La cara sucia bañada en lágrimas de un niño afrodescendiente de escasos dos años varado en el paso peatonal escolar, asido de la mano de su padre que, se acerca a cada automóvil pidiendo dinero para comer, todo en lenguaje no verbal porque no hablan español. El pequeño se mantiene ahí en una rutina que semeja la escolar, entre cinco y ocho horas diarias.
Mujeres haitianas con rastas hasta la cintura que comen, en los camellones urbanos, lo que vecinas de una colonia popular les comparten, ante el sol inclemente del mediodía de esta ciudad de verano permanente, que a la una de la tarde en el mes de febrero reporta 35 grados a la sombra y una humedad del 70 %.
La mujer en cuclillas que orina detrás del pastizal del Río Sabinal y se remanga la larga falda oteando de norte a sur.
La adolescente enfundada en unos jeans rotos, tenis desgastados en su totalidad y un top blanco que deja al descubierto su cuerpo tallado en ébano, sostenida únicamente por la creencia de la nueva vida que tendrá cuando llegue a Estados Unidos, soporta en este sur todos los comentarios racistas, de acoso y hostigamiento sexual en los cruceros mientras sostiene un bote que le sirve de escudo, girándolo de lado y lado entre la fila de automóviles.
El desconocido que manipula su sexo en dirección a dos mujeres hondureñas con sus hijas que sujetan lo que fue una cartulina con la leyenda: “Somos migrantes, no tenemos para comer. Ayúdanos”.
De la humillación y maltrato que padecen púberes y mujeres migrantes con sangrado menstrual y que duermen fuera de las oficinas del Instituto Nacional de Migración en Tuxtla en cajas de cartón, en espera de la espera, sin espacios en donde haya suficiente agua, artículos de higiene y toallas sanitarias para lo que ahora se nombra como “menstruación digna”.1

La familia compuesta por madre, padre y dos pequeños en edad escolar que se turnan para recaudar ayuda económica de los automovilistas que no se detienen o contestan con un “no gracias”, “ahí para la otra”. Una gorra roja funciona como alcancía, se alcanza a ver una que otra moneda de poco valor; llevan ya horas parados en ese lugar, el cansancio y la deshidratación es evidente en sus labios partidos. La elección de la hora no fue buena, llegaron tarde al horario de cruce escolar porque el niño más pequeño presenta un cuadro infeccioso estomacal.
Las imágenes de la escuela primaria que anuncia “En febrero son las inscripciones” y que no contempla a la infancia migrante que está apostada en las banquetas exigiendo lecciones de humanidad.
La discusión entre una familia tsotsil, de unos cinco integrantes, e inmigrantes afrodescendientes (dos hombres, tres mujeres y tres niños pequeños, que lloran sin cesar) y que bajo el principio del “primero en el tiempo, primero en derecho” buscan a toda costa tomar propiedad de un crucero. Los primeros ofrecen aguas frías y frutas, los segundos sus sueños y sus cuerpos cansados por la falta de descanso, de hambre, de sed, de refugio.
Decenas de mujeres, hombres, niños, niñas, jóvenes y adolescentes inmigrantes afrodescendientes deambulando por las calles de esta capital sureña, visibles por la marca de sus pieles, cambiando el paisaje de Tuxtla Gutiérrez, pero invisibles políticamente día con día, forman parte de un paisaje de vulnerabilidad, en un país, en una entidad que facilita la violación de sus derechos humanos y libertades, exponiendo sus cuerpos racializados a la discriminación constante por esa cultura generadora de desigualdades y violencias.
Los paisajes de vulnerabilidad que protagonizan estos cuerpos migrantes emergen en espacios utópicos como posibilidades vitales2 como un espacio que viven y que por ahora, tienen. Una pretensión de espacio, en tanto calle, crucero, sombra de árboles, aceras, parques, puentes peatonales, entresijos, veredas, transporte público para ser a través de él. Creando un espacio que es su expresión pero que se vuelve ante ellos. Así van habitando políticamente el espacio, espacios heterotópicos, en palabras de Foucault, espacios de resistencia frente al autismo del Estado y de la sociedad. Heterotopías que se imponen a la realidad.
Desde 2018, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia evaluaba ya la situación de la infancia y adolescencia migrante como una respuesta a la emergencia que impuso la Caravana Migrante procedente de Centroamérica, y desde esa fecha alertó a las autoridades para brindar atención humanitaria “inmediata y prioritaria” a esta población y proteger su bienestar físico y emocional en los albergues y centros de atención y que se garantizara integralmente todos sus derechos ¿Son estos lugares suficientes para contener a esta población, que ante la crisis migratoria abre caminos en su andar? ¿Qué voluntad política migratoria se genera en Chiapas para mitigar el drama de estas poblaciones migrantes? ¿Qué iniciativas tomará el gobierno en turno para contenerla y procurar el respeto de sus derechos humanos elementales, derecho a la salud, a la educación, a una vida sin violencia?
La ralentización de las acciones gubernamentales o la ausencia de ellas para atender la crisis de los flujos migratorios —que, dicho sea paso, se magnificará en los próximos años— sólo puede entenderse por la rivalización que representa para el Estado la atención de los migrantes en una entidad pluriétnica, particularmente con las demandas de los pueblos indígenas con rezagos ancestrales en todos los rubros sociales y que se abaten entre la pobreza y la marginación del proyecto del Estado nacional. El Chiapas indígena se mostró en 1994, pero el Chiapas con reconocimiento de paso migrante, aunque es evidente en todo sentido, está ausente de los discursos y de las políticas de las autoridades. Y lo que no se nombra, lo sabemos, no existe.
La condición de los migrantes en Chiapas se suma a los desplazamientos y, en palabras de Juan Pedro Viqueira, a los propios procesos de migración y ladinización de los pueblos indígenas durante cientos de años que hacen que la atención de lo migrante se subordine a lo indígena. Lo migrante es un paralelismo en la política de Estado. Los flujos migratorios revelan en Chiapas el fenómeno estructural y sistemático del flagrante olvido de su atención. Sin embargo, el tamaño del olvido sólo es comparable al número de solicitudes de refugio que recibe por los cambios en la política migratoria en el Norte global, que hacen que el Sur siga recibiendo, sólo en 2021, 130 000 solicitudes; 70 000 se realizaron en Tapachula y la política fallida de migración obliga a estos grupos a permanecer en la ciudad con las consecuencias anunciadas de violaciones constantes a los derechos humanos para propios y extraños. Ausencias, carencias, olvidos, abusos y violaciones demarcan el débil acceso a la justicia y a la ignominia de la población migrante.
El monitoreo de los flujos migratorios en el Sur de México señaló que desde el mes de abril de 2022 se detectó una situación inusual en los grupos de personas migrantes, y fue justamente la de migrar a otros municipios para regularizar su situación migratoria:
Durante el mes de abril se registró un marcado descenso en la llegada de personas migrantes en ambas localidades;3 sin embargo, resalta la diversidad de nacionales de Honduras, Haití, Cuba y la República Bolivariana de Venezuela en Tapachula. Un fenómeno muy particular que se detectó en Tapachula mediante trabajo de observación participante es que la población migrante organizó algunos movimientos para migrar en grandes grupos hacia otros municipios donde puedan iniciar trámites migratorios ante el Instituto Nacional de Migración (INM) dada la saturación de este instituto en Tapachula.
De este monitoreo destacamos dos elementos que supondría que, lo que hoy vemos, los avecindados en la capital de Chiapas, como paisaje de cuerpos racializados, es más bien la emergencia de una región heterópica migrante, que se evidencia en el aumento de la diversidad de nacionalidades afrodescendientes que se concentrarán no sólo en Tapachula sino en otros municipios. Ello nos obligaría a repensar la idea de población migrante en tránsito y considerar que dentro de pocos años el paisaje cultural irá transformándose para hacer de Tuxtla Gutiérrez, y otros municipios más, espacios multiculturales, receptores de migrantes, junto con la necesidad urgente de establecer reformas legislativas migratorias y voluntades políticas que garanticen un tránsito menos traumático y con respeto a los derechos humanos a estas poblaciones.
Karla Jeanette Chacón Reynosa
Profesora investigadora de la Universidad Autónoma de Chiapas
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
1 Organizaciones entre las que destacan: Menstruación digna México, Elige Red, Las Vanders y el Servicio Jesuita de Migrantes impulsaron en diciembre de 2022, una campaña para promover la adición de una fracción nueva al artículo 24 del Acuerdo por el que se emiten las Normas para el funcionamiento de las Estaciones Migratorias y Estancias Provisionales del Instituto Nacional de Migración para que sea reconocido como un derecho de todas mujeres que se encuentren en estos espacios el acceso a productos de gestión menstrual.
2 Popoca G., C. A. “Tensiones desde las Grietas. El espacio utópico como posibilidad vital”, en Cartografías de nuestras realidades, Cerruti G., H. (coordinador), UNAM, 2018, pp. 165-178
3 Se refiere a Tapachula y Tenosique como municipios principales que reciben el mayor flujo migratorio en la región.