La externalización de la espera por documentos de EE. UU. hacia México, inaugurada mediante los Protocolos de Protección al Migrante, y propiamente consolidada en externalización del asilo a través de la activación del Título 42, ha convertido a varias ciudades mexicanas, especialmente las fronterizas, en espacios de aglutinación de migrantes de orígenes, perfiles y condiciones supervariadas. Producidos activamente desde por lo menos 2016, los espacios fronterizos de espera en el territorio mexicano son habitados por personas de origen regional (América Latina y el Caribe) y transcontinental (África, Asia y Medio Oriente).

Las entidades del Estado mexicano encargadas de las migraciones, el refugio y la seguridad nacional han forzado, de forma discrecional y a veces incluso aparentemente desarticuladas, a todas aquellas personas en tránsito o solicitantes de refugio en México a asentarse temporalmente en la frontera sur. Las caravanas migrantes han sido una de las respuestas en clave de organización y lucha migrante para acotar o finalizar los tiempos prolongados de inmovilidad forzada.
En Tapachula, la violencia de la espera en sí misma o las que surgen a partir de ella están a la vuelta de la esquina. Cuando el sol se pone, salen de las sombras de los árboles, de las posadas y hoteles, todas aquellas personas, en grupos, familias o individualmente, forzadas a permanecer en la ciudad. En el Parque Miguel Hidalgo, que es el zócalo de la ciudad, las mamás y papás con niñes y sin ninguna protección pasan las noches; algunas ocupan el quiosco convertido en abrigo. A la vista de todos los que pasamos, se ve un enmarañado de piernas y niñes envueltes en sábanas sobre pedazos de cartón improvisados.
Ir a campo en espacios de frontera en tiempos de “contingencia migratoria permanente”, como la que vive México desde hace más de tres años, abre también la posibilidad de presenciar la formación de nuevas caravanas migrantes. Tapachula se ha convertido en el punto de partida de muchas de ellas en el último par de años. Salen con dirección a la carretera costera de Chiapas, pasando por localidades ya familiarizadas como Huixtla, Escuintla y Mapastepec. Recientemente, el espacio de espera fronterizo se ha extendido al poblado de San Pedro Tapanatepec, en Oaxaca, donde tampoco hay condiciones de hospedaje y atención médica para recibir a las miles de personas que nuevamente se acumulan en la espera de documentos migratorios.
Era la noche de un miércoles. El día anterior habíamos presenciado una asamblea corta, en la que decidieron partir en caravana al día siguiente a las 7 pm, desde el mismo Parque Miguel Hidalgo. En menos de 15 minutos de iniciada, con una y otra consigna al son de “¡Sí se puede!”, la caravana ya había dado a la carretera. Varios serían los autos, motos y colectivos que llegarían a “la cola”, llevando consigo personas como si apenas se enteraran de la caravana, como si fuera su último chance de escapar de la ciudad. Algunos echaban porras, otras personas rezaban. A pasos rápidos, un grupo bromeaba con la esperanza en la boca. La marcha había empezado.
Otras colegas y defensoras de migrantes ya habían caminado con y en las caravanas. Hay libros escritos por académicos y por los mismos caravaneros; se han publicado artículos, relatos y materias enteras sobre las caravanas migrantes. En nuestro caso, “estar allí”, además de las ganas de dejar registro de lo que estábamos presenciando, nos llevó a integrarnos. Los gritos de ánimo se volcaban sobre los quinientos caminantes, muchos ánimos y un sueño en el zapato. Gente con voz fuerte sonaba los alertas de cuidado: “¡Vayan por la línea blanca!”, “¡Dejen pasar a los carros por un carril!”, “¡Niños y mujeres al frente!”. El paso lo dicta la necesidad y mucho también tiene que ver con el cuerpo: “¡Unidos no nos detendrán!”, gritaban los caminantes. Lo que sentimos al acompañar a los caravaneros fue acuerpamiento: “No se dispersen”, “No se queden atrás”.
En los tramos de carretera sin iluminación casi no se platicaba. En efecto, los sonidos más aturdidores fueron los del silencio, momentos perpetuos que retumbaban, eventualmente interrumpidos por los anuncios de “cigarros, cigarros, paletas, paletas” —sí, se hace comercio en las caravanas— o de los grillos y cigarras del camino. Los pasos son un marchar de mucha concentración porque se camina con prisa y es necesario avanzar lo más que se pueda en la noche para evitar los rayos del sol del otro día. Los rezos no paran. En la tangente, pasan trocas de carga y camiones de Estrella Blanca subcontratados por el Instituto Nacional de Migración para llevar gente desobediente a las prisiones migrantes.
La diversidad que habita las calles y plazas de Tapachula se reflejaba en la caravana. Mujeres y hombres cargando niñes en brazos y hombros, mujeres solas con niñes, una migrante trans, personas de Venezuela, pero también migrantes de otro mundo: africanos y un numeroso grupo de Afganistán. La gente se hace la plática con los idiomas que puede, con señas, con su percepción del que podría ser su “paisa”. La caravana no tiene una nacionalidad o apellido fijo, no es centroamericana, ni venezolana. Es una marcha de diferentes nacionalidades, idiomas, personalidades, identidades y estructuras. Es, sobre todo, un medio para las movilidades que no quieren ser gobernadas.
Caminamos hasta el pueblo Viva México, sólo lo suficiente para cruzar la primera de las garitas de control. “¡No nos molesten, déjenos pasar!”, era la consigna. Los nervios de punta, una patrulla de la policía estatal adelante y otra atrás. Las personas se tomaban de las manos y brazos como si fueran una sola cadena. Finalmente, irrumpieron, abriéndose paso frente a la mirada de las autoridades estatales. La línea son los retenes, las fronteras internas de la República que se desparraman.
Un día y medio después, supimos por los medios que la caravana había alcanzado el municipio de Tuzantlán, donde treinta agentes del INM y cincuenta de la Guardia Nacional les ofrecieron “traslado de vuelta al centro migratorio de Tapachula para fines de regularización”. En medio de tantos eufemismos, lo que hicieron las autoridades fue una invitación a confinarse en la mayor prisión migratoria latinoamericana: la Siglo XXI. Las caravaneras y los caravaneros obviamente rechazaron la propuesta. 150 kilómetros después fueron acordonados y disueltos por agentes migratorios y militares en Pijijiapan, a la mitad del estado de Chiapas.
La disputa espacial (y cada vez más espacio-temporal) entre las fuerzas del Estado y las de las personas migrantes se va diseñando en el tablero entre prácticas de escapismo y persecución, entre autonomía y contención. Acompañar, registrar e interactuar con migrantes en espera y en caravana nos invita a incorporar las luchas por la libertad de movimiento en el trabajo de terreno. A la vez, nos enseña que la teorización (sobre migraciones, refugio, caravanas) será tanto más consistente y actual entre más cercana esté de los movimientos del ajedrez fronterizo.
Bruno Miranda
Instituto de Investigaciones Sociales (IISUNAM)
Víctor Villarreal
Estudiante de la maestría en Estudios en Relaciones Internacionales (PPCPyS/UNAM)
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.