Los caminos que las personas migrantes atraviesan apenas salen de su país, y más tarde recorriendo México con la intención de cruzar la frontera estadunidense, tienen mucho de sonoro, y las escuchas de esos sonidos son capaces de transformar a aquellos que los han experimentado. Si partimos de la idea de que la movilidad humana se hace primariamente con el cuerpo, habría que preguntarnos cómo se construye este flujo de experiencia cuando las vivencias que componen las travesías son adversas. Pensemos, por ejemplo, en los transmigrantes, como se llama también al migrante “fugaz y anónimo”,1 quienes, al no tener una situación migratoria regular, andan en un viaje que casi nunca es amable, provisto de factores que condicionan su experiencia sensorial.

Ilustración: Estelí Meza
Es fácil imaginar que el trayecto de estas personas esté provisto de varias atmósferas, cada una con una banda sonora a la cual es imposible resistirse pues, a diferencia de la vista, el ser humano todavía no ha desarrollado la capacidad de cerrar los oídos a voluntad. Es así como podemos hablar de un ambiente sonoro de la migración centroamericana que en no pocas ocasiones se asocia al riesgo por aquellos que lo han auscultado. Ya que somos seres sensibles y creadores de conocimiento a partir de las corporalidades, las cuales funcionan entonces como frontera y continuidad entre el mundo de todos y el privado,2 habrá que decir también que el soundtrack del tránsito no “acompaña” a las personas en tanto no es un escenario para la contemplación, sino que se convierte en una herramienta fundamental para sobrevivirlo y, muchas veces, en un elemento causante de perjuicios de connotación corporal y psíquica.
Bajo la premisa de que el tránsito no es sólo movimiento, sino que implica también estancias cada vez más extensas en albergues o en espacios de compatriotas, tiene sentido decir que la significación de este ambiente sonoro es ambivalente. Durante la movilidad, el modo de percibirlo está atravesado por la tensión de no ser descubiertos ya por las autoridades migratorias, ya por actores del crimen organizado; acaso por eso muchos de los que viajan solos o apenas acompañados recurren a lo furtivo, pues entre menos sean percibidos3 más posibilidades tendrán de alcanzar el objetivo del viaje: llegar a Estados Unidos. Aunque no todos los sonidos son recibidos de manera negativa durante el tránsito, por ejemplo: las voces de los momentos de trance, individuales y colectivos, que tienen lugar en las ceremonias religiosas; o bien, la música asociada a sensaciones de festividad en los albergues, y que se muestran como sinónimos de impulso, tranquilidad o desasosiego durante el camino; o aquellas otras como la fuerza afectiva en la voz de sus seres queridos, e incluso de sus caminadores, agentes que, a través del dispositivo telefónico, son capaces de brindar soporte en el proceso de viaje. Aquellos vinculados a sensaciones poco favorables guardan relación, en primer lugar, con el transporte empleado, supeditado a su condición migratoria en México, pues ésta determina los alcances de sus derechos apenas cruzando las fronteras del país de origen.4
Pero, ¿cómo es que un elemento sensorial, en este caso sonoridades específicas, puede provocar reacciones tan íntimas y subjetivas como las emociones y los sentimientos? Una posible respuesta es que, cuando un sonido —es decir, una variación en la presión de aire— existe en un medio ubicado y condicionado por el espacio y su acústica, así como los elementos que lo componen —como la vegetación y las condiciones meteorológicas y climáticas—, oscila entre lo objetivo y lo subjetivo, omitiendo la distinción afuera y adentro, pues el efecto de sonido en el cuerpo produce un encuentro —“una correspondencia”—5 entre el ambiente sonoro de una comunidad y el paisaje sonoro íntimo de cada sujeto, dado por las propias experiencias de cada persona.
Si bien el sonido no es el total responsable de la inmediatez del sentimiento de inseguridad, juega un papel importantísimo para su generación. Así, de la interacción entre el ambiente sonoro y la escucha en un contexto como el tránsito pueden surgir sentimientos como la amenaza porque rebasan los límites visuales, porque son envolventes por su intensidad o porque son inesperados. Como es de suponerse, la recepción de estos estímulos no será la misma en todos los individuos, aún más, la gradación de la reacción emocional tampoco será igual según las características de uno u otro sonido.
Fuera y dentro del ámbito de la movilidad humana, los sonidos y sus repercusiones en los cuerpos suelen obviarse, sobre todo en una población cuya sensibilidad ha pasado a segundo plano, acaso inintencionadamente, tratando de paliar las emergencias inmediatas. Pero estas percepciones son evidencia material de las vicisitudes a las que los viajeros han tenido que hacer frente: la resonancia del tren carguero guardada como un trauma sonoro, susceptible de ser revivido cada que se escucha algún pitido de La Bestia cerca, o aquellos casos de tinnitus causados por éste. Dentro de este panorama, los migrantes guardan también ecos de persecución por parte de pandillas y otros grupos criminales, además de coros de rechazo y discriminación por parte de la sociedad civil; sin mencionar que muchas veces los sonidos son mecanismos políticos para lastimar a una población de por sí ya vulnerada.
Su uso actual, por señalar apenas dos casos, es el de las armas sónicas con las que el gobierno estadunidense recibió a la caravana migrante del 2018 en la frontera noroeste6 cuyas ondas, aunque inaudibles para nuestros oídos, son capaces no sólo de disuadir multitudes, sino de causar mareos, confusión, desorientación e, incluso, sordera permanente. Otro ejemplo es el acoso sonoro presente en los centros de detención de aquel país del norte: las ruidosas visitas de los oficiales a cada hora que interrumpen los ritmos naturales del descanso y la vigilia, así como el constante sonido de los helicópteros vigilantes desde el espacio aéreo. Estos mecanismos de tortura no física, practicadas y enseñadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), fueron muy utilizados durante las dictaduras del sur de América Latina precisamente porque no dejan huella en los cuerpos, haciendo así más difícil su denuncia y seguimiento.7
Mas, si es cierto que los estados han empleado las sonoridades en el intento de detener los flujos humanos, también es verdad que la escucha activa hacia las personas migrantes es una de las armas más poderosas porque, además de ser un acto de dignificación, muestra la verdad de cómo es el mundo para ellos, filtrando, a través de la memoria, la reconfiguración del sentido de sus propias experiencias.
Mónica Bayuelo García
Maestra en Antropología Social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Unidad Regional Noreste
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Rivas Castillo, J. “¿Víctimas nada más?: migrantes centroamericanos en el Soconusco, Chiapas”, Nueva antropología 24(74), México, 2011, pp. 14.
2 Schutz, A. (2008) El problema de la realidad social, 2.ª ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2008.
3 Hamilakis, Y. “Arqueología y sensorialidad. Hacia una ontología de efectos y flujos”, Vestigios. Revista Latino-Americana de Arqueología Histórica 9(1), Brasil, 2015, pp. 31-53.
4 Asakura, H. (2014). Salir adelante. Experiencias emocionales por la maternidad a distancia, CIESAS, México, 2014, pp. 55.
5 Leroux, M. y Bardyn J-L. Les Facteurs sonores du sentiment d’insecurité, Escuela de arquitectura de Grenoble, Francia, 1991.
6 Valenzuela, J. M. (coord.) Caminos del éxodo humano. Las caravanas de migrantes centroamericanos, Gedisa, Méxiso, 2018, pp. 11.
7 Chornik, K. “Música y tortura en centros de detención chilenos: Conversaciones con un ex agente de la policía secreta de Pinochet”, Resonancias 18(34), Chile, 2014, pp. 111-126.
muchísimas gracias, que hipótesis más interesantes!
Excelente descripción del día a día de los migrantes.