El reconocido escritor Truman Capote escribió que, por no tener geografía, el amor no conoce fronteras. En parte así lo ilustra la historia de Laura Jazmín Hernández, una mexicana que se emocionó cuando Leslie Edward, un haitiano de oficio electricista, le dio públicamente un anillo de compromiso. Apenas un mes antes se habían conocido en un albergue para migrantes en Mexicali, donde ella era voluntaria; para Laura Jazmín había sido “amor a primera vista”, así que ahora planeaban contraer matrimonio. Ambos presumieron su compromiso en redes sociales y los usuarios felicitaron a la nueva pareja cachahitiana.

Ilustración: Izak Peón
El flechazo de amor entre Laura Jazmín y Leslie fue en 2016: año durante el cual, como afirman Méroné y Castillo,1 un grupo de haitianos (y haitianas, por supuesto) transitó por el noroeste de México, pero ante el endurecimiento de la frontera estadunidense, el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales y el desbordamiento de albergues en Tijuana y Mexicali, se estancaron en el país y tuvieron que integrarse laboral y socioafectivamente. Así que Leslie hizo su chamba en ambos sentidos. Desafortunadamente no se sabe cuál fue el desenlace de su compromiso con Laura Jazmín.
Un lustro después, una nueva ola de haitianos llegó a México y algunos se casaron con mexicanas. La reportera Roxana González documentó que durante septiembre y los primeros días de octubre de 2021 se registraron más de cuarenta matrimonios civiles entre haitianos y mexicanas en Chiapas, Puebla, Guanajuato, Tamaulipas, Chihuahua y Baja California. El detalle es que se trató de matrimonios por conveniencia: los haitianos ofrecían más de 20 000 pesos a las mexicanas que quisieran casarse con ellos para regularizar su estancia en el país y transitar sin inconvenientes hasta la frontera norte.
Mujeres como Luisa, originaria de Ciudad de México, aceptaron la oferta y se desplazaron hasta Tapachula a cambio de 25 000 pesos más viáticos; en entrevista, Luisa expresó: “A lo mejor no está bien, pero si yo le puedo ayudar y él a mí, no le veo lo malo”. Por el contrario, mexicanos como Juan Montoya, de Matamoros, Tamaulipas, decidieron contraofertar en Facebook: casarse con haitiana interesada, de entre 15 y 25 años, con la promesa de “arreglar su situación migratoria”, pero a cambio de 25 000 dólares. De acuerdo a lo reportado por Elena González, Montoya recibió mensajes de algunas mujeres migrantes, pero se retractó porque era casado y, supuestamente, lo hizo en plan de broma, aunque a su esposa no le causó gracia.
Pensar en el amor a primera vista y en los matrimonios por conveniencia entre extranjeros y connacionales hizo aún más público en México el emparejamiento (heterosexual) en tiempos de neomovilidades y, sobre todo, puso en perspectiva los significados del amor y del matrimonio. ¿Pero qué importa? Después de todo, los vínculos entre el amōris y el matrimonium son íntimos, al menos romántica y etimológicamente. Incluso, sociólogos como John Alan Lee2 afirmaron hace décadas que había diferentes tipos de amor: empezando con los tres más conocidos (el amor romántico/pasional, el lúdico y el amistoso/leal), hasta combinaciones de estos (el maniático, el pragmático y el desinteresado).
El amor, entonces, es tan variado como puede ser el vínculo matrimonial entre parejas heterosexuales (o no heterosexuales) en estos tiempos. Esto no es novedad, pero casos como los descritos al inicio ejemplifican cómo uno y otro han emergido en un contexto de desplazamientos, actitudes antinmigrantes y fronteras restrictivas: ya sea porque se trata de un amor romántico/pasional, a primera vista entre personas de diferentes nacionalidades, o bien de un amor (y matrimonio) pragmático, tejido por acuerdos e intereses migratorios y monetarios. El contexto mencionado sin duda es clave para comprender el amor o, mejor dicho, “la lógica epistémica amorosa”, como le llama la poeta y escritora Gabi Romano.3 Para ello, compartiré una historia más.
A mediados de febrero de 2019, un grupo de migrantes procedentes de Centroamérica, llegó a un albergue de Matamoros con el propósito de solicitar asilo en Estados Unidos. Fue ahí donde conocí a Marco y Adriana —seudónimos—: una pareja sui géneris con la que conversé. El día que los conocí hacía mucho frío en Matamoros, pero aun así caminaban en un patio del albergue. Alcancé a ver a la pareja: sonreían entre sí, jugueteaban con las manos y, de repente, se abrazaban. Pensé que, o se trataba de una estrategia para mitigar el frío, o bien de un cortejo o romance inicial. En cualquiera de los casos, supe que mi deber como antropólogo era indagar.
Marco era salvadoreño y Adriana hondureña. Se conocieron en 2017, durante un viaje de trabajo que Marco hizo a San Pedro Sula. Casualmente se reencontraron en enero de 2019 en Tapachula, sin saber que ambos iban en una caravana. Marco decidió emigrar debido a amenazas en su país y Adriana tomó la decisión por necesidad económica. En Tapachula Marco le propuso a Adriana viajar juntos, ser pareja. Le prometió acompañarla hasta la frontera norte y le aclaró que si ya en el otro lado ella quería ser feliz con otra persona, él se haría a un lado. Adriana aceptó la propuesta y le dijo: “Lo nuestro es un amor caravanero, pero tienes una mentalidad rara”. Adriana no entendía por qué un hombre separado, con una hija en El Salvador, quería acompañar e iniciar un romance con una mujer divorciada, que viajaba con tres hijos menores de edad.
Dos meses después me reencontré con Marco y Adriana. Aún eran pareja, aunque ambos se veían distantes como tal. Estaban a orillas del río Bravo, en un campamento improvisado, donde los migrantes esperaban respuesta a su solicitud de asilo en Estados Unidos. Eran los tiempos de Donald Trump y de los Protocolos de Protección a Migrantes que mantuvieron en espera a miles de personas en la frontera México-Estados Unidos. Casos como el de Marco y Adriana son importantes dado que se trata de una historia de amor. Por supuesto, no es la única historia, pero nos invita —o reta— a pensar el amor entre migrantes con relación a otros temas.
El primero es trascender el énfasis en la vulnerabilidad y la violencia en los estudios sobre migración. No significa negar que existan, sino más bien resaltar o vincular otras dimensiones que también dan sentido y esperanza a las y los migrantes: las relaciones personales, emocionales o sexo-afectivas que emergen como motivo o estrategia para sobrevivir durante trayectos, a pesar de que pueden ser endebles. Sin duda las carencias económicas, la violencia y la inseguridad presionan la movilidad de muchas personas pero, en mi opinión, el amor por los otros también es el trasfondo de lo que las moviliza (por la pareja cuya vida peligra, por un mejor futuro de las hijas o hijos, etc.) o las mantiene en el trayecto.
Un segundo tema, por supuesto, es la fragilidad de este tipo de relaciones personales, emocionales, sexo-afectivas o amorosas. Cuando Zygmunt Bauman4 habló del “amor líquido”, en general se refería a las relaciones construidas en el marco del amor romántico, aunque también al amor al prójimo, pero sobre todo, aludía a aquellas relaciones interpersonales desarrolladas en la posmodernidad y caracterizadas por la ausencia de solidez y de calidez, debido a su fugacidad y a un individualismo exacerbado. Por supuesto, es difícil afirmar que el amor caravanero sea una especie de amor líquido, construido de forma superficial, y sin un mínimo de compromiso entre una pareja migrante durante o después del trayecto.
El amor caravanero entre Marco y Adriana, como el amor a primera vista entre Laura Jazmín y Leslie o los matrimonios por conveniencia entre extranjeros y connacionales, pueden ser amores fugaces, inesperados, con vínculos líquidos, frágiles; por lo tanto, cualquier nexo emocional, sexual o legal puede ser endeble o una aventura para recordar. O quizás no. Más allá de la fugacidad en un tiempo-espacio, las historias de amor también pueden ser reales y, hasta cierto punto, sólidas. Obviamente, están sujetas a los dilemas del deseo, los conflictos, los intereses, las negociaciones y los acuerdos de pareja. Y en casos como los descritos, a los constreñimientos de las políticas migratorias transnacionales y a los vaivenes en las fronteras territoriales y culturales.
Oscar Misael Hernández Hernández
Profesor-investigador del Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera Norte, Sede Matamoros
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Méroné Schwartz, C. y Castillo, M. A. “Integración de los inmigrantes haitianos de la oleada a México de 2016”, Frontera Norte, vol. 32, art. 11, 2020, pp. 1-23.
3 Romano, G. “Epistemología del amor: una bella e inútil debilidad”. Babab, núm. 21, 2003, s/pp.
4 Bauman, Z. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2005.