Bardo: crónica de unas cuantas verdades sobre la migración

Sin lugar a duda, siempre se ven cosas donde no las hay y, sin lugar a duda también, eso me pasó viendo Bardo, de Alejandro G. Iñárritu. Como académica internacionalista que analiza el fenómeno migratorio, todo en la nueva película del director mexicano me recordó a lo mismo: el amor a la madre patria del migrante. Metáfora tras metáfora, escena surrealista tras escena surrealista, y en un constante ir y venir por la vida, la muerte y lo onírico, la película cuenta la complejidad de la migración, el sentir de ser migrante.

Ilustración: Raquel Moreno
Ilustración: Raquel Moreno

La película, que narra la historia de Silverio Gama, un periodista independiente burgués mexicano —perdón, de la Ciudad de México—, reconocido con un prestigioso premio por la filmación de un documental de algunas verdades sobre México, entre ellas las caravanas migrantes hacia Estados Unidos, pasea por todas las teorías migratorias. Bardo muestra, como propusieron Castles y Miller en su clásico libro La era de la migración (Universidad Autónoma de Zacatecas, Miquel Ángel Porrúa Librero-Editor, 2004), que las migraciones se producen y generan un amplísimo número de factores y dimensiones macro y micro que están interrelacionados entre sí. Como le sucede al protagonista, también, los migrantes viven en un contexto transnacional que les hace sentirse al mismo tiempo en el país de origen, en el país de destino, y en los dos lados a la vez. 

Primero, cualquier proceso migratorio se produce porque existen unos motivos de expulsión; es decir, toda persona que migra deja su país porque hay razones que le obligan, o así lo siente, a hacerlo. Para el protagonista estos motivos son la falta de libertad de expresión, de prensa o la violencia sistemática y generalizada del país; para los protagonistas de su propio documental es salir del infierno, como ellos mismos lo denominan, y del hambre: porque el Dios del maíz, Cintéotl, ha muerto.

Frente a esto, segundo, el país que acoge a Silverio (o a los migrantes de su documental que intentan llegar) está cargado de esperanza, de posibilidades, de seguridad y de libertad: todo es atractivo a los ojos de los migrantes. Y al igual que nos cuentan las teorías migratorias, algunos migrantes encuentran El Dorado, como el protagonista de esta historia, hasta el punto de ser galardonado con un prestigioso premio en Los Ángeles por su trabajo; y otros no: como les sucede a los bendecidos por la Virgen en la colina de camino a la frontera, que cuenta su documental. Pero que, como recuerda el hijo del protagonista, estos “migrantes desaparecieron porque se los llevó la chingada”.

Tercero, como explican las teorías migratorias,1 uno de los principales factores que mueve a los migrantes es la existencia de una red de apoyo en el país de destino, unos familiares o colegas que pueden acogerlos; y así lo cuenta la película. En una conversación del protagonista con los migrantes de su documental, estos le dicen que se van a Arizona, donde le espera su hermano y que éste los apoyará a su llegada. De igual forma, el protagonista migra 20 años antes arropado y apoyado por familiares y colegas que lo acompañan en su marcha hacia Los Ángeles. En cualquier caso, y a pesar de las redes establecidas, los procesos de integración son muy complejos y las llegadas no son sencillas; como recuerda Silverio en la película al llegar a Estados Unidos “me costó un huevo instalarme”.

Cuarto, las situaciones de discriminación y racismo se vuelven una constante en los países que acoge a los migrantes, a pesar del cada vez mayor incremento de la diversidad. La escena en la que la familia aterriza en el aeropuerto de Los Ángeles, regresando al país “en el que vive”, al que ellos denominan como hogar, es un perfecto ejemplo de esta realidad. En ella se ve, primero, cómo un policía de frontera, probablemente segunda generación de origen mexicano, recuerda a la familia que no son de allí, que no son estadunidenses. El hijo, dolido y ofendido, hace uso del mismo discurso racista para increpar al policía y en voz alta grita que está cansado de que le pase eso en su país. Después, cuando la familia busca al supervisor para que discipline al maleducado policía fronterizo, aparece una mujer de origen asiático que les pregunta por su estatus migratorio, porque en definitiva sólo se puede ser parte del país si tienes un visado, si no eres ilegal (irregular).

Quinto, las migraciones no siempre son un proceso individual, especialmente en el continente latinoamericano. Se trata en muchas ocasiones de una migración que involucra al conjunto de la familia. El protagonista, como los migrantes filmados en el documental, viajan con la familia, lo que hace que el tránsito y la acomodación sea mucho más peligroso y complejo. Y que, en muchas ocasiones, estos niños, niñas y adolescentes que acompañan a sus padres sientan la migración como una pérdida con sus lazos de origen. Lorenzo, el hijo del protagonista, criado por sus padres en Estados Unidos, insiste constantemente en hablar en inglés estando en México porque probablemente la siente como su lengua materna elegida.

Finalmente, sexto, la complejidad identitaria es una constante. Las personas migrantes se identifican de todas partes y de ninguna. Una periodista le pregunta a Silverio que si se siente más gringo o mexicano y él responde: “Mi nacionalidad es la no nacionalidad”; o esa magnífica escena en la que en su ensimismamiento Silverio comienza a bailar Let’s dance de David Bowie, mientras que México baila al son de la cumbia. Y así es: el desarraigo que sienten los migrantes es constante. En su país de destino no paran de recordarle que es extranjero (escena del aeropuerto), pero en el país de origen los familiares y los amigos le increpan con que es un “pinche gringo”, que ya no quiere a los suyos y que no sabe nada de su país.

Una vez que la película llegó a su fin, y con esta deformación profesional que me caracteriza, me pregunto si esa primera fortísima escena en la que el niño regresa al vientre de su madre no es una metáfora que encaja perfectamente con ese protagonista que al morir vuelve a su México lindo y querido —y odiado al mismo tiempo—. Y si ese cordón umbilical ensangrentado, que se arrastra durante varios minutos por un pasillo de un hospital, no es otra cosa que esa incapacidad que tenemos los migrantes de dejar afectivamente nuestra madre patria, el país en el que nacimos y del que siempre nos vamos a sentir parte. Pero que si no se corta va a ser difícil, o imposible, seguir adelante. Y es que cómo dejar México a un lado, ese país, como el director constantemente nos recuerda en su película, cargado de contradicciones: de pobreza, de violencia, de desigualdad, de discriminación, pero también de una enorme belleza. En definitiva, y como el propio G. Iñárritu afirmaba en una entrevista concedida a El País en septiembre: “Migrar es morir un poco”.

 

Elena Sánchez-Montijano
Profesora Investigadora Titular DEI-CIDE. Doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona)

Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.


1 Massey, D. S., y otros. “Theories of International Migration: A Review and Appraisal”, Population and Development Review, 19(3), 1993, pp. 431-466.