la literatura, pero que sospechábamos como verdadera, material y tangible. Y eso es lo que vemos en estos tiempos de pandemia sin poder atisbar una respuesta más allá del asombro.

“La guerra es la paz”. “Hay que sacrificar la libertad para garantizar nuestra seguridad”. “Una política de seguridad en las fronteras para reforzar un enfoque humanitario”. Este tipo de eslogans, que se repiten en todas partes cuando hablamos de políticas migratorias, no hacen sino comprobar el carácter esquizofrénico de nuestros sistemas sociales y políticos. Se trata de regímenes aporéticos donde las contradicciones son algo así como el motor interno de su funcionamiento.

Que lejos se ven los años noventa, cuando una serie de filósofos optimistas nos invitaban a festejar el fin de las fronteras y el comienzo de un bello mundo global e interdependiente. Era el fin de la guerra fría, de la historia y de las divisiones globales entre naciones y pueblos, se nos dijo.

Pero muy contrario a ello, hoy en tiempos del covid-19, la experiencia migrante no hace sino confirmar el estatuto violento del pacto social, de la sociedad política y de las formas de ciudadanía.

Ello ratifica, con abrumadora evidencia, que la integración no es posible sin su opuesto. La inclusión se produce por medio de la exclusión. La hospitalidad por medio de la hostilidad. La seguridad para unos, mediante la inseguridad de los otros.

Pero estoy hablando de algo que, por cierto, es parte de la historia misma de la humanidad. En la Grecia clásica, el esclavo era el extranjero, de quién se sospechaba su potencia patógena. En los viajes de Heródoto, él nos presenta un mundo antiguo caracterizado por las diferencias culturales y sociales, mismas que serían los materiales básicos para establecer las diferencias y segregar a poblaciones enteras.

Desde hace unos 30 años venimos observando como las fronteras se refuerzan y se militarizan. Toda una ingeniería legal se ha venido formulando para hacer cada vez más difíciles para los migrantes, el acceso a la protección internacional y a un estatus legal documentado. Quienes no terminan viviendo en un permanente limbo legal y existencial, terminan confinados, excluidos o separados mediante fórmulas tecnológicas, legales y policiales muy diversas.

Con la pandemia, toda la precariedad y exclusión que experimentan las personas migrantes se ha expandido a niveles alarmantes. “El gobierno norteamericano ya no tiene ninguna presión para fingir que respeta el debido proceso”, nos han dicho las activistas legales en Tijuana. ¡Ahora que importa si quien esta frente a mí es una persona con necesidades de protección! Todos serán puestos en eficientes sistemas de deportación fast track en el cual autoridades de varios países contribuyen con dedicación y rapidez.

“Se les deporta por razones de salud”, nos explican las autoridades norteamericanas y mexicanas, pero lo cierto es que no se trata de una preocupación por la salud de ellos y ellas. Al contrario, es otra vez la preocupación por nuestra propia inmunidad. Por proteger a los nuestros de aquellos virus extranjeros. Se trata de excluirlos y expulsarlos para proteger nuestras vidas. El covid nos ha dado una excusa perfecta que bien aprovechada, puede servir para sepultar de una vez, el derecho de asilo para las personas migrantes.

Y es que la pandemia ha logrado hacer muy visibles nuestras concepciones excluyentes de comunidad y de ciudadanía. Ha mostrado la naturaleza violenta de nuestro contrato social. Ha confirmado, de una vez y por todas que, a las personas marginadas de la sociedad y la economía, como son los migrantes, se les gobierna por medio de la inseguridad y precariedad económica, legal y política.

Pero todo este orden, en mi opinión perverso del estatuto de realidad que vivimos, debe ser confrontado. Las personas migrantes no son ni un peligro para la sociedad ni los malos elementos que debemos expulsar. Tijuana no se volvió una ciudad más peligrosa por la llegada de migrantes. El índice de criminalidad de los migrantes indocumentados en Estados Unidos es muy bajo y no son ellos, la causa de los problemas principales en ese país (Abrego, et al., 2017).

Los académicos interesados en la defensa de los migrantes tenemos muchas tareas por delante. Hay que desnaturalizar esos discursos de odio y cuestionar la ilegalidad migrante. Hay que desmontar todas esas políticas antiinmigrantes que son reflejo de propósitos racistas y xenófobos (Grillon y Touzet, 2016). Hay que evitar que aquellas discriminaciones construidas por el lugar de nacimiento de las personas, se sumen a aquellas discriminaciones de género, clase y raza.

Los migrantes son personas y trabajadores esenciales. Mucho más que una gran cantidad de técnicos y eficientes profesionistas, migrantes que reparten comida y que sacan las verduras y frutas del campo, son prueba de una inserción desigualmente reconocida pero sustancialmente importante para todos nosotros.

Seguramente nos falta tiempo para tener un diagnóstico definitivo de los efectos de la pandemia en las vidas migrantes. Pero a pesar de ello, podemos afirmar que las luchas migrantes se han vuelto esenciales y una de las pocas esperanzas de cuestionamiento profundo a la sociedad humana. Sus luchas, junto a las luchas feministas y las luchas contra el deterioro y la explotación ambiental, serán las causas primordiales en los próximos años. Y del éxito que en ellas tengamos, dependerá que podamos desandar aquellos tortuosos caminos que habíamos estado transitando.

Sólo de esta manera, imagino, podemos vivir en la granja como iguales en todas nuestras diferencias.

 

Yerko Castro Neira
Profesor de antropología en la Universidad Iberoamericana. Desde hace 20 años se dedica al estudio y la reflexión sobre las migraciones, en especial en relación a las condiciones políticas, jurídicas y las violencias que se presentan en torno a ellas. Ha escrito artículos y libros sobre estos temas. Desde hace tres años trabaja en un proyecto en Tijuana sobre la frontera, el asilo y los procesos de expulsión de migrantes.

Bibliografía

Abrego, Leisy, Mat Coleman, Daniel E. Martínez, Cecilia Menjívar y Jeremy Slack. 2017. Making Immigrants into Criminals: Legal Processes of Criminalization in the Post-IIRIRA Era, JMHS Volume 5 Number 3 (2017): 694-715.

Derrida, Jacques. 1997. Fuerza de ley. El " fundamento místico de la autoridad ". Madrid: Tecnos.

Grillon, Marie y Hugo Touzet (Coord.) 2016. État d’urgence démocratique. Paris: Éditions du Croquant.

Orwell, George. 2017. Rebelión en la Granja. Madrid: Editorial Debolsillo


Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.