Las fronteras guardan una gama de particularidades que las vuelven especiales, únicas y distintas, sobre todo frente a aquellos espacios o territorios alejados de las realidades fronterizas y transfronterizas; sin embargo, comparar dos fronteras resulta un ejercicio interesante, pues permite ya no sólo identificar esas nítidas particularidades, sino observar cómo aun ante las diversidades culturales, políticas y sociales de las fronteras comparadas, las movilidades humanas evocan las mismas causas, provocan las mismas dinámicas y exponen las mismas desigualdades. Tijuana y Cúcuta lucen distintas a primera impresión, los kilómetros que las separan y sus contextos socioeconómicos parecieran ratificar esta idea inicial; no obstante, al indagar un poco en sus historias, presenciar sus fronteras y conversar con sus poblaciones, rápidamente empiezan a brotar las primeras similitudes.

Las interacciones de Colombia y Venezuela por la frontera fueron, en principio, de corte comercial, lo que perduró hasta 2009.1 Por tanto, era habitual que las personas, tanto colombianas como venezolanas, se movilizaran de Cúcuta a San Antonio del Táchira y a la inversa, en búsqueda de mejores precios y productos. Por ello, lo común es encontrar en las calles de Cúcuta decenas de negocios de comida, productos y servicios de origen venezolano y colombiano, e incluso entremezclados, creando una atmósfera binacional propia, única, fronteriza; en el fondo muy parecido a lo que sucede en Tijuana con sus matices transfronterizos que dibujan una línea difícil de caracterizar como mexicana o estadunidense, sino más bien fronteriza.
Sumado a los aspectos comerciales, la frontera colombo-venezolana y, en concreto, la que se ubica en el Norte de Santander, en Cúcuta, se ha caracterizado por una intensa movilidad humana en los últimos años, particularmente desde 2018, cuando las problemáticas internas de Venezuela —la recesión económica, las tasas de pobreza y desempleo— provocaron uno de los procesos migratorios más grandes del continente. De acuerdo con las últimas cifras, más de 6 millones de personas venezolanas se han movilizado durante toda esta crisis migratoria.
Es precisamente en 2018 cuando también en México y, en particular, en Tijuana, se experimentó la llegada de las denominadas caravanas migrantes, compuestas principalmente por personas de origen hondureño y que se veían forzadas a dejar sus lugares de residencia por el desempleo y la violencia generalizada. De tal suerte que ambas fronteras vieron en 2018 una coyuntura de movimientos masivos que tenían de trasfondo, con diferencias que ameritan un mayor análisis, causas muy semejantes.
En agosto de 2015, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ordenó el cierre de las fronteras en seis municipios del estado de Táchira, y para octubre de ese mismo año ya se reportaba el cierre total de la frontera entre Venezuela y Colombia. Esta decisión política no representó, en términos prácticos, el cierre real de la frontera; por el contrario, habilitó el escenario óptimo para el surgimiento de grupos al margen de la ley que, a través de las llamadas trochas, constituyeron una industria clandestina de la migración, en la que se vislumbra tráfico de personas y mercancías, trata de personas y cobro de cuotas para el cruce irregular.
Toda vez que son producto de decisiones de política migratoria que tienen como finalidad contener o restringir el tránsito de personas, estas trochas son análogas a las rutas clandestinas que, de a poco, se han trazado en territorio mexicano para eludir a las autoridades migratorias. Por su parte, al igual que en la frontera de Cúcuta, en Tijuana han comenzado a surgir grupos delincuenciales que, aprovechándose del atrapamiento de personas migrantes en este municipio, realizan prácticas de extorsión para “ayudarles” a cruzar la frontera, así como “cobro de piso” y amenazas. En México incluso ya se presentan coyotes que se anuncian a través de redes sociales como Facebook, Twitter y WhatsApp. Por lo que, al igual que en la frontera colombo-venezolana se empieza a dibujar toda una industria de la migración que también se agudiza con las restrictivas políticas migratorias.
En conclusión, por más peculiaridades que guarden, sobre las fronteras subyacen factores estructurales que explican los procesos y dinámicas que en ellas se desarrollan, sobre todo a la luz de fenómenos como la globalización y las crisis. En ese sentido, Tijuana y Cúcuta, a pesar de sus aparentes diferencias como fronteras y como espacios donde convergen culturas, políticas y prácticas disímiles, conservan similitudes genéricas.
Ambas fronteras son territorios identitarios binacionales en los que resulta difícil entender una cultura nacional sin la otra; son rutas que en los últimos años han representado el camino obligado de millones de personas que se movilizan como resultado del fracaso de múltiples gobiernos y la crisis humanitaria producto de las desigualdades sociales; son espacios sociales condicionados por las políticas migratorias de los países, las que detonan cambios sustanciales en sus dinámicas y realidades y, finalmente, son áreas de oportunidad para el surgimiento de grupos al margen de la ley que buscan sacar provecho de la necesidad de las personas migrantes y del imaginario de un sueño de una vida mejor.
Este breve esfuerzo constituye una primera reflexión de un trabajo en conjunto que se pretende realizar para estudiar comparativamente las fronteras de Tijuana y Cúcuta. Empero, algo queda claro: se tornan necesarios los estudios comparativos en materia de fronteras, ya que permiten un análisis más profundo y estructural de las movilidades humanas, haciendo que las fronteras luzcan tan distintas, pero a la vez tan iguales.
Eduardo Elías Gutiérrez López
Licenciado en Derecho y Maestro en Ciencias Jurídicas por la Universidad Autónoma de Baja California, Doctor en Estudios de Migración por El Colegio de la Frontera Norte. Actualmente es Profesor-Investigador de la Facultad de Derecho Tijuana de la Universidad Autónoma de Baja California y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel Candidato.
Jhorman Elí Cárdenas Aroca
Estudiante de Derecho de la Universidad Simón Bolívar sede Cúcuta y Sociología de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia. Líder del Semillero de Investigación Holístico de la Universidad Simón Bolívar sede Cúcuta.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Umaña, M., y otros. “El comercio colombo-venezolano: características y evolución reciente”, Apuntes del CENES, 29 (49), 2010, pp. 123-162.