En junio de 2015 el entonces candidato republicana a la Presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, realizó una declaración que lo puso en la mira del ojo público al afirmar que: “La gente que envía México no es lo mejor, mandan a personas con muchos problemas que afectan a nuestro país, están trayendo drogas, crimen y son violadores”. Además, hizo la promesa de construir un nuevo muro fronterizo entre México y Estados Unidos. La declaración de Trump fue considerada un insulto hacia los mexicanos y en general hacia la comunidad latina de migrantes en Estados Unidos. Pocas veces se había presenciado a una figura política expresar una opinión directa sobre los mexicanos. Aun así, Trump ganó la elección a Hillary Clinton e inició su mandato el 20 de enero de 2017.

La entrada del nuevo presidente dio pie al incremento de situaciones de racismo y xenofobia hacia la comunidad latina, en especial sobre los mexicanos. Como el episodio protagonizado por el abogado Aaron Schlossberg, en mayo de 2018, cuando increpó a empleados de un restaurante de Nueva York por hablar español. Aunque el caso más serio se dio el 19 de agosto de 2019 con un tiroteo en un Walmart de El Paso, Texas, con saldo de 22 muertos, de los cuales ocho eran mexicanos y 24 heridos; irónicamente fueron más estadunidenses los fallecidos, pero las intenciones y objetivos del agresor, Patrick Crusius, de tan sólo 21 años, eran claras, tal como posteriormente declaró: “Matar tantos mexicanos como sea posible”. Estos son tan sólo algunos casos y narrativas de xenofobia y violencia ocurridos durante el mandato de Trump.
Sin embargo, visto desde una perspectiva histórica, tales casos y narrativas tienen un pasado arraigado en la ideología del Destino Manifiesto que, durante el siglo XIX, fortaleció la noción de la superioridad estadunidense sobre otras culturas y alcanzó su mayor difusión durante el expansionismo norteamericano para justificar la anexión de nuevos territorios en dicha centuria. Esta ideología descrita se reflejó en la retórica política utilizada previo a la guerra de 1846 con México, tal como se muestra en la opinión del entonces senador texano Sam Houston: “Los mexicanos no son mejores que los indios, y no veo razón por la cual no deberíamos continuar en el mismo curso ahora y tomar sus tierras”.1
De esta forma se inició la noción de la inferioridad mexicana ante el estadunidense, lo cual se reforzó con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848 cuando México tuvo que ceder la mitad del territorio. Pero incluso cuando Estados Unidos hubiera podido demandar una anexión total del suelo mexicano, no lo hizo. Podemos encontrar una explicación del porqué en la declaración del senador de Connecticut, John Milton, en el mismo año en que se firmó el Tratado referido y rechazó la posible adhesión de México: “La idea de unir los destinos de esta libre y gran república a los de un país como México es sorprendente y debe llenar de alarma al espíritu de cualquier persona reflexiva […]. ¿En qué otro país de la tierra podemos encontrar combinados todos los males de raza, gobierno, religión y moral? Y si es que existen otros males, seguramente también se encontrarán allí”.2
Posteriormente, narrativas similares se traspasaron a los discursos sobre los migrantes que fueron etiquetados con prejuicios de “contaminar” a la sociedad estadunidense. Por ejemplo, en los primeros años del Siglo XX, en ciudades como Los Ángeles donde la población migrante mexicana aumentó al ser contratada como mano de obra barata, ésta fue objeto de opiniones insidiosas, que algunos medios impresos como Los Angeles Herald difundieron en desplegados que aludían a “la necesidad principal de mantener fuera a todos los inmigrantes que no serán buenos ciudadanos estadunidenses”. La propuesta era fortalecer las leyes para la exclusión de “inmigrantes indeseables”, tales como “toda la gente violenta y desordenada, toda la gente de mal carácter, los incompetentes, los perezosos, los viciosos, los físicamente incapaces, defectuosos o degenerados”.3
Pero los medios no fueron los únicos que hicieron pública la xenofobia. También desde la academia se construyó un discurso que adjetivaba a los inmigrantes mexicanos de ociosos y deficientes mentales debido a su historia nacional, como afirmó la socióloga Elizabeth Fuller en 1920: “Pocas personas se detienen a considerar que detrás de esos ojos opacos [de los mexicanos] se esconde la tragedia de una nación, que su ociosidad se debe a la falta de desarrollo mental fruto de años de opresión y su contentamiento con tan poco no es más que la herencia de generaciones que se han visto obligadas a adaptarse a la amarga pobreza e insoportable tiranía”.4
Además, durante ese momento histórico, el gobierno estadunidense implementó algunas acciones para “corregir” a los mexicanos inmigrantes mediante proyectos de americanización. Ello incluyó cursos de enseñanza del inglés, las tradiciones y el patriotismo de Estados Unidos en escuelas o sedes de organismos civiles como The National Americanization Committee, hasta políticas migratorias y prácticas de esterilización respaldadas por la corriente eugenésica que difundió supuestos riesgos genéticos de la sangre mexicana, tal como lo externó el congresista texano John Box a finales de la década de los veinte: “Los peones mexicanos son analfabetos e ignorantes. A causa de sus hábitos y condiciones de vida insalubres y sus vicios, están especialmente sujetos a la viruela, las enfermedades venéreas, la tuberculosis y otros contagios peligrosos”.5
Con estos precedentes históricos, nos percatamos que algunos elementos del pasado continúan siendo reproducidos por grupos ultraconservadores y supremacistas en el presente. Así podemos comprender el trasfondo de narrativas xenofóbicas de gobernantes como Donald Trump, tiradores como Crusius o vituperadores como Schlossberg. Evidentemente la xenofobia en Estados Unidos no es nueva, en especial hacia los inmigrantes en general y los mexicanos en particular. Aunque este tipo de discursos y prácticas no son aceptables a nivel social, parece ser que despiertan un fuerte impacto cuando rememoran una supuesta identidad americana y son pronunciadas y usadas con fines políticos.
Javier Iván Arellano Alcántar
Licenciado en Historia por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Oscar Misael Hernández-Hernández
Profesor investigador en el Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera Norte
1 Spickard, P. R., Beltrán, F., y Hooton, L. Almost All Aliens: Immigration, Race, and Colonialism in American History, New York, Routledge, 2007, pp. 148
2 Marín Guzmán, R. “La doctrina Monroe, el destino manifiesto y la expansión de Unidos sobre América latina el caso de México”, en Revista de Estudios nº 4, San José, Universidad de Costa Rica, 1982, pp. 133.
3 Los Angeles Herald [carrete de microfilm], Chronicling America: Historic American Newspapers. The Library of Congress, 6 de diciembre de 1905.
4 Fuller, E. The Mexican housing problem in Los Angeles, Los Angeles, The Southern California Sociological Society/University of Southern California, 1920, pp. 1.
5 Box, J. “Inmigration Restriction”, Digital History.