“Por supuesto me puedes hacer preguntas, pero te invito a salir y nos tomamos una cerveza, ¿ok?”. Este es un ejemplo de respuesta que obtuvimos como mujeres repetidas veces durante nuestro trabajo de campo en Tapachula, Chiapas. A partir de respuestas de ese tipo, en poco tiempo nos dimos cuenta de la interacción diferenciada entre nuestros compañeros hombres y las personas migrantes, por un lado, y nosotras, por otro.
En este artículo contamos nuestra experiencia como mujeres en el trabajo de campo cerca de la frontera sur. Con el propósito de conocer las vivencias en torno a la espera de personas migrantes transcontinentales en la frontera sur, un equipo de dos hombres y dos mujeres nos dirigimos a Tapachula, Chiapas, para mapear y escuchar las trayectorias de movilidad de migrantes de diversas nacionalidades.

En el primer acercamiento al campo, nos unimos a un grupo de hombres migrantes sentados sobre unas bancas frente a una tienda donde se sirve té caliente. Percibimos el espacio, el olor de la comida, la música de fondo, los gestos que hacían los hombres al conversar en un idioma que no entendíamos. Uno de aquellos hombres, vestido de ropa deportiva color guinda, se interesó en hablar con una de nosotras. La interacción parecía fluir, hasta que él quiso saber si Jana tenía pareja. Ella asintió y el hombre de guinda reaccionó repentinamente con enojo y frustración. Inmediatamente, se dirigió a sus compañeros para transmitirles algo.
A partir de ese momento el ambiente se tornó hostil, por lo que después de poco tiempo nos retiramos. Al tomar en cuenta que ese espacio estaba lleno de masculinidades permeadas por prácticas patriarcales, acordamos en el equipo que lo mejor era mantener nuestra seguridad y evitar conflictos, por lo que las compañeras mujeres no regresaríamos al mismo lugar.
Al día siguiente, por lo tanto, decidimos acercarnos a un espacio más poblado y público para encontrar interlocutores. Al no invadir un espacio propio de los hombres migrantes, quizás la interacción podría ser diferente. Nos sentamos en la plaza central de Tapachula, donde se concentran muchas personas migrantes día y noche, sopesando la forma de entablar una conversación con uno de los grupos de hombres transcontinentales —no había presencia de mujeres— que se reunían para fumar y platicar. En cuestión de minutos, empezamos a percibir miradas y palabras dirigidas a nosotras.
Dos hombres más jóvenes que nosotras se nos acercaron y con un inglés bastante rudimentario nos preguntaron por nuestros números y nos invitaron a ir con ellos por una cerveza. Amablemente rechazamos su invitación, pero nos percatamos de que lo único que teníamos que hacer para entablar una conversación era permanecer sentadas en ese lugar. Dicho y hecho. Poco tiempo después advertimos cómo dos hombres de otro grupo apostaron por quién de ellos nos hablaría primero. Nos les adelantamos y les comentamos sobre nuestra investigación y la razón por la cual estábamos ahí. Se mostraron abiertos para compartirnos sus experiencias en la migración, así que intercambiamos números para poder mantener el contacto.
Por razones de seguridad, les dimos un número diferente a nuestro privado, y eso resultó ser una estratégia útil, ya que a pesar de haberle explicado los propósitos de la investigación, uno de ellos insistía a través de mensajes de texto que quería un segundo encuentro y se sentía muy atraído por nosotras. Por lo tanto, lo referimos a nuestros compañeros hombres, quienes después le dieron seguimiento. Aun así, en los días y semanas consecutivos, recibimos mensajes tanto de él como de otros hombres a quienes habíamos pasado el número —y otros hombres a quienes no—, en ocasiones con fotos e invitaciones para salir.
Posteriormente, uno de los dos hombres migrantes que conocimos aquel día en la plaza nos explicó que, para él y sus compatriotas, la forma de convivencia con las mujeres en América Latina les parecía inverosímil, ya que la convivencia en espacios públicos sólo se permite entre hombres o mujeres miembros de su familia. Nos recomendaba que lo tuviéramos en cuenta cuando nos acercáramos a hombres de su nacionalidad y no nos sorprendiera que fuéramos sexualizadas.
Debemos aclarar que, aunque concebíamos que las conductas hacia nosotras por parte de los interlocutores contenían insinuaciones sexuales, no nos sentimos amenazadas o en peligro. Si bien en todo momento el trato que recibimos como mujeres en los espacios públicos fue diferente al que recibían nuestros compañeros hombres, en gran medida ya estábamos familiarizadas al acoso en nuestras vidas cotidianas. Sin embargo, hubo una situación que involucró a actores estatales que sí nos colocó en un estado de alerta.
Aquello ocurrió un sábado por la noche, en el momento que mejor pudimos observar el andamiaje securitario del gobierno mexicano. Al percatarnos de una larga fila de siete vehículos del Instituto Nacional de Migración (INM) —coloquialmente llamados “perreras”— resguardados por dos camionetas de doble cabina de la Guardia Nacional (GN) cerca de nuestro hotel, decidimos perseguirlas a pie hasta el centro de Tapachula. Los hombres uniformados y armados de la GN notaron nuestra presencia, por lo cual nos empezaron a saludar desde una de las camionetas. Nosotras no les prestamos mayor atención, pero observamos cuando se pararon y se bajaron de los vehículos en una plazuela para amedrentar a las personas migrantes alrededor. Poco después, se dirigieron a la plaza central. Comenzaron a rodear la plaza antes de estacionarse, luego se bajaron nuevamente de los vehículos en una incipiente redada antimigrante.
Fue en ese instante donde comenzamos a divisar el temor y la huida de algunos grupos migrantes, que corrían hacia las calles más cercanas para esconderse; sólo algunos no se agitaron ante la movilización de agentes por la plaza. Estos se retiraron hasta que arribaron periodistas de medios de comunicación independientes a fotografiar y entrevistar a las personas migrantes que permanecían en el lugar. Nosotras observábamos todo desde la banqueta contigua.
Al finalizar el operativo, un agente de la GN, que iba a bordo de una de las camionetas, dirigiéndose a una de nosotras, gritó: “¡VENEZOLANA!”. En ese momento nos sentimos asustadas, amenazadas y amedrentadas, ya que de manera directa fuimos interpeladas por un militar. En aquella noche experimentamos mucha frustración. Lográbamos percibir el miedo y la incertidumbre que atravesaba la mirada de las personas y familias migrantes, e incluso nuestras propias miradas, tanto por el hecho de ser mujeres como por ser percibidas como mujeres extranjeras. Ante la inseguridad, nos sentimos aliviadas al arribar uno de nuestros compañeros, con quien pudimos caminar de regreso al hotel.
Es así cómo las marcas de género y raza en campo nos exigieron emplear estrategias de seguridad, evitar los espacios cerrados masculinos, no proporcionar números personales, constantemente hacer referencia a nuestros compañeros varones, mencionar que tenemos pareja, incluso portar un anillo de compromiso falso, cortar el contacto cuando no nos sentíamos cómodas. Además, procurar no movernos solas, ni en taxi, aunque esto nos excluyera de ciertas experiencias, como cuando no pudimos unirnos a una caravana migrante que partió del Parque Miguel Hidalgo durante una noche, mientras nuestros compañeros hombres se habían unido previamente sin tener que pensar primero en los riesgos derivados de su identidad de género.
Por otro lado, es importante mencionar que el identificarnos como mujeres, y ser leídas como tales, también nos permitió interpelar a las personas de otra forma que nuestros compañeros. En las ocasiones que nos acercamos a mujeres y familias, las interacciones resultaron ser muy diferentes que con los hombres migrantes, aunque los encuentros fueran mucho más escasos.
Nuestras experiencias como mujeres en la investigación en campo nos dejó reflexionando sobre lo que el filósofo Achille Mbembe nombra el cuerpo como frontera en la migración. La clase, la raza, la etnia, la religión, la edad, el género, son categorías que configuran el cuerpo como frontera, puesto que imponen un tipo de interacción —tanto en los espacios con hombres migrantes, como en otros espacios que frecuentamos. Durante nuestras interacciones con hombres migrantes, percibimos cómo nuestro cuerpo socialmente construido tuvo un impacto diferenciado respecto al de nuestros compañeros hombres en campo. Tuvimos que desarrollar estrategias particulares para poder llevar a cabo las observaciones y los registros, lo cual en ciertos momentos brindaba posibilidades, pero en otros constituía una limitante.
Lejos de querer estigmatizar a todos los hombres migrantes transcontinentales en sí como perpetradores de acoso, consideramos que las interacciones que tuvimos con ellos en campo responden a un fenómeno estructural de machismo que permea todos los niveles, dimensiones y prácticas en nuestra sociedad, por lo cual el trabajo de campo en las ciencias sociales no está exento de las dinámicas estructurales patriarcales a las que nos enfrentamos día con día.
Lady Junek Vargas León
Estudiante del doctorado en Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS-UNAM)
Jana Sosa Gundelach
Tesista de la licenciatura en Antropología Social (FCPyS-UNAM)
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.