El pasado 16 de enero, un grupo amplio de migrantes hondureños que se había internado en Guatemala, y que según la prensa formaba parte de una caravana de cerca de 9000 personas, fue bloqueado y dispersado por el ejército guatemalteco con gases lacrimógenos y garrotes. Esta marcha de migrantes pasó a engrosar la lista de caravanas que han sido desmanteladas por los gobiernos de los países por lo que transitan para llegar a Estados Unidos. A pesar de los continuos traspiés de esta modalidad de tránsito visible y de acompañamiento masivo, muchos migrantes perseveran en acudir a estas marchas para tratar de alcanzar sus metas migratorias.

Ilustración: Víctor Solís
Desde octubre de 2018 se cuentan por miles los migrantes que han participado en las caravanas; destacan entre ellos los integrantes hondureños —de hecho, una gran parte de las marchas tuvo como punto de partida San Pedro Sula, Honduras— seguidos de salvadoreños y guatemaltecos. Los participantes de las primeras caravanas atravesaron Guatemala con poca resistencia por parte de las autoridades de aquel país y después lograron cruzar territorio mexicano. Así, a finales de 2018, ante la llegada a México de los primeros grandes grupos de migrantes que partieron de Honduras y El Salvador, hubo permisividad de las autoridades mexicanas en cuanto a su tránsito irregular por el país. Por su parte, los migrantes que alcanzaron el territorio mexicano con la caravana de enero de 2019 tuvieron mejor recibimiento de las autoridades mexicanas; pocos días después de internarse en el país, les fueron otorgadas Tarjetas de Visitante por Razones Humanitarias (TVRH) que les permitían transitar libremente por el territorio mexicano. Sin embargo, ninguna marcha posterior ha logrado alcanzar el territorio estadunidense.
Durante 2019, el gobierno mexicano dio continuidad a las políticas de contención migratoria —que llevan décadas prevaleciendo respecto a la migración centroamericana en tránsito— en gran medida moldeadas por las presiones e influencia de Estados Unidos, con la detención de miles de migrantes que viajan solos o en pequeños grupos –con o sin el apoyo de coyotes–, así como a quienes participaban en las caravanas. Tanto en el mes de abril como en octubre del mismo año, se produjo una marcha que rondaba entre los 2000 y 3000 migrantes; fue contenida en Chiapas mediante despliegues importantes de fuerzas de seguridad, incluyendo elementos de la recién creada Guardia Nacional.
Estas respuestas del gobierno mexicano permitieron pronosticar que el primer obstáculo para la formación de nuevas caravanas y su avance hacia el norte serían las acciones de los gobiernos de los países de origen y tránsito para disuadir su creación, así como frenar su avance. Los actores gubernamentales se oponen a esta nueva forma de movilidad porque reta su capacidad para gestionar estas poblaciones, hace patente los graves problemas económicos, sociales y políticos que padecen, y para no sufrir represalias del gobierno estadunidense.
No obstante, los migrantes han seguido conformando grupos de gran tamaño para emprender sus travesías hacia Estados Unidos. En enero de 2020, partió de San Pedro Sula una caravana que alcanzaría aproximadamente 3000 personas que, apenas pisó México, fue duramente reprimida por las autoridades federales. Los integrantes de esta marcha fueron detenidos, en su gran mayoría deportados, sin que muchos de ellos tuviesen la oportunidad de solicitar el reconocimiento de la condición de refugiado ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar).
La primera caravana en tiempos de pandemia se originó en septiembre de 2020 en San Pedro Sula y no llegó a superar el territorio guatemalteco. Aunque de acuerdo al Convenio Centroamericano de libre movilidad —o CA-4— los migrantes hondureños pueden cruzar libremente Guatemala sin más restricción que su documento nacional de identidad, se les requirió a los extranjeros mayores de edad, bajo la excusa de los protocolos sanitarios del covid-19, una prueba de coronavirus negativa para ingresar al territorio guatemalteco; las autoridades de Guatemala emplearon su ejército para deportar a más de 3 500 migrantes hondureños que presumiblemente carecían de tal documento. En enero de 2021, pese a contar con un número mayor de participantes, la última caravana procedente de Honduras fue detenida y desarticulada por medio del uso de la fuerza; las autoridades guatemaltecas expulsaron a varios miles de migrantes hondureños, mientras que se estima que otra parte de sus integrantes llegaron en pequeños grupos a la frontera sur de México pero en pequeños grupos —esto es, a la manera convencional de migrar. Nuevamente las autoridades guatemaltecas han enarbolado el discurso de las “razones sanitarias” para justificar acciones para frenar la caravana. El gobierno mexicano también alistó medidas para detener la caravana en caso de que ésta llegase hasta su territorio.
Una cuestión fundamental por dilucidar es: ¿por qué los migrantes hondureños han seguido adoptando esta forma de movilidad en caravanas? Existen dos aspectos del fenómeno de movilidad centroamericano que permiten arrojar luz sobre esta interrogante. El primero son las fuerzas de expulsión que compelen a muchas personas, sobre todo a las más vulnerables y con menores recursos a dejar sus países de origen, como la violencia, la pobreza y las razones climáticas. Aunque la migración centroamericana hacia Estados Unidos se vio reducida durante los primeros meses de la pandemia, estos flujos no se detuvieron durante la emergencia sanitaria y es posible que se vuelvan a incrementar después debido, precisamente, a los nuevos incentivos a emigrar que produce la crisis sanitaria que conlleva, al mismo tiempo, elementos de crisis social, política y económica que afectan especialmente a los sectores más pobres y de ingresos medios de cada país. Adicionalmente, los huracanes Eta e Iota implicaron un empeoramiento de la situación con cerca de cuatro millones de damnificados en Honduras y que, según los expertos, condujeron a un incremento de 10% en el nivel de pobreza.
El segundo es que estos migrantes con menos recursos económicos no pueden sufragar la contratación de coyotes que les faciliten el tránsito de fronteras cuando emprenden el viaje hacia el norte; en particular, históricamente los migrantes hondureños de bajos recursos se han visto orillados a los viajes más peligrosos y a emplear los transportes que les exponen en mayor medida a la delincuencia, por lo que sufren numerosos abusos y agresiones.1 Así, para los más desfavorecidos, las caravanas pueden ser consideradas como la única alternativa para cruzar fronteras y territorios de manera relativamente segura.
Las políticas de contención de flujos migratorios de México y Guatemala están más alineadas que nunca con los intereses de Estados Unidos, país que ha ejercido su influencia y presión para que esto sea así. Los migrantes hondureños en las caravanas son detenidos y expulsados hacia su país de origen sin importar las circunstancias que propiciaron sus movilidades y el hecho de que muchas de estas personas requieran protección internacional.
Los países de origen, tránsito y destino migratorio han incorporado un nuevo elemento al discurso del miedo que pretende desincentivar a los migrantes de buscar una mejor vida: la pandemia como circunstancia que habría extremado el riesgo de transitar hacia Estados Unidos. Además de estar cargado de un paternalismo cínico, este discurso omite señalar que son estos países, con sus políticas migratorias que irregularizan y criminalizan a los migrantes, quienes les ponen en mayores predicamentos durante el tránsito, así como que la situación que muchos migrantes padecen en sus países de origen es insostenible.
La llegada a la presidencia de Joe Biden podría resultar en un cierto alivio de los problemas que padecen los migrantes que optan por unirse a las caravanas, por ejemplo, con el “restablecimiento” del sistema de asilo estadounidense. No obstante, la situación actual no invita al optimismo; revertir la ingente cantidad de cambios que Donald Trump realizó en la materia migratoria no será tarea sencilla. Además, si en algo han coincidido durante décadas demócratas y republicanos es en buscar el control de los flujos migratorios, restringir la entrada a quienes carecen de recursos económicos y reducir la migración irregular. Al menos en los próximos años, los más desfavorecidos tendrán que seguir batallando con fronteras solos, en pequeños grupos o en caravanas.
Eduardo Torre Cantalapiedra
Investigador del Departamento de Estudios de Población de El Colegio de la Frontera Norte.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Torre, E. (en prensa). Caravanas: sus protagonistas ante las políticas migratorias. México: El Colegio de la Frontera Norte.