Para Lorena, mujer mixteca nacida en Baja California, el racismo ha estado presente a lo largo de su trayectoria educativa en esta región, pues tal como ella nos comparte: “[…] yo lo que notaba sí eran preferencias, por ejemplo, más hacia los niños blanquitos; esto desde la primaria hasta la prepa. Siempre había un trato preferencial hacia ellos, pero siento que quizás a mí me trataban bien todos los maestros, pero porque era muy destacada en mis cosas, siempre tenía muy buenas calificaciones”. Esta misma situación es expresada por Cristina, mujer Na Savi (mixteca de la montaña de Guerrero) que llegó con su familia a Baja California con tres años, cuando comparte su experiencia en la vida política dentro de un partido, afirmando: “Piensan que porque somos indígenas no sabemos hablar, no tenemos formación, piensan que somos personas chiquitas, como si necesitáramos tutela. No, así no es”.

Lorena y Cristina son dos jóvenes migrantes de segunda generación, con familias asentadas en Baja California. Ambas nos compartieron diversas experiencias de racismo, sexismo y clasismo que han enfrentado en la interacción con diversos actores en un espacio que no reconocen como propio y que, al mismo tiempo, las excluye. Sus vivencias nos permitieron analizar el impacto de la migración en la conformación de la identidad de mujeres migrantes, identificar la forma en que se intersectan el género, la etnia y la clase social, así como las rupturas intergeneracionales de las prácticas que reproducen la exclusión, la discriminación y la estigmatización en esta región noroeste de México.1
A partir de la idea de que la comprensión de la complejidad de los procesos migratorios requiere de un entramado teórico y metodológico que nos permita recuperar las experiencias individuales, hemos analizado las narrativas de Lorena y Cristina teniendo a la sociología fenomenológica como el andamiaje hermenéutico que nos permitió aproximarnos a comprender el sentido social que estas jóvenes producen sobre su experiencia de vida, y de la de sus antecesores en Baja California; también sirvió como guía heurística para construir los datos cualitativos usamos el método biográfico, a través de la modalidad del relato de vida.
Lo anterior ha tenido diversas implicaciones para la comprensión e interpretación de la experiencia migratoria, entre las que destacamos: la ruptura sobre la verticalidad que supone la relación entre investigadoras y sujetos de investigación, al considerar a Lorena y Cristina como interlocutoras y colaboradoras del quehacer investigativo que emprendimos para poner en juego los dos niveles de la realidad: por un lado, los hechos objetivos u objetivables (fechas, actores, eventos), y por otro lado, las percepciones, representaciones e interpretaciones subjetivas.2 La reflexividad metodológica sobre la aportación de nuestro trabajo a los estudios de migración —y, en ese sentido, lo que buscamos en este estudio— es mostrar cómo el proceso migratorio iniciado por la primera generación de migrantes le ha permitido a la segunda generación romper con dimensiones simbólicas y culturales que perpetúan relaciones de dominación, exclusión, subordinación y discriminación.
Entre los principales hallazgos discutidos en esta investigación se encuentra, en primer lugar, que tanto la experiencia de la migración sur-norte como del asentamiento en Baja California han dejado huellas profundas en la identidad de cada uno de los integrantes de las familias de la primera generación. Estas experiencias son: las condiciones horribles e inhumanas de los campos agroexportadores en el trabajo jornalero; la discriminación étnica en varios espacios sociales; y el rechazo o poca socialización de la lengua indígena como lengua materna. En ese sentido, para Lorena y Cristina —segunda generación—, hay una construcción multiespacial de sus identidades sociales entre el lugar de nacimiento de sus padres y el lugar de nacimiento de ellas, o bien, el lugar en donde crecieron.
En segundo lugar, las colaboradoras identifican situaciones de racismo en el trato diferenciado que se hace de las personas por el color de la piel o por hablar una lengua indígena dentro del espacio escolar y de los espacios de toma de decisiones sobre la vida pública. En relación con situaciones de clasismo, Cristina se ha cuestionado si realmente ha sido excluida por su clase social porque siempre se ha mantenido en un nivel de autosuficiencia económica, mientras que Lorena considera que la discriminación que ha sufrido ha sido más por su clase social que por su origen étnico o por ser mujer. En el caso de las situaciones de sexismo, ambas colaboradoras hacen referencia a vivencias en su entorno familiar, relacionadas con dinámicas machistas que marcaron su historia y la de sus mamás y abuelas.
Asimismo, en relación con las intersecciones de etnia, género y clase social, los hallazgos se pueden organizar a partir de los dos procesos de socialización que han contribuido a la construcción de sus identidades de género a lo largo de sus biografías. En primer lugar, socialización primaria: género-etnia-clase social, a través de la “dote” por las mujeres de las comunidades indígenas de la Mixteca de Oaxaca y de Guerrero. Esta situación es un ejemplo de discriminación de género en intersección con la pertenencia cultural étnica y la clase social, pues hay un beneficio económico de por medio. En segundo lugar, socialización secundaria: clase social-etnia-género, a través de situaciones de exclusión que, en palabras de Lorena, se vive así: “Me tengo que disfrazar para poder ir a un lugar y que me traten bien […], si piensan que trabajas en el campo, te van a tratar mal”. Esta afirmación sobre el maltrato que reciben las trabajadoras jornaleras por parte de personas con autoridad, tanto en las instituciones públicas como en los campos, es una muestra de la discriminación de clase social asociada a la pobreza intersectada por la pertenencia étnica y el género de las trabajadoras.
En tercer lugar, la experiencia educativa y la capacidad intelectual de Lorena y Cristina son condiciones de vida que han permitido algunas rupturas intergeneracionales sobre la configuración de “ser mujer” para nuestras colaboradoras, tales como: la decisión de estudiar más allá de la formación básica, es decir, llegar a la universidad e incluso a un nivel de posgrado, porque eso no es común en sus entornos familiares; y la visión a futuro sobre sí mismas sin una pareja y sin hijos porque es una decisión poco común entre las mujeres de su familia. A partir de estas rupturas podemos observar que si bien ellas han vivido experiencias de discriminación, racismo y sexismo al igual que los demás miembros de su familia, gracias a la negociación simbólica entre los usos y costumbres del lugar de origen familiar y la experiencia de vida en el lugar de destino, tienen mayor capacidad de agencia para hacerles frente y desestabilizar las relaciones de opresión y desigualdad.
Daniela Rentería Díaz
Doctora en Ciencias Sociales. Profesora del programa educativo Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Administrativas y Sociales de la Universidad Autónoma de Baja California, Unidad Valle Dorado en Ensenada.
Diana Villegas Loeza
Doctora en Sociología. Investigadora Nacional Nivel Candidata. Profesora del programa educativo Sociología en la Facultad de Ciencias Administrativas y Sociales de la Universidad Autónoma de Baja California, Unidad Valle Dorado en Ensenada.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Los relatos de Lorena y Cristina se discuten de manera más amplia en el capítulo “Análisis interseccional de la experiencia migratoria de mujeres indígenas de segunda generación en Baja California”, que forma parte del libro en proceso de edición De sur a Norte: Experiencias de género en la migración, coordinado por Alma Soberano Serrano y Francisco Pérez Alejandre bajo el sello editorial de la Universidad Autónoma de Chiapas.
2 Muñiz Terra, L. “Carreras y trayectorias laborales: Una revisión crítica de las principales aproximaciones teórico-metodológicas para su abordaje”, Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales, 2 (1), 2012, pp. 36-65.