La cercanía de Chiapas con Centroamérica rebasa la geografía. Los vínculos que unen a ambas regiones han protagonizado narrativas similares desde sus procesos sociales y geopolíticos; es una relación histórica con demanda de atención constante de ambas partes de la frontera y, en más de una ocasión, con repercusiones políticas internacionales, la última de ellas es la migración masiva de personas que han cruzado las hasta ahora casi invisibles demarcaciones nacionales entre Guatemala y México. Esto dio un vuelco en las maneras de percibirnos como parte de ese lejano territorio de la frontera sur nacional y los imaginarios que ello ocasiona cuando tenemos más cercana la convivencia con el Otro, ahora resignificado como “migrante”.

Chiapas es un estado de la República Mexicana y una región de frontera, pero poco se le observa de esa manera. Una delimitación geográfica olvidada con relación a la del norte, la que limita con Estados Unidos, la nación más desarrollada del mundo, en la cual, desde lo económico y político, ha llamado la atención de complejas políticas de Estado de alto nivel.
No obstante, en Chiapas siempre ha habido “vida de frontera”, con las características propias de tener a un lado a Guatemala, como la puerta a Centroamérica para México. Como es sabido, Chiapas formó parte de la Capitanía General de Guatemala antes de optar por la pertenencia a la incipiente nación mexicana, en el siglo XIX, al consumarse la independencia de nuestro país. Esos lazos, convertidos en imaginarios y subjetividades colectivas, han hecho de Chiapas un territorio fronterizo desde cualquier ángulo por el que se observe.
Ejemplo de ello es la inercia de las guerrillas centroamericanas que, desde la década de los sesenta, sobresalieron en esa región, y llegó a Chiapas en 1994 con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ubicando política y socialmente a México en una coyuntura de movimientos sociales armados. No es fortuito que haya sido en esta entidad donde se posicionó un movimiento social con esas características: misma región, mismas problemáticas y demandas, mismas ruralidades, mismas etnicidades.
En los tiempos de niñez de nuestros padres todas las cosas buenas (y a veces raras y extravagantes) que no se podían conseguir en Chiapas se compraban y conseguían en Guatemala, la ciudad capital histórica de nuestra región. Aun perteneciendo al Estado Nación mexicano, la cercanía geográfica hacia Guatemala siempre fue más que evidente, pero no necesariamente en términos geográficos convencionales, sino también en cercanía identitaria: a nadie se le ocurría ir, en un viaje atribulado y lleno de obstáculos (estamos hablando del Chiapas de la década de los cuarenta) hacia una capital del país que, aparte de ser más difícil de trasladarse, no había un sentido de pertenencia.
La Ciudad de México, capital de la República, quedaba muy lejos. Tanto en sentido geográfico con relación a Chiapas, como también de identificación territorial y cultural: México capital estaba mucho más distante que Guatemala. La ida hasta allá significaba el traslado a una ciudad que era extraña y lejana, con altas probabilidades de discriminación, donde no se hablaba como aquí (recordar que Chiapas es un estado donde se vosea, se habla “de vos” en vez de tú, por ejemplo, lo que también nos hermana con el hemisferio sur del continente). Por tanto, era preferible estar “más cerca”, donde la gente se expresa como uno, se come igual, nuestras genéticas son similares y, por supuesto, con las distancias más cercanas en términos de kilómetros y de costos materiales.
No obstante, esta vida de frontera no se ha expresado de forma visible, en parte porque el estándar cultural con quien colindamos en nuestra frontera, con una visión desde México, como el país “hermano mayor” de Centroamérica, ha hecho que estos límites fronterizos hayan pasado desapercibidos; los discursos geopolíticos nacionales e internacionales no los han tomado en cuenta. Hay un imaginario cultural que siempre nos ha dicho que Centroamérica no se valida como vecinos económicos y menos como iguales. México se ha creído superior y en Chiapas comienza tal noción. Empero, en la vida cotidiana y en lo que nosotros percibimos como nuestro, siempre tenemos como referencia al Otro, al supuesto extranjero, al “chapín”, el “cachuco”, quienes, en realidad, no son únicamente guatemaltecos, sino prácticamente todo el que viene más allá del sur mexicano. En este sentido, la mexicanidad en Chiapas se expresa a través de su relación con Guatemala.
Después de la primera caravana de migración de Centroamérica, Chiapas puso a prueba esa vinculación histórica. Supuso una ruptura en esa abstracta y volátil definición identitaria regional. Lo que sucedió en Chiapas a partir de estas migraciones masivas fue una reproducción de todos los discursos que, Estados Unidos, por parte de la administración Trump, desplegó a lo largo de su gobierno. Comenzó de nuevo la defenestración de todo lo que no era mexicano: el migrante, convertido en el Otro, se tornó en el enemigo, el que viene de lejos a quitarnos el trabajo; el que viene y trastoca la vida cotidiana con su presencia. La paradoja es que, prácticamente sin saberlo, reprodujimos lo que en el norte se hace. Desde luego, este esquema de reacción social no es nuevo en las dinámicas fronterizas. Lo relevante aquí es cuándo se realiza y exactamente en qué contexto de frontera se lleva a cabo, cuando se confronta ese Otro, ese extraño que siempre ha estado con nosotros y no hacía daño, mucho menos significaba algún tipo de alerta social, según la narrativa popular chiapaneca.
Otrora una frontera olvidada, a partir de algunos hechos de migración que ponen a Chiapas en los discursos de seguridad nacional, tanto de México como en Estados Unidos, resurge esta dialéctica nacional que, aparentemente, teníamos resguardada y hasta cierto punto normalizada, en cuanto a la cercanía con Centroamérica y la relación con sus habitantes.
En todo caso, cierta parte de la narrativa sobre el Otro ha cambiado en Chiapas. Después de las olas migrantes se hace presente un nuevo integrante en los escenarios sociales de nuestro estado y de las ciudades.
En Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, por ejemplo, la población afro ha llenado los espacios de la ciudad. En este nuevo imaginario urbano construido a partir de las migraciones la gente comenta y habla; nadie sabe exactamente de dónde son o de qué parte proviene esa población “negra”. Los migrantes afro han llenado con su presencia los espacios urbanos de la ciudad y esta pigmentación de las calles y esquinas, no sólo de la capital chiapaneca, sino de todo el estado, conlleva la producción de nuevos imaginarios en torno a nuestra visión de frontera y, desde luego, con la relación que tenemos con Guatemala y Centroamérica.
Dos consecuencias sociales y culturales aparecen con este nuevo escenario:
- La previsible satanización de la población migrante, en la cual todo lo malo y negativo proviene de ellos. Se posiciona una nueva nomenclatura cultural en torno a las personas que “no son de aquí”. La “hondureña” no sólo tiene que ver con las nacionalidades de donde provienen las personas, sino una metáfora de los comportamientos que se espera o se observan de ellos. Mucha de la carga de responsabilidad social ya recae en ellos: los delitos, las infracciones, los malos comportamientos, son de los migrantes.
- La idea de lo inevitable cuando se habla de la convivencia con esta población. Desde la primera oleada migratoria siempre se pensó en el tránsito territorial que significaba Chiapas. No se quedarían aquí, sino que se irían “al norte”, a Estados Unidos, en donde está el dinero y los recursos para aceptar a la gente que busca mejor calidad de vida. Poco a poco, la población de Chiapas está aceptando que la convivencia con los migrantes es una realidad y será parte de la sociedad de Chiapas. Y no sólo población de Centroamérica, sino venezolanos, haitianos, pakistaníes, cubanos, etc.
Así, Tuxtla Gutiérrez, con estos nuevos paisajes, se vincula también con todas las capitales de Centroamérica, en donde los flujos de población han sido intensos y en las cuales existe una diversidad de nacionalidades puestas en dinámicas sociales y culturales tan interesantes como complejas.
De esta manera, la frontera sur se visibiliza desde la radicalización del discurso migrante. La Otredad convertida en metáfora del recordatorio histórico, esa carga subjetiva en donde siempre hemos sido frontera. Pero en la actualidad estos límites se dibujan de diferente manera, contrastando la diversidad cultural —ahora más cercana y contundente— que trae consigo la apertura definitiva de la idea de colindancia.
Juan Pablo Zebadúa Carbonell
Profesor investigador de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH)
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.