Remesas en tiempos regulares y en tiempos de crisis. Mitos y realidades

Aunque a veces pareciera que nuestras estimaciones de las remesas son más precisas que nunca, en realidad es poco el tiempo que llevamos aprendiendo acerca de estos flujos y su comportamiento durante crisis financieras.

Durante la década de 1990 se afianzó la creencia de que las remesas eran flujos contracíclicos. Tras las crisis financieras de 1994-1995 en México, 1997-1998 en el este de Asia y 2001 en Argentina, el volumen de remesas hacia estos países aumentó. Lo mismo sucedió tras desastres naturales como el paso de los huracanes Mitch en Centroamérica en 1998 y Tomás de 2010 en Haití. Que estos flujos de dinero no se estancaran o disminuyeran en tales escenarios contrastaba con el comportamiento de la inversión privada, la cual caía precipitadamente ante estos choques macroeconómicos externos.

De ahí que la naturaleza contracíclica de las remesas comenzara a asociarse, por lo menos en la narrativa oficial, con el altruismo de los migrantes y, en menor medida, con la migración como una estrategia de diversificación de riesgo. Sin embargo, las últimas crisis económicas han mostrado que la evidencia empírica sobre la capacidad de las remesas de contrarrestar los choques macroeconómicos es más bien inconclusa.

A diferencia de las mencionadas anteriormente, la crisis de 2008 y la que atravesamos a causa de la pandemia no se desataron en los países receptores de remesas, sino en los países donde éstas se originan. Por primera vez se observaron choques tanto al salario de los migrantes como al de sus hogares en los países de procedencia.

En 2008 el Banco Mundial predijo que las remesas globales caerían alrededor de 5 %. En 2020 el mismo organismo anticipó una caída del 20 %, el más alto registrado en la historia. En el primer escenario, los pronósticos fueron acertados: en 2009 las remesas cayeron 6 % respecto al año previo. El año pasado, con la pandemia, la realidad desafió los pronósticos, pues hacia fines de 2020 las remesas no sólo se habían mantenido relativamente constantes (-1.6 % en 2020 comparado con el año previo), sino que en algunas regiones como América Latina registraron un alza (6.5 %).

México fue uno de los casos en los que las remesas aumentaron. Tras una breve caída en abril de 2020 (-28 % respecto al mes previo), que coincide con el periodo de mayores restricciones sanitarias en Estados Unidos, las remesas se recuperaron. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, México cerró 2020 habiendo recibido un total de 40 605 millones de dólares (3.8 % del PIB), un aumento de 11.4 % respecto a 2019. Controlando por el tipo de cambio y la inflación, las remesas crecieron 20.6 % en términos reales.

El nivel de remesas se determina con base en varios factores. Las predicciones tienden a basarse en la población total de migrantes en los países de destino, su nivel de ingresos y el PIB de sus países de procedencia (las remesas suelen responder positivamente a una caída en el PIB de los países de procedencia). Algunos autores argumentan que la población total de migrantes es la variable más importante y que las condiciones en los países de destino son más importantes que las condiciones en el país de procedencia.

Aunque el modelo de predicción del Banco Mundial funcionó en 2008, fue mucho menos certero en 2020. Esta falla demostró que la población migrante es mucho más heterogénea de lo que pensamos, que su altruismo tiene límites, que las políticas de protección social son importantes y que muchos flujos de remesas aún pasan desapercibidos porque se envían a través de canales informales.

A continuación haré un breve repaso de lo que hemos aprendido de esta crisis y de los factores que más influyeron en el nivel de remesas enviadas a México. La lección que quiero enfatizar es que, aunque importa analizar las remesas en tiempos de crisis, es más importante hacerlo en tiempos “normales”. En el ámbito de las remesas y de la inclusión financiera de los migrantes y sus familias, las crisis recientes han demostrado que aún queda mucho por hacer en México.

Ilustración: Víctor Solís

Factores que influyeron en el volumen de remesas en 2020

Tras la sorpresiva recuperación de las remesas el año pasado, varios analistas ofrecieron explicaciones. Me concentraré en América Latina, pues fue la región donde más crecieron estos flujos y porque las remesas provienen, en su mayoría, de Estados Unidos, lo que permite centrarse en las dinámicas que afectaron a México en particular.

Un primer factor que debemos considerar si queremos explicar el comportamiento de las remesas durante la pandemia es la fluctuación en el tipo de cambio y la depreciación del peso desde el inicio de la pandemia. Un dólar más fuerte incentiva a los migrantes a enviar más dinero, pues su remesa tiene mayor poder adquisitivo en México. Durante la crisis del covid, el peso mexicano perdió 36 % de su valor respecto al dólar, mientras que en la recesión de 2008, la moneda mexicana se depreció 51 %. En ambos casos, se hubiera esperado un aumento en el volumen de remesas. Sin embargo, en la crisis de 2008 los flujos cayeron 17 % durante el mismo periodo. Además, durante la crisis actual países con una economía dolarizada como Ecuador o El Salvador —es decir: países que no pueden beneficiarse de una apreciación del dólar— evidenciaron patrones similares a los de México, con caídas abruptas durante abril de 2020 y recuperaciones constantes a partir de la segunda mitad del año. En Ecuador las remesas crecieron 3.2 % respecto del año previo y, en El Salvador, un 4.8 %, según datos de sus bancos centrales. Este factor, por tanto, no tiene un poder explicativo de peso para México.

Otro factor que debemos considerar es el tránsito de canales informales a formales. Aunque estos flujos son difíciles de estimar, un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo calculaba que hacia 2003 un tercio de las remesas que llegaban a México lo hacía por vías informales (correo, encomenderos o los propios migrantes).1 Durante la pandemia, por otro lado, cerraron muchos bancos y agencias de remesas. Además, las restricciones a la movilidad impuestas por varios gobiernos impidieron a muchos migrantes recurrir a los envíos informales. Un estudio reciente muestra que varios migrantes —en especial aquellos que viven cerca de la frontera con México— transitaron a los canales formales de envíos de remesas durante 2020.2 Los autores explican que las comunidades de la frontera dependían más de los medios informales de envío y recepción antes de la pandemia, pues sus costos eran menores, pero que fue precisamente en estas municipalidades que los envíos formales registraron el mayor aumento. Aun controlando por otras variables (tales como menor desempleo en los estados de Estados Unidos cercanos a la frontera o mayor exposición a choques económicos en los estados fronterizos de México), existe una correlación significativa entre la distancia a la frontera y el influjo de remesas durante la pandemia. Aunque la tendencia hacia la formalización en el envío y recepción de remesas ha sido paulatina y constante, la pandemia la aceleró y eso explica el aumento en el registro de estas transferencias.

Un tercer factor: los programas de estímulo económico en Estados Unidos. Aunque esta fue una de las razones más citadas por los analistas, en realidad el efecto en las remesas de los apoyos fiscales en Estados Unidos fue menor. El CARES Act, el primer programa de apoyo lanzado en marzo de 2020, excluía a los que carecían de número de seguridad social e, incluso, a las familias donde tan sólo uno de los miembros careciera de él. Aunque se estima que los migrantes indocumentados pagan 11 700 millones de dólares en impuestos cada año,3 estos migrantes eran inelegibles para CARES porque generalmente utilizan un Número de identificación fiscal y no el número de seguridad social. Esto resultó en la exclusión de 14.4 millones de personas (9.3 millones de migrantes indocumentados, 3.7 millones que aun siendo ciudadanos estadunidenses o migrantes regulares tienen un padre indocumentado y 1.4 millones con un cónyuge indocumentado). Además, aunque estados como California hicieron elegibles a los migrantes indocumentados —71 % de los cuales son mexicanos de nacimiento, según estimaciones del Pew Research Center— hubo trabas burocráticas y administrativas que dificultaron el acceso a este apoyo.

Finalmente, está el factor de las ocupaciones afectadas. Las crisis de 2008 y de la pandemia afectaron de manera diferente a los sectores de ocupación de los migrantes mexicanos. Antes de la Gran Recesión, un tercio de los migrantes mexicanos estaban empleados en la construcción, un sector gravemente afectado por la crisis. Entre 2006 y 2011, la proporción de mexicanos empleados en este sector cayó 20 %.4 La caída en la demanda por la mano de obra de migrantes mexicanos en Estados Unidos no sólo se tradujo en un mayor retorno a México, sino también en una caída en las remesas que se extendió a lo largo de la recesión.

Mientras que la crisis de 2008 estuvo precedida por una desaceleración de la construcción que comenzó en enero de 2006, la pandemia estuvo precedida por un boom en el verano de 2019, sobre todo como resultado de la reducción de los tipos de interés hipotecarios. Algunos analistas argumentan que, puesto que las remesas tienden a reaccionar con cierto retraso a la evolución del sector de la vivienda, el repunte de las remesas observado en marzo de 2020 —cuando la economía estaba apagándose— fue el resultado del impulso de la construcción iniciado en 2019. Además, el sector se recuperó mucho más rápido en 2020 que en 2008, tras una caída significativa en marzo y abril.

Otro sector que vale la pena mencionar además de la construcción es la agricultura. De acuerdo con datos del Departamento de Estado, el número de trabajadores extranjeros empleados bajo una visa agrícola incrementó 4 % entre 2019 y 2020, y las visas de trabajo agrícola (H2A) fueron una de las dos únicas categorías que aumentaron en 2020. Los trabajadores mexicanos constituyen la mayoría de los trabajadores agrícolas temporales. En 2020, 93 %de los trabajadores con visa H2A provenían de México. En suma: dos sectores importantes para los migrantes mexicanos tuvieron un repunte vertiginoso justo antes de la pandemia.

Los migrantes, sus familias y la inclusión financiera: lecciones para el futuro

El influjo de remesas en la economía mexicana ha sido una constante en las últimas décadas, pero adquiere más notoriedad en tiempos de crisis. En su tercer informe de gobierno, el presidente Andrés Manuel López Obrador presumió el “récord histórico de remesas” como un indicador de salud macroeconómica. Aunque lo dicho por el presidente está lejos de ser cierto, el reconocimiento de estas transferencias no es menor: no fue sino hasta el gobierno de Ernesto Zedillo que el Plan Nacional de Desarrollo incluyó a los migrantes. Desde mediados de los años noventa, el gobierno mexicano ha hecho mucho por proteger a su población migrante en Estados Unidos —desde la creación de matrículas consulares, ventanillas de salud y el Instituto de Mexicanos en el Exterior— y ha lanzado programas pioneros de inclusión financiera (como telenovelas adaptadas, por mencionar un ejemplo). Hoy, la Secretaría de Relaciones Exteriores coordina 44 ventanillas de educación financiera: espacios físicos en los consulados donde asesores proveen sesiones personalizadas o talleres grupales sobre servicios financieros en Estados Unidos, desde cómo abrir una cuenta bancaria hasta cómo pagar impuestos.

Lo irónico es que los esfuerzos de ese lado de la frontera no se han traducido en esfuerzos similares por aumentar la inclusión financiera de las familias receptoras de remesas en México. El país se encuentra rezagado frente a sus pares latinoamericanos y otros países de renta media en cuanto a acceso y uso de servicios financieros en los hogares. Solo un 37 % de la población mayor de quince años tiene una cuenta bancaria, según los últimos datos del Índice de Inclusión Financiera del Banco Mundial (comparado con 44 % en Guatemala, 74 % en Chile y 55 % en América Latina).

La literatura ha demostrado que las remesas mejoran el acceso al sistema bancario y la apertura de cuentas de ahorro, con un efecto menos claro en el crédito. Los hogares con cuenta bancaria tienden a recibir más remesas. A su vez, el influjo de remesas en el sistema formal financiero no sólo es más seguro para receptores y remitentes, sino que puede impulsar la demanda local y aumentar el capital disponible para el crédito. Pero para consolidar estos beneficios, el país debe redoblar sus esfuerzos para garantizar la inclusión y educación financiera. No basta con extender la infraestructura bancaria; también se debe mejorar el acceso a productos financieros para la creación de activos, conectar a las personas de bajos ingresos y comunidades rurales con instituciones formales y pensar en esquemas de créditos para ellos. Las remesas tienen un gran potencial para mejorar el bienestar económico de las personas, pero sus límites también están trazados por el ecosistema financiero en el que operan.

 

Marcela Valdivia Correa
Consultora en políticas migratorias y de desarrollo internacional

Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.


1 BID/Pew Research Center, Remittance Recipients in Mexico: A Public Opinion Research Center, Octubre de 2003.

2 Lelys Dinarte, David Jaume, Eduardo Medina-Cortina, Hernan Winkler, “Neither by Land nor by Sea: The Rise of Electronic Remittances during Covid-19”, manuscrito no publicado, 2021.

3 Lisa Christensen, Undocumented Immigrants’ State and Local Tax Contributions, Washington DC, Institute on Taxation and Economic Policy, marzo de 2017.

4 Andrés Villareal, “Explaining the Decline in Mexico-U.S. Migration: The Effect of the Great Recession”, Demography 51 (2014), pp. 2203-2228.