“Quiero salir de aquí lo más rápido posible…
este no es el país en que yo crecí”.
—Ángel Estrada, Solo otro negocio, 2017.
La deportación de inmigrantes que llegaron a los Estados Unidos cuando eran niños plantea la necesidad de visibilizar su proceso diaspórico y la manera en que ellos mismos conciben su experiencia con la deportación. La hipervisibilidad del movimiento de los DREAMers, ha oscurecido no sólo a la población —de por sí olvidada— de llegados en la infancia indocumentados con un récord criminal, sin también se ha invisibilizado a aquellos que, llegando en las mismas circunstancias, han sufrido un proceso de deportación.
Ante la necesidad de puntualizar quiénes son los llegados en la infancia e incluir una variedad de perfiles, que no solo son exclusivos a los DREAMers, como parte de mis investigaciones he enmarcado el término “la diáspora de los llegados en la infancia”. El concepto es informado por menores que transitaron en la infancia hacia Estados Unidos y se torna de suma importancia que se consideran las experiencias de este grupo con y sin récord criminal, ya que este aspecto de criminalización complica la noción que promueve el programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) y la Ley de fomento para el progreso, alivio y educación para menores extranjeros (DREAM Act) —ambos respaldados hasta cierto punto por el gobierno estadunidense—.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Como punto de partida, es necesario presentar una definición general de quienes son los llegados en la infancia. Para los propósitos de esta pieza, la definición propuesta tiene en cuenta varias rutas de migración diferentes incluyendo: 1) migrar como menores, 2) migrar indocumentados y permanecer sin estatus legal, 3) migrar con una visa cuyo estado luego expiró o no fue renovado, y 4) obtener residencia legal permanente. El hecho de que migraron como menores implica que incluso si fueran conscientes de que estaban migrando sin documentos, no pueden ser legalmente responsables de hacerlo. De igual importancia, permanecer el tiempo suficiente en Estados Unidos influye en desarrollar sentimientos profundos de pertenencia al país de destino.
El término de la diáspora de los llegados en la infancia encierra las secuelas del fenómeno de deportación de esta población e identifica el desplazamiento forzado y la eliminación involuntaria de un grupo que tiene conexiones sociales y culturales profundas y fuertes con el país de destino. Por igual, reconoce que su membresía compleja en los Estados Unidos añade al impacto de que son propensos a experimentar las secuelas de la deportación. No obstante, la existencia de resistencia por parte del deportado a la plena integración en su país de nacimiento demuestra su agencia y deseo de regresar al país que ellos reconocen como su hogar.
En el contexto de las continuas deportaciones de esta población desde la administración de Barack Obama, vale la pena explorar los argumentos que ellos mismos expresan tras sufrir la deportación. Si bien, las experiencias nunca pueden ser capturadas por la teoría ni la estadística, sin lugar a duda, estos son esenciales para comprender los verdaderos efectos de la diáspora de los llegados en la infancia. Por lo tanto, considerar las narraciones en primera persona que iluminan la experiencia de ser deportado hace mover de lo periférico al centro las voces de los llegados en la infancia que han sufrido la deportación, para así informar al público en general y el espacio político.
Como consecuencia, en adelante me centro en las narrativas digitales de la familia Estrada, una familia de estatus mixto. Para propósitos de esta colaboración, se protagoniza la historia de Ángel, llegado en la infancia que fue deportado en el 2017 en la edad aproximada de 21 años. Para tener un panorama más completo y así entender las dinámicas de su deportación, se incorporan las narrativas de su hermana Karla y su madre que utiliza el pseudónimo de Elizabeth. Estas narrativas fueron elaboradas para el proyecto comunitario Humanizando la deportación, el archivo digital cualitativo más grande del mundo que documenta las consecuencias de la deportación masiva.
Ángel migró en 1996 de la Ciudad de México a los Estados Unidos a la edad de nueve meses junto con su hermana mayor Karla, de cinco años. El padre de ambos migró antes y los recibió. Después, su madre cruzó la frontera y así la familia Estrada comenzó una vida en Inland Empire, California. Particularmente, Ángel en su narrativa articula claramente que “no quiero parecer una víctima, porque no soy una víctima…. muchas de las historias eran que a la gente la levantan de sus trabajos o de sus casas, y pues la mía no es así”. El tomar una posición de diferencia a migrantes que fueron deportados en circunstancias que ellos no forjaron clarifica su aceptación y agencia en las acciones que él tomó y que eventualmente ocasionaron su deportación.
Ángel, con su experiencia, brinda la necesidad de cuestionar la severidad del castigo de la deportación para los llegados en la infancia, un castigo en lugar de una ciudadanía legal. Sin embargo, en sus narrativas, Karla hace este argumento e informa que Ángel cayó en depresión y ansiedad debido a la falta de atención médica para personas no documentadas en EEUU y la falta de recursos para un terapeuta. Como resultado, cayó en adicción a las drogas lo cual ocasionó muchos errores cometidos en su juventud y que debido a esos errores ahora está en México.
Por igual, otro de los argumentos importantes que hace Karla es que los inmigrantes no son santos y por lo tanto no deben ser sometidos a los estándares que se connotan con el migrante bueno. Adicionalmente, Ángel repite en varias ocasiones que él tuvo “una oportunidad fácil” que “tenía DACA… y pues regué todo”. Entonces, el saberse indocumentado nos demuestra que sostener a los migrantes a híper características de un buen ciudadano los daña gravemente ya que los sistemas en pie del merecer protección y ciudadanía basados en el mérito y buena conducta les siembra sentimientos de una culpa aceptada.
Ambos Ángel y su hermana Karla crecieron conscientes de su estatus como indocumentados, lo cual, un programa como DACA logró disminuir las ansiedades de ser deportables. Elizabeth narra que sus hijos estudiaron, que incluso su hija Karla terminó la universidad. Ángel por igual narra que bajo DACA, obtuvo su licencia de conducir y pudo trabajar en la construcción por un año, lo cual lo llevó a tener una vida algo estable. Bajo la buena conducta, el programa le otorgó protección de la deportación. Aunque tenía conciencia de su estatus como indocumentado y reconoce que su DACA no lo protegía de la deportación por los cargos que llevaba, Ángel no percibía el efecto que sus acciones podían tener en permanecer en los EEUU. Desafortunadamente, meses antes de su deportación, su vida tomó un giro y continuamente entraba y salía de la cárcel al ser procesado por cargos de posesión e intento de venta de drogas. La última vez que fue arrestado por la policía, agentes de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés), lo trasladaron a un centro de detención.
En cuanto a su caso migratorio, su madre narra que la familia hizo lo posible para prevenir su deportación y por ello acudieron a la abogada que ayudó a procesar su DACA. Pero, la abogada no quiso saber nada del caso y optó por entregarles el expediente comentando que “ella ahorita no estaba enfocada en eso”. Ante la urgencia de los padres, la abogada les aconsejo que “se pusiera[n] a rezar y a pedirle a Dios y que se portara bien”. La falta de empatía por parte de la abogada hace eco al sistema migratorio, en donde se descarta por completo casos similares a los de Ángel y simplemente son canalizados a la maquinaria de deportación.
De importancia a resaltar, Ángel hace argumentos y reflexiones sobre el complejo industrial de detención. Dice que él no quería abogado porque “es como que si ellos se benefician de tener la gente encarcelada ahí… Yo lo miro más como un negocio para hacer dinero”. Continua y argumenta que “si van a deportar gente, pues depórtenla… para que llevarlos ahí. Para mí es como un tipo de engaño. Solo un negocio para hacer dinero… Hay alguna gente que estuvo encerrada ahí y han durado peleando sus casos por tres años y al fin les niegan todo”. El ver esto durante su tiempo en detención influyó en su decisión de firmar su salida voluntaria. Ángel comenta, “yo decidí firmar porque no le miraba el punto [de] estar encerrado… para que al final tuviera el mismo resultado… lo único que estaba haciendo era atrasar lo inevitable”.
Tras la deportación de Ángel sus padres retornaron voluntariamente. Karla narra que sus padres lo siguieron para protegerlo de sí mismo y de la sociedad ya que él se crio y se acostumbró a la vida en Estados Unidos. Como resultado, Karla es la única persona de su familia que permanece en Estados Unidos. En su retorno a Tijuana, Ángel fue asaltado. Su madre comunica que al no saber nada de él, y considerar los altos índices de violencia en Tijuana, y la corrupción de la policía, decidió salir de los Estados Unidos para apoyar a su hijo, aunque era indocumentada.
El propósito de escuchar el archivo de Humanizando la Deportación es para aprender del saber comunitario, conocimientos que revelan datos importantes que deben tomarse en cuenta al evaluar y reformular la necesidad de abolir la deportación como castigo punitivo hacia este grupo. Al realizar lecturas detenidas de sus historias bajo el lente de la diáspora, el enfoque recae en sus argumentos sobre la ética de las políticas de migración, el trato del gobierno estadunidense hacia este grupo y cómo la deportación ha afectado profundamente sus vidas al practicar un desplazamiento forzado y violento.
Las narrativas de la familia Estrada resaltan el problema de la deportación de un miembro de la familia que se crio en la unión americana y solamente sabe cómo navegar la vida en ese país a comparación al país en donde nació, al cual fue deportado. El caso de Ángel nos ha enseñado que la deportación de un llegado en la infancia es multifacético. Su deportación desata el retorno de sus padres y deja a otros en el país en donde formaron una vida.
Igualmente, visibiliza que los migrantes que llegaron en la infancia a Estados Unidos son sujetos a la deportación ya que usualmente no hay una vía para arreglar su estatus migratorio. Incluso, el estar bajo la protección de un programa temporal y sujeto a renovación como DACA no los salva de ser deportables. Irónicamente, el programa impone estándares del hiperdocumentado (Chang 2018) y posiciona a los excluidos del programa en una vulnerabilidad altamente ligada a la deportación.
Lizbeth De La Cruz Santana
Estudiante de doctorado en la Universidad de California, Davis
Bibliografía
Ángel, “Solamente otro negocio”, Humanizando la Deportación, #24, 2017.
Chang, Aurora. The Struggles of Identity, Education, and Agency in the Lives of Undocumented Students: The Burden of Hyperdocumentation. 2017. Impreso.
Estrada, Karla, “La Resistencia es colectiva”, Humanizando la Deportación, #221a., 2019.
—————–, “Cicatrices de separación familiar”, #221b., 2019.
Gloria, “Regresar con libertad”, Humanizando la Deportación, #27, 2017.
Immigrant Legal Resource Center, “The DREAM Act (Español)”, 2011.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.