La migración entre México y Estados Unidos se articula como un sistema de dimensiones sociales, políticas, económicas y culturales que se ha ido transformando durante más de un siglo. De acuerdo con Durand, es posible identificar cambios en los procesos migratorios, regulados por factores económicos y cambios legislativos en Estados Unidos. Primero, se encuentra el periodo de las grandes deportaciones entre 1920 y 1941, marcado significativamente por la crisis económica de 1929, que implicó una reducción de las oportunidades de empleo, incluso para los grupos minoritarios norteamericanos. Un segundo momento es el definido por el Programa Bracero entre 1942 y 1964, al cual sucedió, con el final del programa, el periodo “indocumentado” entre 1965 y 1986, marcado por el aumento en la migración laboral sin documentación regulada.

Ilustración: Estelí Meza
El siguiente periodo es el identificado como la fase bipolar, que inició con la aprobación de la Immigration Reform and Control Act (IRCA) de 1986, caracterizada por dos procesos: la legalización de los migrantes “irregulares” del periodo anterior, a través de una “amnistía” que se complementó con una política de reunificación familiar, la cual permitió su asentamiento definitivo en Estados Unidos, y el reforzamiento fronterizo que incrementó los riesgos de la migración irregular, al tiempo que criminalizó a los empleadores de mano de obra “indocumentada”. El reforzamiento de fronteras se agudizó con la promulgación de la Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsibility Act (IIRIRA) de 1996, y con el Homeland Security Act de 2002; así, el tema migratorio pasó de ser un asunto de control laboral-demográfico a un ámbito estratégico de seguridad nacional.
La etapa contemporánea puede rastrearse al comienzo del primer gobierno de Barak Obama en 2008, periodo durante el cual se agudizó el régimen de deportación,1 con iniciativas como la 287g de 2009, que proveyó a los condados y estados con los fondos necesarios para instalar centros de detención, y articuló la colaboración entre las policías locales y los agentes de migración, y la Ley Arizona SB1070 de 2010, que otorgó a los agentes policiacos la potestad de detener a cualquier sospechoso identificable como inmigrante “indocumentado”. En 2012, aumentando la complejidad de este periodo, se logró limitar el alcance de la Ley Arizona y se aprobó un decreto ejecutivo que permitió detener, temporalmente, la deportación de aquellos jóvenes migrantes irregulares llegados en la infancia a través de la figura de la Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA).
Las transformaciones en la política migratoria de Estados Unidos en este breve recuento se relacionan no solamente con el proceso de redefinición de la figura del migrante, que ubica a los no-ciudadanos en las retículas de clasificación que se construyen desde el Estado-nación, y que operan socioculturalmente en los procesos de selección y filtrado con los que se definen inclusiones, exclusiones, e inclusiones diferenciadas.2 También se encuentran vinculadas a la participación de diversas generaciones de personas migrantes, familias y comunidades, que, mediante la movilización, el activismo y el trabajo comunitario, han logrado la transformación de las políticas públicas y sociales dirigidas a la población migrante en Estados Unidos, la resistencia frente a la legislación punitiva, y la incidencia en los procesos enmarcadores que definen su lugar en la sociedad.
En la disputa abierta por este proceso, es posible identificar diversas perspectivas que conforman las ideologías en contienda. Por un lado, el nativismo, que entre las décadas de 1930 y 1960 caracterizó la política migratoria norteamericana, cifrada en el sistema de cuotas y en el control estricto de la migración laboral mexicana,3 reapareció en la década de 1980 y 1990 con el tránsito hacia los procesos globales y de libre mercado que motivaron la llamada paradoja liberal4 deseosa de flujos económicos abiertos y movilidad migratoria regulada. Los elementos centrales de este nativismo son:5, 6 la supuesta inferioridad racial y cultural de los inmigrantes no pertenecientes al núcleo anglosajón-protestante, el estereotipo de los inmigrantes como un grupo con problemas morales y de personalidad con el potencial de incidir negativamente en la sociedad, y su caracterización como un colectivo con poca disposición a la asimilación, que afecta la recaudación de impuestos y aumenta la presión en la demanda de servicios sociales.
En contraposición al reduccionismo nativista y su deseo de “asimilación total”, cifrado culturalmente en narrativas como la amenaza latina7 que ve en el crecimiento demográfico de la población de origen latinoamericano un proceso que presiona al núcleo anglosajón protestante de la nación norteamericana, revisiones como la de Jiménez y Fitzgerald8 permiten conocer, desde la perspectiva académica, la complejidad de los procesos socioculturales de incorporación de los migrantes. De acuerdo con estos autores, entre 1960 y 1970, la población de origen mexicana era interpretada a través de un proceso de racialización, que la comprendía ocupando una posición análoga a la de la población de origen afroamericano (y otras minorías etnoraciales), sujeta a procesos de colonialismo interno, minorización y explotación, por parte de la mayoría anglosajona.
A esta perspectiva siguieron los marcos de la asimilación clásica, entendida como una línea continua o discontinua que, en el mediano o largo plazo, permite a las comunidades asimiladas la participación sin restricciones de la comunidad receptora. Una segunda perspectiva, es la asimilación intergeneracional, la cual, lejos de sostener la posibilidad de una asimilación completa, establece que cada nueva generación nacida en el país receptor tiene más posibilidades de asimilación. Por último, la asimilación segmentada, añade a los procesos generacionales las diferencias de raza y clase como determinantes del segmento de población al que los migrantes podrán integrarse: a la población dominante o a los grupos minoritarios nativos.
Si bien las perspectivas de asimilación académicas permiten entender la sociedad en términos de un crisol, que ve a la sociedad receptora como abierta a la inclusión, sus límites se hacen patentes al considerar perspectivas que consideran tanto un marco multicultural de acción, como procesos transnacionales y de integración, que dan cabida a la expresión sociocultural de la población migrante, y a los vínculos que ésta mantiene con sus sociedades de origen. De este modo, se hace visible el proceso rotativo de retorno que transporta continuamente a personas entre las comunidades de origen y destino9 (Hirai, 2013), y que permite constantes intercambios que conforman espacios transnacionales definidos por las circulaciones imaginarias, simbólicas y físicas, los cuales producen un espacio social compartido que trasciende las fronteras nacionales.
El reconocimiento de estos aspectos permite plantear la importancia, ya no de la asimilación, sino de la integración, en sus dimensiones económica, social, cultural y política, como parámetro para entender las trayectorias que permiten a los migrantes producir pertenencia en la comunidad receptora,10 y que lleva a la definición de la sociedad en términos de su pluralidad.11 Seguir profundizando en esta reflexión es importante para comprender los procesos migratorios entre México y Estados Unidos, y replantear tanto el modo en que se construye la política migratoria en México, como el encuadre mediático hegemónico sobre la experiencia migrante.
Arturo Montoya Hernández
Estudiante del Doctorado en Estudios Culturales de El Colegio de la Frontera Norte
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 De Genova, N. “The Deportation Regime. Sovereignty, Space, and the Freedom of Movement”, en N. De Genova, y N. Peutz, The Deportation Regime. Sovereignty, Space, and the Freedom of Movement, Duke University Press, Londres, 2010, pp. 33-36.
2 Heyman, J. “Capitalismo, movilidad desigual y la gobernanza de la frontera México-Estados Unidos”, en A. Aquino, A. Varela, y F. Decossé (coordinadores), Desafiando fronteras. Control de la movilidad y experiencias migratorias en el contexto capitalista (págs. 25-40). Sur + ediciones, Oaxaca, 2012.
3 Como revisa Calavita (1989) la migración mexicana fue vista en los debates sobre migración laboral del siglo XX, como más flexible que la migración europea que dominó buena parte del siglo XIX, debido a dos factores que facilitaban su gestión: la presupuesta dificultad para asimilarse a la sociedad norteamericana, debido a las diferencias culturales, lingüísticas y étnico-raciales; y la cercanía geográfica, que permitía expulsar a la población sobrante a través de la deportación, sin afectar la disponibilidad de nueva migración laboral, adecuada a las necesidades productivas de Estados Unidos.
4 Hollifield, J. F., Hunt, V. F., y Tichenor, D. J. “The Liberal Paradox: Immigrants, Markets and Rights in the United States”, SMU Law Review, 61(67), Dallas, 2008.
5 Feagin, J. R. “Old Poison in New Bottles. The Deep Roots of Modern Nativism”, en J. F. Perea (editor), Immigrants Out! The New Nativism and the Anti-Immigrant Impulse in the United States, New York University Press, New York, 1997, pp. 13-43.
6 Huntington, S. P. Who Are We? The Challenges to America’s National Identity. Simon and Schuster, New York, 2004.
7 Chávez, L. R. La amenaza latina. Construcción de inmigrantes, ciudadanos y la nación. El Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, 2017.
8 Jiménez, T. R., y Fitzgerald, D. “Mexican Assimilation. A Temporal and Spatial Reorientation”, Du Bois Review, 4:2, 4(2), Cambridge, 2007, pp. 337-354.
9 Hirai, S. “Formas de regresar al terruño en el transnacioalismo. Apuntes teóricos sobre la migración de retorno”, Alteridades, 23(45), México, 2013, pp. 95-105.
10 Alarcón, R., Escala, L., y Odgers, O. Mudando el hogar al norte. Trayectorias de integración de los inmigrantes mexicanos en Los Ángeles. El Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, 2014.
11 O’Farell, B. (2003). Pluralismo, tolerancia, multiculturalismo. Reflexiones para un mundo plural. Universidad Internacional de Andalucía/Akal, Madrid, 2003.