Han pasado más de tres años desde que el fenómeno de las caravanas de migrantes alcanzaron notoriedad internacional en octubre de 2018, todavía hoy en día los migrantes siguen adoptando esta modalidad de tránsito para marchar rumbo al norte. En los siguientes párrafos sostendré que las más de veinte caravanas que se han producido en estos años no pueden entenderse por completo sin tener en cuenta su doble carácter como forma de movilidad y como forma de protesta. Dos caras de una misma moneda. Incluso, las caravanas podrían considerarse un movimiento social migrante.

Ilustración: Patricio Betteo
Las caravanas han constituido una forma de movilidad o tránsito migratorio en la que conjuntos amplios de migrantes —cada uno de ellos con sus propios objetivos migratorios— se reúnen para marchar juntos hacia el norte de manera relativamente segura: hay acompañamiento masivo y no se excluye a las personas de más bajos recursos, la manera de transitar es caminando y mediante aventones y se pernocta en albergues, iglesias, calles, plazas, entre otros. Además, ha sido habitual que reciban el apoyo solidario y el acompañamiento de miembros de organizaciones de la sociedad civil y de la ciudadanía. En este sentido, estas marchas son herederas de los tránsitos migratorios de centroamericanos, particularmente los hondureños, que atravesaron el territorio mexicano con pocos recursos económicos o sin ellos, empleando un conjunto diverso de estrategias para alcanzar sus objetivos migratorios: seleccionar determinadas rutas y medios de transporte, acudir a los albergues y a los servicios de la red de solidaridad con los migrantes, entre otros.
Se puede argumentar que como modalidad de tránsito migratorio las caravanas no sólo se caracterizan por su peculiar forma de avanzar hacia el norte, sino por otros dos aspectos destacados: su visibilidad en el desplazamiento —que es también mediática— y la situación de irregularidad de la mayoría de sus miembros. En estas marchas los migrantes son visibles en su transcurrir por territorios y fronteras, incluso en circunstancias en las que habitualmente los migrantes se mantienen invisibles: el cruce del río Suchiate, el tránsito irregular por el territorio mexicano, etc. Esta visibilidad puede ser positiva en términos de seguridad y de potenciar sus demandas, pero implica que las caravanas sean monitoreadas por las autoridades migratorias de los países por los que transitan, lo que puede facilitar su eventual desmantelamiento.
La condición de irregularidad de los integrantes de las caravanas es una situación indeseada para los mismos y a la que se ven orillados por la falta de disponibilidad de vías para movilizarse con documentos. Así mismo, implica que con su caminar los migrantes están desafiando el régimen de fronteras en la región, que fue impulsado por el gobierno estadunidense en seguimiento del paradigma securitario.
Las caravanas implican una lucha o protesta por parte de los migrantes, que han sido consideradas como movimiento social migrante. Con base en definiciones clásicas de este campo de estudios de los movimiento sociales se puede constatar que efectivamente las caravanas: 1) constituyen formas de acción colectiva, porque los migrantes en las caravanas tienen objetivos individuales pero también comunes; 2) su conformación representa un desafío hacia las autoridades, en su paso por México enfrentan las políticas de contención nacionales y estadunidenses que restringen su movilidad, para lo cual hacen uso de diferente acciones: protestas, manifestaciones, etc. ; 3) cuentan con diversas formas de organización, como asambleas o al organizarse para conseguir recursos durante el tránsito, entre otros; y 4) tienen un cierto grado de permanencia en el tiempo, ya que las caravanas continúan conformándose hasta la fecha.
Ya sea como movimiento social u otra forma de actuar político, el repertorio de acciones de lucha y protesta que muestran las caravanas de migrantes tienen como antecedente los viacrucis de migrantes que transitaron el territorio mexicano. Estos se produjeron año con año desde 2010, como manifestaciones de carácter político-religioso elaboradas por migrantes y sus defensores para realizar protestas y denuncias.1 Esto derivó en caravanas-viacrucis en la medida en que estos sirvieron para que los migrantes lograran un objetivo mucho más pragmático, atravesar el territorio mexicano y alcanzar la frontera norte para solicitar asilo en Estados Unidos, el reclamo principal era la libertad de movimiento por encima del régimen de fronteras que restringe la movilidad a los más desfavorecidos. A su paso por México, las caravanas de finales de 2018, y algunas otras posteriores, heredaron muchos de los saberes de resistencia de las marchas previas en la medida en que fueron acompañadas por miembros de organizaciones de la sociedad civil que participaron en aquellas.
Los análisis realizados bajo ambas miradas —forma de movilidad y movimiento social— dan cuenta de que son las actuaciones gubernamentales las que dotan de mayor o menor relevancia a cada uno de estos aspectos. En particular, las mayores dificultades que las autoridades imponen en cuanto al tránsito implican que algunas de estas marchas resalten más en su faceta reivindicativa. A modo de ilustración, se analiza de manera sucinta el caso de la denominada “caravana madre” que surgió en Tapachula (Chiapas) en octubre de 2021.
En la segunda mitad de 2021 la situación de encarcelamiento de miles de migrantes en Tapachula era insostenible. Al no poder avanzar hacia el norte sin documentos debido a las políticas de contención migratoria y ante la dificultad —o imposibilidad— de lograr en un tiempo razonable documentos migratorios para el tránsito, los migrantes eran compelidos a permanecer durante largos periodos en Tapachula afrontando grandes dificultades para subsistir. En respuesta a este contexto, los migrantes junto a varias organizaciones de la sociedad civil realizaron protestas, huelgas de hambre, vigilias, etc. Inclusive, cuatro caravanas de migrantes de entre 300 y 600 participantes, en su mayoría haitianos, partieron rumbo al norte entre finales de agosto y comienzos de septiembre, pero fueron disueltas por las autoridades migratorias.
El 23 de octubre con el acompañamiento y apoyo de miembros de Pueblo Sin Fronteras y el Centro de Dignificación Humana, parte la “caravana madre” que según diversas agencias de noticias, llegaría a estar conformada por entre 4000 y 6000 migrantes, la mayoría procedentes del Norte de Centroamérica, Haití y en menor medida de otros países. Al igual que las cuatro anteriores, esta caravana fue en gran medida una respuesta de protesta de los migrantes al contexto de políticas migratorias que enfrentan en Tapachula, la intención era llegar a la Ciudad de México para regularizar su situación. Esta caravana logró avanzar hacia el norte sin ser desmantelada en Chiapas, algo que no se producía desde hace más de dos años. No obstante, tuvo que superar numerosos escollos: enfrentar los cercos policiales, la detención de los que se quedaban rezagados, entre otros. El Instituto Nacional de Migración (INM) hizo varios ofrecimientos para regularizar a migrantes de la caravana, especialmente a los de condición más vulnerable. El ofrecimiento de tarjetas de visitantes por razones humanitarias (TVRH) —que permiten el libre tránsito por un año— y el desgaste físico de los migrantes disminuyeron considerablemente el tamaño de esta marcha.
Tanto en la génesis de esta caravana como en su lento avance hacia el norte, fue muy visible su aspecto de lucha, o incluso, de movimiento social migrante. El hecho de tener que lidiar con las autoridades que no les dejaban salir de Tapachula, pero que tampoco sabían muy bien qué hacer con ellos, coadyuvó en la generación de una situación en la que los migrantes y las organizaciones de la sociedad civil decidieron partir en caravana con el objetivo proseguir su camino a Estados Unidos (vía Ciudad de México) y reclamar sus derechos.
Como protesta las caravanas podrían considerarse, hasta cierto punto, exitosas si consideramos que lograron que las autoridades les otorgaran en tiempo y forma los documentos que permiten el libre tránsito por México, documentos que inicialmente les fueron negados en Tapachula. No obstante, desde la perspectiva de la movilidad resulta relevante dar cuenta de que las caravanas permitieron a los migrantes recorrer una parte del territorio mexicano. Asimismo, el éxito relativo del ofrecimiento TVRH en “deshacer” las caravanas es un indicativo que nos permite considerar que estas marchas son una estrategia de movilidad que puede desaparecer ante la posibilidad de que los migrantes encuentren una mejor vía para alcanzar sus destinos migratorios. Se constata que la lucha migrante y las estrategias migratorias son perspectivas clave para entender la movilidad en caravanas, el águila y el sol de estas marchas.
Eduardo Torre Cantalapiedra
Profesor-investigador del Departamento de Estudios de Población de El Colegio de la Frontera Norte.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria deEl Colegio de la Frontera Norte y nexos.
Referencias
Torre Cantalapiedra, E. (2021). Caravanas: sus protagonistas ante las políticas migratorias, El Colegio de la Frontera Norte, México 2021.
París Pombo, M. D., y Montes, V. “Visibilidad como estrategia de movilidad: el éxodo centroamericano (2018-2019)”, EntreDiversidades, 7(14), 2020.
Varela Huerta, A. “No es una caravana de migrantes, sino un nuevo movimiento social que camina por una vida vivible”, elDiario.es 2020.
Rizzo Lara, R. de la L. “La Caminata del Migrante: A Social Movement”, Journal of Ethnic and Migration Studies, 2021.
Vargas Carrasco, F. de J. “El vía crucis del migrante: demandas y membresía”, Trace. Procesos Mexicanos y Centroamericanos, (73), 2017.
1 Vargas Carrasco, F. de J. “El vía crucis del migrante: demandas y membresía”, Trace. Procesos Mexicanos y Centroamericanos, p. 73, 2017.