En las reflexiones elaboradas por J. Butler y A. Athanasiou (2017), la vida precaria es resultado de dinámicas y modalidades globales de poder que trabajan para que ciertas poblaciones, comunidades o sujetos sean desechables, se encuentren expuestos/abandonados a la muerte o sean desplazados. En su dimensión estructural, este concepto está ligado a las formas de gobierno de la vida social y económica contemporáneas, que tienen un vínculo indiscutible en la gestión y regulación de la migración.
En el caso particular de las personas de origen centroamericano que viajan de forma irregular por México, las investigaciones académicas e informes de organizaciones civiles y no gubernamentales sobre las condiciones de tránsito han denunciado por años los graves riesgos que corren al desplazarse por nuestro territorio; la mayoría de ellas con el propósito de llegar a Estados Unidos. La experiencia de tránsito migratorio está marcada por secuestros, violaciones, robos y accidentes; incluso la muerte de personas migrantes por la desprotección del Estado cuyas acciones, al contrario de aminorar su exposición a la violencia indiscriminada, aumentan las condiciones de riesgo y vulnerabilidad de los sujetos.
En la actualidad, el relato tradicional de la migración como posibilidad de mejora de la calidad de vida de las personas parece cada vez más lejano. Las transformaciones que impulsan los proyectos migratorios se han recrudecido: la violencia social imperante en los países de Centroamérica, la pérdida masiva del hábitat (Sassen, 2017), la falta de oportunidades laborales para el desarrollo de una vida digna, en general, delinea las narrativas de la migración forzada, caracterizada por una notoria reducción de las posibilidades de elegir los escenarios para el logro de un desarrollo personal, incluso el logro de las condiciones mínimas de seguridad y bienestar personales o familiares. Entendiendo la migración en el contexto de una serie de violencias encadenadas que articulan a los países expulsores, de tránsito y destino (Estévez, 2018), la promesa de mejora queda supeditada a los costos y riesgos del desplazamiento.
En este breve texto enfocaré la mirada en el fenómeno de la mutilación de migrantes. El término de mutilaciones y/o migrantes mutilados ha sido ampliamente utilizado en los medios de comunicación en México para nombrar a las heridas, o a las personas migrantes, víctimas de lesiones que derivan en la amputación de algunas de sus extremidades, resultado de eventos relacionados con el uso del tren como medio de transporte irregular por México. Como casos ejemplares extremos, dan cuenta del estatus de aquella población que experimenta su exclusión del orden social contemporáneo y cuyo lugar, en términos de las mismas autoras, es “el no-ser” (Butler y Athanasiou, 2017, p. 236), condición que nombra la falta de lugar, en el sentido de su reconocimiento social, de derechos o de seguridad y, además, que nos remite a la posición de quienes son forzados a habitar un lugar que les es dado sin oportunidad de desplazamiento. Dicho fenómeno atañe a los territorios que los sujetos habitan en su sentido físico, pero también a las corporalidades y subjetividades que son infravaloradas y asignadas a una condición de miseria.

Ilustración: Víctor Solís
Condiciones y relatos que enmarcan la mutilación de personas migrantes
Se desconoce el número de personas migrantes que han sido mutiladas en México. Las estadísticas proporcionadas por el Instituto Nacional de Migración de México (INM) se limitan a los casos registrados por el Grupo Beta, su brazo humanitario: un total de 411 casos entre 2002 y 2018 (Unidad de Política Migratoria, 2020). A pesar de los sesgos en las estadísticas, otras organizaciones nacionales e internacionales involucradas en el tema han dado cuenta de la persistencia de estos eventos, además de la existencia de un subregistro: el de aquellos casos víctimas fatales del tren. La base de datos del proyecto Missing Migrants (OIM, 2021) da cuenta de 188 muertes de migrantes relacionadas al tren ocurridas entre 2014 y 2020, cifra obtenida, en mayor medida, de notas periodísticas en medios locales.
Acercándonos a estas experiencias particulares y a las circunstancias en que ocurren estos eventos, se puede observar el agudo proceso de desgaste físico y mental derivado de las condiciones precarizadas del tránsito migratorio; de tal forma, el caer del tren pareciera el desenlace inevitable a toda una serie de eventualidades y violencias acumuladas.
En el trabajo de investigación que da soporte a este texto,1 las personas entrevistadas mencionaron haber tomado el tren al no contar con recursos económicos suficientes para realizar el viaje por otros medios, luego de ser víctimas de robos y quedarse sin dinero para sostener el viaje, o al ser abandonados por los coyotes pagados para acompañarlos hasta la frontera con Estados Unidos. Así, se enfrentaron por primera vez con la imponente mole que representa la única posibilidad de continuar el camino. También fue recurrente escuchar el cansancio y desgaste previo en aquellas personas que caminaron largos tramos para evadir los controles migratorios, huyeron de persecuciones de agentes de seguridad del Estado o de los delincuentes. Ya arriba del tren, el viaje fue descrito mínimamente como extenuante. Las personas se encontraron expuestas al clima, a la falta de comida, al miedo permanente de ser detenidas o agredidas, lo que terminó por debilitarlas. El cansancio y el apremio por llegar a la frontera han sido factores también presentes en lo que se consideran accidentes.
Por su parte, la toma de conciencia de las consecuencias desastrosas de la caída es registrada con cierto desfase. Fue frecuente escuchar a quien intentó ponerse de pie apoyándose sobre el miembro ya mutilado. Es la visión del propio cuerpo y/o la llegada del dolor físico lo que notifica al sujeto del daño. Entre las reflexiones que, en retrospectiva, las personas ubican como los primeros pensamientos que cruzaron por su mente al saberse lesionados con tal gravedad se encontró el deseo de muerte —ya sea como una forma de terminar con el dolor físico que se está experimentando o por la previsión de una vida desventajosa—; la pregunta “¿por qué a mí?”, que cuestionaba ser el objeto del infortunio, y el temor de encontrarse desamparados y morir sin recibir auxilio.
Registros afectivos de la precariedad
“Muy pocas cosas parecen distinguir el tiempo del (re) comienzo y el del fin, a tal punto, lo que posibilita uno y otro acontecimiento es la destrucción, la catástrofe y la devastación” (Membe, 2018, s/f).
La incertidumbre y el abandono, la vergüenza y el fracaso, fueron afectos presentes con intensidad en las narraciones de las personas sobre sus condiciones de vida luego de haber sufrido las amputaciones, al enfrentarse con una serie de acontecimientos vertiginosos con mínimas posibilidades de control e injerencia. Siendo el cuerpo el principal soporte para las actividades laborales que se pretendían realizar en los lugares de destino, y uno de los pocos recursos con los que se cuenta para desplazarse, las lesiones físicas comprometen los proyectos migratorios, aunque no necesariamente de forma definitiva. El retorno a sus comunidades de origen en “peores” condiciones que las que se tenían antes de emprender el viaje es un elemento que caracteriza estos registros afectivos de la precariedad (Butler y Athanasiou, 2017). En el caso de situaciones donde el sujeto es víctima de una violencia corporal, la forma en que esta experiencia se enquista en la autopercepción es particularmente destructiva. Axel Honneth las describe como “el modo elemental de una humillación personal” (1997, p. 161), situaciones en las que las personas se encuentran indefensas frente a la voluntad de un otro externo, representado por el orden social, las instituciones o los individuos. Es importante puntualizar que dichos procesos subjetivos dan cuenta no solamente de las experiencias individuales, los sentimientos o la vida interior de las personas, sino también de las condiciones materiales de existencia que enfrentan grandes sectores poblacionales despojados reiteradamente de sus derechos sociales y políticos y que, en la búsqueda de una mejora en sus circunstancias de vida, corren riesgos desmesurados, algunas veces con resultados funestos.
Ya sea por la dependencia generada por las lesiones físicas, o por la aparente inutilidad del cuerpo en la persecución de los sueños de seguridad y bienestar —tanto personales o familiares— las mutilaciones de migrantes, en palabras de Butler y Athanasiou, será un tipo de desposesión, en este caso, corporal; uno de los mecanismos del orden económico y político contemporáneo que separa a las personas de los medios de supervivencia y que no se limita a la privación de la tierra, sino que se trata de una violencia que es material y subjetiva (Parrini, 13 noviembre, 2018).
Si, como señala Mbembe, la catástrofe y la devastación implican el fin, pero también el comienzo de algo: ¿qué aspectos de la vida íntima, social y política inauguran las mutilaciones producidas en el trayecto migratorio?, ¿a qué aspectos le pone fin? ¿Con qué recursos cuenta el sujeto para hacerle frente a las catástrofes personales? Dichas preguntas son necesarias para reconocer la capacidad que tienen los sujetos de formular un sentido a las tragedias vividas, en los casos analizados aquí, basada en el hecho de su supervivencia a una experiencia límite. En este campo, resulta necesario evitar una visión totalizante del migrante como víctima, considerando que las experiencias de agravio y menosprecio a la vida tienen un potencial movilizador para en las luchas y el conflicto social (Honneth, 1997). Evidencia de esto las podemos encontrar en diferentes latitudes, como parte de procesos organizativos que se han generado en los países centroamericanos y Estados Unidos, como es la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad (Amiredis), acompañados del apoyo de diversas organizaciones civiles y no gubernamentales que buscan contrarrestar la vulnerabilidad de las personas migrantes a través de diversas acciones de protección y ayuda.
Luisa Alquisiras Terrones
Doctora en sociología por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Este texto es una colaboración entre el Observatorio de Política Migratoria de El Colegio de la Frontera Norte y nexos.
Referencias bibliográficas
Butler, J., & Athanasiou, A. (2017). Desposesión: lo performativo en lo político. Buenos Aires: Eterna Cadencia.
Estévez, A. (2018). “El dispositivo necropolítico de producción y administración de la migración forzada en la frontera de Estados Unidos-México”. Estudios Fronterizos, 19, 1-19.
Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento. Barcelona: Grijalbo.
Mbembe, A. (2018). Políticas de la enemistad. Barcelona: Futuro Anterior
Organización Internacional para las Migraciones. (2021). Missing Migrants Project.
Parrini, R. (13 de Noviembre de 2018). Mesa 4. Memoria, testimonios y violencia. Obtenido de Laboratorio Nacional de Diversidades.
Sassen, S. (2017). La pérdida masiva del hábitat. Nuevas motivaciones para la migración. Iglesia Viva, 11-38.
Unidad de Política Migratoria. (2020). Acciones de protección a migrantes efectuadas por los Grupos Beta, 2002-2019. Recuperado el 10 de Septiembre de 2020, de Series Históricas.
1 Desde una perspectiva cualitativa y una aproximación etnográfica multisituada, se lograron reconstruir 12 casos de personas migrantes mutiladas durante sus trayectos migratorios en eventos acaecidos recientemente y en años anteriores. Estas reflexiones son parte de la tesis doctoral titulada “Mutilaciones en el orden neoliberal: migrantes centroamericanos en tránsito por México”, realizada con el apoyo del Conacyt, 2016-2020.