“Un señor que no tenía dinero, en la mañana iba a trabajar en la huerta [de café] y en la noche a cazar venado. Mandaba a su mujer a vender carne de venado […] y de eso vivía. En la noche, venado; en el día, la huerta. Y dice que la primera cosecha le dio mucho dinero, se puso una borrachera de aquellas […], pero dice que él bajaba a [de la sierra a la cabecera municipal] y compraba la revista Impacto. Ahí venía un artículo de Luis Pazos. Dice que leyó ahí que al café le quedaban diez años de prosperidad. Entonces, pensó: “diez años, hay que creerle a este viejo” […]. Le dijo a sus compañeros [productores de café]: “dice un inteligente letrado que son diez años que le quedan a las matas”. [Le respondieron]: —pendejo, si mis matas están nuevaaas, cómo crees que van a durar diez años. ‘Tas idiota. —“Pues eso dice” [contestó]. Pa’ pura chingada que sea cierto o no sea cierto [reflexionó], yo al siguiente año cómprome una casita en Cuernavaca…pa’l siguiente año cómprome una casita en Chilpancingo, mis hijos van a estudiar, hay que comprar […]”. Mi entrevistado agrega, “…cuando se viene la caída del café, en el 89, el café ya no valía […]. Los demás no hicieron eso, los demás se bebieron el dinero […], ya no pudieron comprar nada […]” (Atoyac de Álvarez,15 de febrero de 2020).

Ilustración: Estelí Meza
La cita que se menciona al inicio de este artículo es parte de un relato acerca de cómo un campesino pobre pasó a ser un cafetalero rico y, después, un cacique poderoso. La historia me la contó un amigo, al que llamaré Vicente, que conoció al protagonista a fondo. Forma parte de una larga entrevista sobre la historia económica de la Costa Grande de Guerrero. En Atoyac de Álvarez, abundan las narrativas como ésta. Relatos de riquezas que se hicieron de la noche a la mañana y que, en muchos casos, así como llegaron, se perdieron. Normalmente, estas historias coinciden con los dos grandes periodos de bonanza del café: 1) el primero en la década de 1950; y 2) y el segundo, al que refiere Vicente, en los años ochenta. Aunque los dueños de las fincas de café, eran originarios de Atoyac de Álvarez —un municipio predominantemente mestizo—, los peones que trabajaban en las huertas de café eran originarios de la región de La Montaña, una zona ubicada al noroeste de Guerrero, habitada por población tlapaneca, amuzga y mixteca. Es difícil precisar cuándo empezó el flujo migratorio desde el norte al sur del estado; sin embargo, diversos interlocutores recuerdan a familias completas que, antes de la crisis de los precios del café en 1989, trabajaban como peones en la época de cosecha. Dicen que las condiciones laborales eran terribles: dormían en las huertas en casas improvisadas que ellos mismos construían con hojas de plátano o costales viejos y recibían salarios bajísimos.
Desde que comencé a ir a Atoyac de Álvarez, como parte de una investigación sobre violencia rural que inició en 2019, me he encontrado con una variedad de relatos acerca del triste destino de muchos de los peones de La Montaña. Por ejemplo, en más de una ocasión adultos originarios de la región me han relatado que algunos de los caminos que comunican la zona baja con la serrana tienen restos humanos. Dicen que son fragmentos óseos de peones que trabajaban en huertos de café y que, una vez que terminaba la época de cosecha, eran asesinados por los finqueros para no pagarles por su trabajo. La crueldad de estos relatos siempre ha hecho que estas historias me resulten demasiado terribles para poder creerlas; sin embargo, he escuchado narrativas muy similares respecto a varones indígenas de La Montaña que, hasta hace pocos años, eran contratados para trabajar en los campos de flor de amapola que se ubican en municipios que colinda con Atoyac de Álvarez, tales como San Miguel Totolapan. De modo similar a lo que sucedía en los tiempos de bonanza del café, se cuenta que en los campos de amapola, cuyo auge tuvo lugar desde los noventa y hasta 2016,1 los dueños de la tierra podían llegar a asesinar a sus peones una vez que terminaban de “rayar” o cortar el bulbo de la flor para extraer la savia que se convertiría en goma de opio.
En noviembre de 2019, mi colega Romain Le Cour Grandmaison y yo realizamos una estancia de investigación que nos llevó a distintos pueblos de La Montaña. Ahí exploramos, entre muchos otros fenómenos, la migración de municipios tlapanecos, como Acatepec, hacia La Sierra de Guerrero. En una de las localidades del municipio mencionado, cuyo nombre me reservaré, diversos interlocutores nos relataron casos de jóvenes que dejaban su pueblo para trabajar como “rayadores” de amapola en la zona serrana y que nunca regresaban. Estaban en calidad de desaparecidos. Estos testimonios contrastaban con otros en los cuales la gente contaba que algunos de esos jóvenes sí habían regresado a su pueblo. Un taxista afirmaba que él los había llevado desde Chilapa hasta su localidad de origen.2 De acuerdo a este relato, cuando concluyó el viaje y el conductor volteó hacia el asiento trasero para exigir su pago, los pasajeros habían desaparecido. La narrativa se situaba en las fiestas de Todos Santos. De alguna manera, estas historias de apariciones y desapariciones me hicieron recordar aquellas otras, narradas en párrafos anteriores, que relataban los asesinatos de peones que trabajaban en la economía del café y, posteriormente, del opio.
Regresemos al principio de este texto. Cuando Vicente me contaba la historia de enriquecimiento de su amigo, el productor cafetalero, nunca dijo de dónde provenía la fuerza de trabajo que sostenía los huertos de café, tampoco mencionó cómo operaba el sistema de explotación que hacia posible la acumulación de capital. En Guerrero, está completamente naturalizado el hecho de que sean los jóvenes indígenas del noroeste quienes, forzados por condiciones estructurales de pobreza, migren a otras partes del estado para emplearse como mano de obra barata. La problemática se vuelve aún más cruda si se consideran las asociaciones entre capital, violencia y muerte que surgen al hablar de las dinámicas económicas regionales. Los relatos de mis interlocutores refieren a las particularidades de una forma de desarrollo económico que antepone las ganancias a la vida de las personas. La riqueza está hecha, literalmente, de cuerpos migrantes, pobres y racializados. Quizá lo más conmovedor de todo, sea pensar en que una escapatoria de los ciclos de capital y muerte es a través de la existencia sobrenatural. Pienso en los jóvenes migrantes que volvieron, como espíritus, a sus lugares de origen. A pesar de que su retorno fue trágico —se hizo claro que no estaban desaparecidos, sino muertos—, los muchachos finalmente estaban otra vez en su pueblo. Ojalá los vivos también pudieran volver.
Irene Álvarez
Posdoctorante en El Colegio de México (COLMEX). Miembro de Noria Mexico & Central America Program.
1 Le Cour Grandmaison, Romain; Morris, Nathaniel; Smith, Benjamin (29 de abril de 2019). “La crisis de amapola en México: ¿la última cosecha?”, I y II, disponible en línea.
2 La ciudad de Chilapa es un paso obligado de los jóvenes que vienen de la zona serrana hacia La Montaña.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
Realice un trabajo en 23 localidades del estado de Guerrero, durante 2014, trabajan con nosotros los pobladores y para poder entrar a hacer los trabajos nos revisan con rifle en mano y, dé tiempo en tiempo, nos pedían “permiso” para retirarse unos diez días a la cosecha de amapola, esto está o estaba muy bien establecido en esas zonas