En la víspera de la Semana Santa de este 2021, circuló por redes sociodigitales un video de familias enjauladas en la improvisada estación migratoria “La mosca”, en Chiapa de Corzo, al sur de México; el clip acumulaba miles de “vistas” y reacciones diversas por parte de los prosumidores —consumidores de contenidos, pero también productores de narrativas en la era de la virtualidad—. Hubo quien se indignó con un click, pero también quien escribió comentarios abiertamente xenófobos en los que incluso se burlaban de los niños deshidratados y sus madres que anunciaron una huelga de hambre si no eran atendidas sus demandas: medidas sanitarias y certeza jurídica para avanzar hacia la frontera de América Latina con Estados Unidos (la franja fronteriza norte de México) o la deportación a sus comunidades de origen.
Esa misma semana, desde las Islas Canarias, al otro lado del mundo, se viralizó la imagen de otra muerte más, otra vez una niña: una bebé de dos años, maliense; incluso agonizando fue separada de su madre al alcanzar las costas españolas, después de que ambas naufragaran en una de las miles de pateras que cada año se traga el Mediterráneo, ese mar que los migrantes africanos llaman, en diferentes idiomas, la “fosa más grande del mundo”. La imagen de la bebé maliense nos recordó la foto de Valeria Martínez, otra niña salvadoreña de 23 meses que el Río Bravo escupió abrazada a Oscar, su padre, los dos ahogados. Los Martínez, como la familia del pequeño sirio Aylan ahogado en las costas turcas en 2015, primero intentaron convertirse en asilados y dicha condición les fue negada de forma “ordenada y regular”.
Más allá de noticias, esas imágenes/estampas construyen y sedimentan imaginarios colectivos. Postulamos que la forma en que se representan en los medios de comunicación las consecuencias de las políticas migratorias en el mundo, en los cuerpos de personas migrantes y refugiadas, van ampliando la tolerancia social a la violencia institucional y al racismo. Además de que la representación es un dispositivo estético, es uno ético, porque construye imaginarios sociales a través de las narrativas sobre los efectos y las afectaciones del gobierno de las migraciones en las vidas de quienes se desplazan.
Nos interesa abrir la conversación en torno a los que algunas intérpretes de la migración hemos llamado “espectáculo de frontera”, para referirnos a la pulsión gore que desde diferentes lenguajes re/presentan a las formas de dolor, terror y violencia contra quienes se fugan de dictaduras, huracanes, sequías, maras, formas diversas de violencias patriarcales. Si bien la noción de espectacularización de la miseria ha sido trabajada desde hace mucho —por ejemplo, Luis Ospina y Carlos Mayolo en 1978 cuando propusieron “… el cine miserabilista, que convierte al ser humano en objeto, en instrumento de un discurso ajeno a su propia condición”—, la noción de espectáculo de frontera se refiere específicamente al uso social que se hace de la representación de la violencia extrema contra los migrantes.
Desde la sociología crítica de las migraciones, autores como De Génova, Cuttitta y Gabrielli, hacen uso de la discusión sobre la performatividad y la representación de la realidad, propias de una discusión más estético-filosófica, para referirse a la suma de narrativas y representaciones que, a fuerza de repetirse en diferentes canales, formatos y temporalidades, termina por normalizar la mirada miserabilizada de las personas migrantes y refugiadas y convierte en convencional el trato de excepcionalidad legal que se aplica en su contra por parte de estados e instituciones supranacionales. Una discusión que, poco a poco, llega a nuestro continente donde se repiten narrativas de esta naturaleza.
Es decir, además de la violencia puesta en los cuerpos de la niñez migrante en las estampas de muerte que ya reseñamos, hay una instrumentalización de sus muertes para la espectacularización de las fronteras. Postulamos que la espectacularización de las muertes, las masacres, los secuestros de migrantes, prioriza la hiperexposición de las víctimas en imágenes y narrativas que no contextualizan la suma de violencias estatales y sociales que explican no sólo las muertes, sino las tramas de vida de migrantes y refugiados. Algo muy parecido pasa en las coberturas periodísticas que desde hace años se hacen de los feminicidios en México, y que Mariana Berlanga estudió en su libro “Una mirada al feminicidio” (Itaca/UACM, 2018).
La muerte y el dolor como espectáculo para consumo de prosumidores es una forma más de violencia contra los migrantes. La representación en clave de porno-miseria de las muertes y violencias sufridas hace eco del antídoto contrainsurgente de los estados que intentan mantener en las sombras, en la clandestinidad, la huida de quienes hemos de dejar de llamar “desechables”, “descartables”, los migrantes. Ningún cuerpo es desechable, ninguna historia es descartable y ningún ser humano es ilegal, todos las vidas importan y la representación de las migraciones con dignidad es una forma de honrar esas vidas, porque en el lenguaje hay formas de habitar y afectar la realidad. Es urgente oponer estrategias narrativas, éticas, estéticas, es decir, políticas para revertir la reinvisibilización de los tránsitos que imponen las lógicas de contrainsurgencia desplegadas por los gobiernos de nuestra región en contra de las familias migrantes.
La politicidad de la apuesta radical de los migrantes por buscar la vida al desplazarse nos debe interpelar, desafiar, desatar nuestra imaginación para proponer estrategias narrativas, visuales, fotodocumentales, etnográficas, desde la academia y el periodismo para nombrar la insurgencia de quienes caminan en masa hacia los nortes del mundo. Nos urge construir marcos interpretativos accesibles a los prosumidores de narrativas sobre la migración en, por y desde México. Traducir a políticas de representación la dignidad contenida en el cálculo vitalístico1 de esos migrantes y refugiados que decidieron desafiar las fronteras con sus hijos en brazos. Oponer densidad analítica, politicidad teórica, para hacer evidente que la espectacularización del dolor migrante tiene un uso instrumental para reforzar las narrativas que advierten el castigo que puede recibir quien se atreve a desobedecer al militarizado régimen fronterizo en México o en el mundo.

Un niño hondureño camina por la carretera en Chiapas junto a su familia, mientras hace pompas de jabón, durante la caravana de migrantes que tuvo lugar en Octubre de 2018 en México. Foto: Encarni Pindado
Y es que, como bien apunta Dolores París,2 antes de las Caravanas migrantes o el éxodo centroamericano de 2018, los transmigrantes que atravesaban este país tapón en el que México está convertido3 eran representados desde los medios de información y algunas academias como montados en “la bestia”, aunque este tipo de tránsito no representara ni el 30 % del total de los flujos anuales de intentos de tránsito. Después vino el otoño caravanero y se produjo un giro semántico en las formas en que estábamos (mal)acostumbrados a pensar a los migrantes y refugiados. Con el éxodo de 2018, dice París, la imagen de los migrantes montados en la bestia quedó sustituida por la de migrantes caminando en masa y fuera de las sombras.
Desde entonces, intuimos, está en marcha una disputa abierta por la incorregibilidad de la imaginación estratégica y los cálculos vitalísticos de migrantes y desplazados, no sólo en el plano de la representación y la semántica de las narrativas para pensarlas, también en la arena pública. Y es en esta mutación del imaginario colectivo sobre los migrantes como caravaneros, no más como pasajeros de la bestia, donde las formas para cronicar la migración adquieren un lugar central.
Otra forma concreta de contrainsurgencia estatal es esta disputa por volver a la representación en clave de porno-miseria que prevaleció tantos años cuando más que los migrantes, “la bestia”, el tren, fue la protagonista de la narrativa sobre transmigración. Y en ese sentido la idea del título de este breve ensayo, a la bestialización de la transmigración, los migrantes opusieron la apuesta política radical por caravanizar su caminar, autocuidarse en colectivo. La respuesta de los estados y sus instituciones fue la militarización del gobierno de las migraciones y el esfuerzo por enjaular, en Estados Unidos y en México, a esas familias que intentan la fuga, como da cuenta el vídeo con que comenzamos esta reflexión. En la espectacularización de la frontera hay una apuesta contrainsurgente por reinvisibilizar la politicidad de las transmigraciones en nuestra región.
Por eso, nos parece central discutir, pensar, dejarnos afectar y contraponer estrategias narrativas, cual dispositivos éticos y estéticos que abracen y ecualicen la politicidad de la fuga del actual éxodo de desplazados por el neoliberalismo. Prosumidores, abramos, pues, el diálogo siguiendo la máxima con la que nos interpelan los sobrevivientes organizados del otro lado del muro: “Nada sobre migrantes sin nuestras voces”. Pensemos en qué sentido una apuesta por la autorrepresentación radical de los migrantes en la construcción de la memoria de sus caminares y sus luchas sirven para agrietar, hasta hackear, ese espectáculo fronterizo que busca miserabilizar su agencia política.
En torno al episodio que abrió este breve texto, la de las familias enjauladas en Chiapa de Corzo, en plena pandemia por covid-19 se emitió un informe en el que ONGs demandaron medidas concretas a las instituciones mexicanas para intervenir a favor de las personas migrantes. En ese comunicado, demandan estrategias concretas al Instituto Nacional de Migración, a la Segob, a la CNDH, al DIF, a la Secretaría de Salud, pero el comunicado de los defensores a “pie de vía” termina demandando también:
“Cese de falsos discursos que esconden la militarización, criminalización y deshumanización de las personas en movilidad”.
¿Cómo develar esos falsos discursos? Los migrantes afirman: caminando en caravanas, rebelándose en “motines”, atravesando fronteras sin permiso, politizando la migración. Desmiserabilizándo sus vidas y la representación de las mismas. ¿Y nosotros? Tal vez convenga poner a funcionar la imaginación teórica para hacer eco de esa politicidad migrante, que nuestras palabras, narrativas, imágenes, papers, nuestras aulas, se dejen atravesar por esa politicidad de quienes apostaron todo al salir de las sombras y se niegan a volver a las jaulas que nos barbarizan como sociedad.
Amarela Varela-Huerta
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Verónica Gago propone esa categoría en varios de sus trabajos cuando piensa el neoliberalismo desde abajo. La idea de cálculo vitalístico es fucoltiana y se refiere a las decisiones que jerarquizan las estrategias de quien busca agenciarse políticamente, aún en contextos de extrema vulnerabilidad. Véase https://bit.ly/2Pd0czD.
2 Dolores París, Violencias y migraciones centroamericanas en México, El Colegio de la Frontera Norte, México, 2017.
3 País Tapón porque es un territorio al que es muy difícil acceder luego de la militarización de la “gestión fronteriza” con mas de 30 000 efectivos de la Guardia Nacional del actual gobierno, al mismo tiempo de que una vez dentro, una familia o sujeto migrante tiene muy difícil poder salir, pasar del otro lado del muro.