Mientras que las principales medidas durante la pandemia han sido confinar a la población, otra de las principales preocupaciones de la sociedad mundial ha sido el mantenimiento de su estructura, lo que corresponde principalmente a las actividades económicas. Sobresalen, entre otros, los sectores de la industria alimentaria, de la salud, de los cuidados y de la limpieza.1 De esta necesidad colectiva surge el término “trabajador esencial”, que define a la persona empleada por aquellos sectores económicos sin la cual la sociedad no habría podido funcionar bajo un régimen de confinamiento.
La presencia de la comunidad trabajadora inmigrante resalta justamente en estos ámbitos laborales que se definen por duras condiciones de trabajo y salarios bajos, pero también por cierta flexibilidad para emplear a personas de baja escolaridad o en situación de irregularidad administrativa. Por ejemplo, en Estados Unidos, la comunidad inmigrante representa el 22 % de los trabajadores en el sector de la industria alimentaria. Gran parte de esta población inmigrante es indocumentada y se encuentra, por lo tanto, en la zona más precaria de la economía de un país frente a la imposibilidad de obtener un permiso de trabajo y de acceder a ofertas laborales más dignas. Durante la pandemia se ha creado una relación entre la persona inmigrante trabajadora y el término “trabajador esencial”. Como lo afirman Anderson, Poeschel, y Ruhs, el trabajo realizado por los inmigrantes jugó un papel importante en la resiliencia de la economía mundial en tiempos de pandemia.

Reconocimiento con aplausos y vulnerabilidades acentuadas
A estas personas esenciales se les ha otorgado un reconocimiento colectivo. En su estudio sobre las estrategias del Gobierno español durante el primer confinamiento, Castillo-Esparcia y coautores muestran la creación de una cierta “empatía política” dirigida a los actores claves de la pandemia. Una ilustración colectiva fue el aplauso hacia el personal de salud que se dio cada noche desde los balcones confinados del país. Esta acción de solidaridad se repitió en otros países europeos y se amplió a los trabajadores esenciales de otros ámbitos, como los empleados de la industria alimentaria. En Estados Unidos, se han creado programas de apoyo económico que incluyen a la población trabajadora indocumentada, como el Golden State Stimulus de California.
Sin embargo, estos aplausos contrastan con la realidad social del trabajador inmigrante indocumentado que es considerado esencial mientras su cotidiano sigue en la invisibilidad y, por lo tanto, su situación de vulnerabilidad se acentuá en lugar de mejorarse. Efectivamente, aunque es considerado esencial, su cotidiano lo define como “actor de no-derechos”. Por ejemplo, mientras el presidente español afirmaba en marzo de 2020 que “nadie se va a quedar atrás”, el colectivo inmigrante gritaba “no somos nadie […] no tenemos derechos”. Del otro lado del océano, en una entrevista con Jorge, un hombre indocumentado que trabaja en un restaurante de Los Ángeles, también resalta esta paradoja entre ser una persona esencial, pero, al mismo tiempo, sin derechos: “No soy trabajador esencial, soy trabajador que está puesto a sacrificio. Mi vida corre peligro”.2
Este testimonio también ilustra tres formas de vulnerabilidad del trabajador esencial inmigrante de la cual trata el estudio de Kiester y Vasquez-Merino: la falta de protección contra el contagio, la precariedad económica y la falta de acceso a los servicios básicos. Empezando por la primera situación de vulnerabilidad mencionada, Jorge está confrontado en primera fila al coronavirus y, por lo tanto, al riesgo de contagiarse y contagiar a su familia. Su vida corre peligro, pero también la vida de las personas con quienes se relaciona fuera del ámbito laboral.
Al ser una persona sin papeles, Jorge ya se encuentra en una situación de vulnerabilidad previa a la pandemia, por lo que vive una precariedad laboral asociada al bajo salario de los trabajadores de restaurantes, la falta de seguridad social y protección laboral, y la barrera lingüística y cultural. No tiene otra opción que trabajar, de ahí su término de “sacrificio”. Para estas personas, ser un “trabajador esencial” no es algo elegido sino que, a menudo, es visiblemente forzado.
Luego llega la pandemia y su situación de vulnerabilidad se complejiza por la falta de acceso a los servicios básicos; es decir, el derecho a confinarse, a tener comida, a acceder a la información relativa al covid-19 en su idioma, a obtener un apoyo económico y ser atendido plenamente por el servicio médico. Un ejemplo clave de esta desigualdad de tratamiento es la distribución de la vacuna. En el caso español las cajeras han sufrido esta barrera estructural ligada a la falta de acceso a un servicio esencial, como lo menciona una de ellas en la ciudad de Coruña: “Hace un año nos aplaudían y ahora ni se acuerdan de nosotras para la vacunación. Los primeros deben ser los sanitarios, por supuesto, pero deberíamos ir un poco después”. En el caso estadunidense de la ciudad de Los Ángeles, las vacunas también se distribuyen por orden de importancia, es decir, primero las personas mayores, luego el personal de salud y, en tercer lugar, los trabajadores esenciales. Sin embargo, si una persona tiene que elegir entre ir a trabajar para comprar comida o ir a vacunarse, la decisión, a menudo, vulnera su acceso a los servicios de salud, como lo menciona Pablo, jornalero de Los Ángeles: “Cuando fui la primera vez me hicieron la cita para quince días. Pero apenas la semana pasada fui otra vez. Porque la primera vez fallé porque tenía trabajo. Ahora ya no me llamaron”.3
Finalmente, en el caso de no percibir las tres primeras situaciones de vulnerabilidad, pueden existir dos barreras nuevas. En primer lugar, la brecha digital, es decir, que los servicios a los cuales las personas indocumentadas pueden tener acceso se transforman hacia una administración telemática y, por lo tanto, en el caso de no tener recursos, el saber o las capacidades para usar la tecnología, el acceso se cierra nuevamente. En segundo lugar, el miedo a perder su trabajo tras contagiarse de covid-19, a ser denunciado a las autoridades migratorias federales, y a que la ayuda recibida se considere como un “cargo público”.4
En resumen, la pandemia ha resaltado el trabajo duro de los trabajadores de la sombra, pero también ha sacado a la luz sus múltiples vulnerabilidades. Tanto aquellas ligadas a cuestiones estructurales —es decir, por el hecho de ser indocumentado— como aquellas cuestiones de un capital social desinformado y, en consecuencia, una repetición de la práctica de la invisibilidad.5
Este contexto vulnerabilizado del trabajador indocumentado tanto en España como en Estados Unidos lleva a repensar el concepto de “trabajador esencial” y, más específicamente, el término “esencial”, con la pregunta siguiente: ¿para quiénes resulta esencial? La respuesta más probable es, como lo mencionan Jabola-Carolus y coautores, “para nuestra sociedad”, es decir, el país de llegada. Este elemento parece ser una reproducción del modelo teórico del “mercado del trabajo dual”: la necesidad estructural del país de llegada de la mano de obra barata del país de salida.6 Esta teoría es, según Jandl y otros,7 una de las razones de la inmigración indocumentada que regula esta necesidad económica. En el contexto de la pandemia, el concepto de “trabajador esencial” recuerda efectivamente la necesidad estructural del país de llegada de tener mano de obra disponible para trabajar mientras el resto de la población está confinada. Es por lo tanto una reproducción del sistema dual basado en la necesidad de la sociedad de llegada que prevalece sobre la salud y el bienestar de la población trabajadora, en este caso inmigrante e indocumentada.
En conclusión, es necesario repensar cómo la categoría de “trabajador esencial” afecta la salud, los derechos y la libertad de movimiento, no sólo de la comunidad inmigrante, sino de toda la sociedad.
Line Crettex
Estudiante del doctorado en Estudios de Migración de El Colegio de la Frontera Norte
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Ver: López-Sala, A. Resistencias y reclamaciones de regularización de los migrantes sinpapeles en España. 29(61), 2021, pp. 14; Kiester, E., y Vasquez-Merino, J. “A Virus Without Papers: Understanding COVID-19 and the Impact on Immigrant Communities”, Journal on Migration and Human Security, 9(2), 2021, pp. 80-93.
2 Jorge, hombre de 41 años, origen mexicano, indocumentado, empleado de restaurante en Los Ángeles, entrevista del 2 de diciembre de 2021.
3 Pablo, hombre de 60 años, origen mexicano, indocumentado, jornalero en Los Ángeles, 2021
4 Fuente: entrevistas con trabajadores esenciales indocumentados en Barcelona y Los Ángeles, diciembre de 2021 y enero de 2022.
5 Méndez, R. Ciudades y metáforas: Sobre el concepto de resiliencia urbana. 2012, pp. 17.
6 Massey, D. y otros. “Theories of International Migration: a Review and Appraisal” Population and Development Review 19, 1993, pp. 431-466.
7 Jandl, M., Hollomey, C., Bendera, S., Stepien, A. y Bilger, V., “Theoretical Background”, en Migration and Irregular Work in Austria. A Case Study of the Structure and Dynamics of Irregular Foreign Employment in Europe at the Beginning of the 21st Century, M. Jandl, C. Hollomey, S. Bendera, A. Stepien y V. Bigler (eds.), Amsterdam. Amsterdam University Press, 2009, pp. 9-44.