Movilidades fantasmagóricas: (des)apariciones como espectáculo en el Tapón del Darién

Las palabras dan forma a imágenes y las que tengo acumuladas en mi memoria sobre la frontera colombo-panameña, conocida como El Tapón del Darién, son de una gran selva indomable que todo lo desaparece y que ha triunfado sobre todo esfuerzo colonizador y modernizante a lo largo de la historia. Uno de los tantos proyectos lo vivió el Reino de Escocia cuando quiso aumentar su poder y riqueza al establecer su colonia de Nueva Caledonia en 1690 en el Golfo del Darién y así tener acceso al océano Atlántico y Pacífico, pero los colonos perecieron ante la inclemencia de la selva tropical. Otro de los esfuerzos fue la autopista panamericana que atraviesa el continente americano desde Alaska hasta Tierra del fuego y cuya única interrupción de 106 km se encuentra allí, entre Yaviza (Panamá) y Turbo (Colombia). En la búsqueda por conquistar el área, se ha llegado a concluir que unir la carretera requiere de un alto costo económico, ambiental y cultural, pero sin ninguna garantía de poder mantenerla. Esta capacidad del Darién de aparecer impenetrable, se actualiza hoy desde las imágenes de cruce de migrantes de todo el mundo, que no sólo nos llegan a través de los medios informativos, sino desde las propias historias que los migrantes suben a Instagram o Tik Tok como demostración de proeza o de fracaso por el intento. En definitiva, es una zona que, si se observa detenidamente, nos sabe comunicar muy bien las ansiedades históricas del capitalismo.

Chevrolet Corvair, Palo de Letras, tapón del Darién. @villalonsantamaria @reduxpictures
Chevrolet Corvair, Tapón del Darién © Carlos Villalón

En Colombia, El Darién alberga hoy el Parque Nacional Natural de los Katíos, declarado por la Unesco como patrimonio natural mundial, y es donde convergen una amplia complejidad de dinámicas sociales de dimensión transnacional. Esta zona fronteriza es un área estratégica para la economía ilegal de grupos criminales como el Clan del Golfo, que han venido ocupando los espacios que dejaron las FARC luego de la firma del Acuerdo de paz en 2016. El flujo de capital proviene principalmente de la explotación de madera y oro, y del control de las rutas de tráfico de drogas, armas y de migrantes, quienes usualmente son forzados a transportar cocaína a través de la frontera si quieren hacer uso de esas rutas. El Clan del Golfo sostiene también disputas territoriales con la guerrilla del ELN, que se traducen en enfrentamientos y producen continuos eventos de desplazamiento forzado en los municipios de Carmen del Darién, Riosucio, Tierralta y Turbo. Debido a la importancia de este territorio para el narcotráfico, la permanencia histórica de las condiciones que sostienen el conflicto armado y la relevancia que ha ganado en los últimos años para el desarrollo de proyectos mineros, se da un constante despliegue de operativos de la Fuerza Pública. Esta zona es básicamente un bastión de la guerra en Colombia.

Sumado a esto, diversos factores globales convirtieron al Darién en las pocas opciones que le queda a múltiples poblaciones despojadas de dignidad, protección y ciudadanía para resistir, conformando un sistema migratorio intrarregional y extracontinental hacia América del norte. Entrando al Siglo XXI, el sur global vivió la intensificación de los procesos de globalización y acumulación capitalista neoliberal que ha conformado fuerzas depredatorias y devastadoras sobre los cuerpos y los territorios, diversificando así los contextos de expulsión: los megaproyectos multinacionales de desarrollo han agudizado conflictos sociales, económicos y políticos históricos; el alto desgaste ambiental de las varias industrias extractivas que se han visto aseguradas en los territorios por ejércitos privados; renovación de conflictos armados, los cuales se reinventan con el despojo de tierras por parte de múltiples actores, incluyendo los Estados, y los negocios de organizaciones criminales transnacionales que lucran de la producción y distribución de armas, drogas ilícitas, explotación minera ilegal, la trata y el tráfico de personas a nivel global.

En 2021, el gobierno panameño informó que cerca de 120 000 personas ingresaron de manera irregular desde Colombia y que las tres nacionalidades que más circularon fueron haitianos (62 %), cubanos (14 %) y venezolanos (2 %), el resto comprendía una gran variedad de nacionalidades del llamado sur global, incluyendo población asiática y africana. En entrevistas se ha identificado el rumor que corría entre ellos de que Biden “los recibiría con los brazos abiertos”. No obstante, en reportes hechos en 2022, se evidenció la disminución del tránsito haitiano. Entre las explicaciones, están el miedo a ser devuelto a Haití como lo ha venido haciendo Estados Unidos y el panorama esperanzador que ha presentado Chile con su actual cambio de gobierno. El aumento del tránsito lo presentan los ciudadanos venezolanos este año. Aunque el tránsito de migrantes siempre ha existido, la cifra de 2021 es considerada la más alta en la historia e incluso triplica el pico inmediatamente anterior, que era de 30 000 en 2016. Unicef también reportó que 19 000 menores atravesaron el Tapón del Darién, también tres veces más que la cifra reportada en 2016; y denunció que las bandas criminales usan cada vez más la violencia sexual como arma para aterrorizar a los migrantes. Entre enero y septiembre de 2021 fueron registradas 29 denuncias de abusos sexuales a niñas adolescentes al llegar a Panamá.

Esta situación ha generado impactos en las comunidades locales desde el lado colombiano, quienes no contaban con la infraestructura de protección de derechos ni de prestación de servicios necesaria; lo que a su vez ha alimentado la industria del tráfico de personas. Como respuesta al aumento de los movimientos mixtos por el Darién, Panamá y Colombia acordaron que a partir de septiembre se permitiría el aumento del paso diario de 100 personas a 500 personas, pero como medida ha sido insuficiente ante las varias necesidades que presenta esta población. A principios de octubre del año pasado, 22 000 personas refugiadas y migrantes se encontraban represadas en Necoclí (Colombia), a la espera de continuar su ruta terrestre hacia Panamá. Ante los retos de garantizar servicios públicos como vivienda y salubridad en el contexto de la pandemia, la Defensoría del Pueblo solicitó el desarrollo de un corredor humanitario que priorice la atención a las personas en situación de mayor riesgo como son mujeres embarazadas, niños, niñas y adolescentes.

Los medios colombianos han sido inconsistentes en sus denuncias al desinterés estatal por este tránsito en las regiones del Urabá y del Darién que sólo surgen cuando hay tragedias como naufragios o cuando ocurren protestas debido a la falta de atención a la situación por parte de las autoridades estatales. El interés mediático y estatal sigue concentrado en la migración proveniente de Venezuela con vocación de permanencia. En términos normativos, la única respuesta jurídica que ha dado Colombia al problema de la migración de tránsito es la Resolución 3346 del 21 de diciembre de 2018, emitida por Migración Colombia para regular y organizar el tránsito masivo de los venezolanos con el permiso de ingreso y permanencia de tránsito temporal, PIP-TT, e identificar a los extranjeros que provienen de países que no requieren visa y que no tienen vocación de permanencia en el territorio nacional. Hace poco se aprobó la ley 2136 de 2021, la cual establece el marco, principios, lineamientos y parámetros para una política migratoria integral, pero no existe referencia alguna a la migración de tránsito y sólo se enfoca en la diáspora colombiana, los retornados y la migración con propósito de residencia en el territorio nacional. Para el Estado colombiano, este tránsito se vive prácticamente desde la incomodidad y sólo quiere dejarlo fluir para que desaparezca en la selva lo más pronto posible.

Como ejercicio de reconocimiento de otras producciones de sentido sobre esta frontera, especialmente de la autorrepresentación del gobierno panameño y los migrantes mismos que cruzan, recurrí a las redes sociales escribiendo “Tapón del Darién”. En Panamá, el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) aparece desde la fuerza y la seguridad que defiende del terrorismo global (a Estados Unidos) y cuida a quien lo necesita. Por protocolo, todo migrante entrega sus papeles y sus huellas son tomadas. Toda la información biométrica es enviada al sistema de registro de la embajada de Estados Unidos en la Ciudad de Panamá. Sea por solicitud de asilo o por seguridad, la embajada decide el proceso que llevará cada persona o grupo y algunos pueden llegar a esperar en los refugios fronterizos incluso meses. En cuanto a las perspectivas migrantes, los videos que más circulan en 2022 provienen de cubanos y venezolanos que muestran especialmente las dificultades y traumas del cruce, y la mayoría insta a sus connacionales a no tomar esta ruta; pero también vemos prácticas cotidianas de supervivencia, de solidaridad e incluso la promoción de guías “que no los abandonarán en el trayecto”. Estos videos, especialmente los que implican desapariciones y muertes, son circulados por programas de televisión venezolanos como denuncia de la experiencia ilusoria de ciudadanía provocada por lo que ellos llaman “la tiranía”.

A lo largo de este camino de representaciones, se me presentan las movilidades que cruzan esta zona del planeta como fantasmagóricas, porque viven de la ilusión y en la ilusión. Ante la lucha constante por sostener una presencia frente a fuerzas que sólo buscan extinguirlos o mercadearlos, estos cuerpos en tránsito deben hacer todo su esfuerzo por pasar desapercibidos. Su decisión de estar ahí es producto del despliegue de toda la red de poderes que hacen parte del espectáculo de la ilegalidad y la clandestinidad promovida por el régimen global migratorio que ha definido el destino de unos migrantes deseables, por sobre los indeseados globales; una muestra más de las ansiedades del capitalismo actual.

 

Diana Carolina Peláez Rodríguez
Departamento de Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá

 

Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.