El viaje de Alba, educadora jubilada de 64 años, desde el Táchira, Venezuela, hasta Estados Unidos comenzó el 4 de junio de 2021, saliendo de la ciudad de San Cristóbal hacia la frontera. Pagó 100 dólares para cruzar por la trocha debajo del puente Simón Bolívar rumbo a Cúcuta. Cuando llegó al Aeropuerto Camilo Daza documentó sus maletas y salió rumbo a Bogotá, donde pagó 70 dólares por una prueba de covid-19 y permaneció ahí tres días. Posteriormente, salió del Aeropuerto Internacional El Dorado hacia la Ciudad de México el 7 de junio. Al llegar a su destino desembolsó 800 dólares a un agente de migración para ser recibida debido a que no contaba con una carta de invitación. Tomó un avión rumbo a Mexicali y llegó al Aeropuerto General Rodolfo Sánchez Taboada, en donde pagó otros 100 dólares para ser admitida. Al salir del aeropuerto se encontró con el coyote, quien le cobró 500 dólares para atravesar lo que le decían era el río y darle asilo en su casa por una noche. El 10 de junio Alba cruzó con éxito, pero al llegar a territorio estadunidense ingresó a la primera estación migratoria en donde estuvo retenida, apartada de sus pertenencias, durante dos días. Por ser de la tercera edad fue trasladada a otra estación, donde, de acuerdo con su testimonio, vivió una experiencia desagradable durante tres días por la sobrepoblación y el frío del lugar.

Ilustración: Patricio Betteo
El 14 de ese mismo mes, Alba fue trasladada a una cárcel estadunidense, donde tuvo el derecho de comunicarse con su hijo residente de Estados Unidos. Durante tres días estuvo encarcelada —con uniforme naranja y esposada de manos y pies— enfrentando un proceso de migración hasta que se determinara su situación. Finalmente, el 18 de junio fue liberada debido a su edad y a complicaciones de salud, pues se había lastimado el pie al cruzar el río. El 28 de junio nos proporcionó su testimonio, vía llamada de WhatsApp, desde Orlando, acompañada por su familia. Por todo lo anterior, y retomando las palabras de Alba, podría afirmarse que México comienza a ser usado por venezolanos de todas las edades para escapar de manera forzada de la revolución bolivariana.
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La situación de los últimos años en Venezuela ha suscitado un desplazamiento sin precedentes a nivel internacional. El caso venezolano representa el mayor éxodo registrado en la historia reciente de la región de América Latina y se cataloga como una de las mayores crisis de desplazados en el mundo después de Siria.
El desplazamiento forzado internacional de los países en vías de desarrollo se ha vuelto una constante, tal como puede verse en los informes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). De acuerdo con datos proporcionados por ambas agencias, hasta 2020 habían salido 5 636 986 venezolanos de su país; de este total, 4 600 234 se encuentran en América Latina y 224 000 en el Caribe.
Su ruta migratoria comienza por la frontera colombo-venezolana. Algunos de los migrantes han tenido como destino países de América del Sur: Perú, Ecuador, Chile; por supuesto, el país vecino fue el destino final de millones de migrantes, también conocidos como los caminantes. En otros casos se dieron movimientos migratorios marítimos de los llamados balseros que se dirigieron hacia Curazao, Aruba y Trinidad y Tobago. En los últimos años han comenzado a atravesar Colombia, el Tapón del Darién —ubicado entre Colombia y Panamá, cruzando Centroamérica—, y México, hasta llegar a la frontera con Estados Unidos.
Múltiples factores interconectados han provocado la salida de venezolanos de su país, entre los cuales se pueden mencionar el deterioro de las condiciones políticas, económicas, sociales y de derechos humanos. La situación actual de Venezuela, caracterizada por crisis sistemáticas de diversa índole que afectan la vida de las venezolanas y los venezolanos, alienta la salida hacia diferentes lugares del continente, en lo que, de acuerdo con Luciana Gandini,1 de 2015 a la fecha se puede denominar inmigración en contexto de crisis hacia México.
Por otro lado, aunque México no es el país de América con mayor acogida de venezolanos, aquellos que llegaron a esta nación entre 2015 y 2019 sí la consideraban como país destino debido, principalmente, a que contaban con redes de amigos y familiares ya asentadas en este territorio. Para 2020, con base en datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), los nacionales de origen venezolano se encuentran en el lugar número tres entre los colectivos que más han solicitado la condición de refugiado.
Aunado a ello, la crisis relacionada directamente con la pandemia de covid-19 ha generado una movilización de venezolanos al país, principalmente por la cercanía territorial con Estados Unidos. En medio de la pandemia, la xenofobia, el aumento de la crisis económica y del desempleo en países de América del Sur y la inestabilidad que vivió Venezuela en el año 2020 y en el primer semestre de 2021, comenzó a observarse un movimiento de venezolanos en mayor cantidad a México —pero esta vez no fue para solicitar la condición de refugiado en este país, sino como tránsito para llegar a Estados Unidos.
Otra de las rutas que están tomando los venezolanos para llegar a la frontera norte de México es por la salida de Cúcuta, Colombia, para tomar un avión hacia México, principalmente con dirección a la Ciudad de México y a Monterrey. Llegando a estas urbes se mueven hacia las ciudades fronterizas mexicanas, como Mexicali, Tamaulipas y Tijuana.
Mediante una imagen desgarradora —tomada por Go Nakamura para la agencia Reuters— en la que un joven carga a una mujer de la tercera edad por el Río Grande, se visibiliza a los venezolanos cruzando la frontera. Desde octubre de 2020, según la OEA, aproximadamente 11 000 venezolanos han cruzado la frontera.
Tal situación puede incrementarse debido a que el gobierno del presidente Joe Biden concedió el 8 de marzo de 2021 el estatus migratorio de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos que, por razones excepcionales, no pueden regresar a Venezuela. Esto quiere decir que todas las personas de nacionalidad venezolana que estén solicitando asilo u otra condición migratoria tiene derecho hacerlo en suelo estadunidense. El decreto tiene validez de año y medio para los venezolanos que cumplan con los requisitos del Estatus de Protección Temporal.
Aunque leer historias de México como país de tránsito hacia los Estados Unidos no es nuevo, claramente puede comenzar a observarse que la movilidad de venezolanos hacia el norte podría significar la transformación de la benevolencia del gobierno mexicano hacia los migrantes de esta nacionalidad.
Hablar del refugio implica problematizar los discursos internacionales, jurídicos, sociales, económicos y culturales para comprender cuáles son las variables que hacen funcional esta categoría, bajo qué causales se encuentran y quiénes los determinan dentro de cada gobierno. El fenómeno del éxodo masivo de venezolanos que inició en 2014, y su travesía por el continente americano durante el contexto de la pandemia, desafían las teorías de las migraciones tradicionales. Es por ello que, a nivel internacional, el refugio debe ser analizado a partir de las expulsiones recreadas desde dispositivos raciales, sexuales, de clase y nacionalidad que conforman medios por los cuales Occidente ha establecido una biopolítica de administración de la población, tal como lo han descrito Esposito, Arendt, Sassen, De Sousa, Federici y Estévez, por mencionar algunos autores.
Según datos de la OEA, se prevé que para 2021 haya un total de 7 millones de venezolanos fuera de su país. El cierre de fronteras causado por la pandemia y la profundización de la crisis en Venezuela han llevado a los venezolanos a cruzar caminos irregulares y atravesar rutas marítimas peligrosas para dejar su país o alguno de los países que los acogió en su primer movimiento migratorio.
No se puede dejar de lado que la regulación de la migración como herramienta biopolítica sigue reproduciendo maneras para categorizar a las personas en movilidad; asimismo, es importante tener presente cómo el discurso jurídico puede comprenderse como una herramienta de formas de subjetivación de las mismas, a través de las cuales se puede determinar a quiénes se les permite entrar y permanecer en un territorio y quiénes son desechados por el sistema.
Lady Junek Vargas León
Estudiante de Maestría en Estudios en Relaciones Internacionales de la FCPyS- UNAM
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Gandini, L., Lozano, F., y Alfaro A. “Aprender a ser migrante. Bondades y tensiones que enfrenta la comunidad venezolana en México”, Gandini, L., Lozano Ascencio, F., y Prieto, V. (Eds.), Crisis y migración de población venezolana. Entre la desprotección y la seguridad jurídica en Latinoamérica, UNAM, México, 2019, pp. 311-342.